Cultura y Sociedad

El último reducto de la verdura en el mercado del jueves

En el siglo I antes de Cristo, un pequeño reducto de galos resistía, irreductible, al avance del Imperio romano. Muchos siglos después, sin cascos, alas en la espalda ni menhires pero con manos manchadas de tierra, ese espíritu parece haberse colado en una esquina de la Plaza del Raso. Allí, cada jueves, un puñado de puestos de verdura aguanta frente a otro tipo de imperio, más silencioso pero igual de implacable: el de los supermercados, la prisa y los nuevos hábitos de consumo. Su pócima mágica no burbujea en calderos: está en las cajas y es la frescura de sus productos.

No siempre fue así. El mercado de Calahorra nació en 1255, cuando Alfonso X el Sabio concedió a la ciudad el privilegio de celebrarlo semanalmente. Durante siglos, la huerta fue su razón de ser. Primero junto a la catedral, después en la plaza de la Verdura —el nombre ya lo dice todo—, los agricultores llenaban el espacio de producto recién recogido. Era el corazón del mercado. Y también, de alguna forma, el de la ciudad.

Hoy la escena ha cambiado. El mercado sigue creciendo, incluso parece más grande que nunca, pero en otra dirección. Las calles del entorno del Raso se llenan de ropa colgada, montones de zapatos, telas que ondean con el aire, utensilios de cocina y hasta hamacas ahora que empieza a asomar el buen tiempo. Hay bullicio, sí, y gente que pasea, curiosea y compra. Pero la verdura ya no manda. Se ha ido retirando poco a poco hasta quedar arrinconada, casi escondida, junto a lo que fue el Mercado de Abastos, donde ya no queda ni un solo puesto hortelano.

Y aun así, resiste. Las cajas de plástico se apilan con ese desorden tan reconocible del mercado: alcachofas, espárragos, habas, cebolletas con la raíz todavía húmeda. Sobre una tabla de madera, una báscula de dos platos sigue marcando el peso mientras las cuentas se hacen a mano, en papel y echando cuenta de memoria. Aquí no hay códigos de barras ni prisas. Todo tiene otro ritmo, más cercano, más real. Y es ahí donde reside su fuerza.

Víctor lleva más de treinta años viniendo. Lo dice como quien habla de toda una vida resumida en una frase. «Da para millones de anécdotas… y para pasar frío, calor y de todo», cuenta. Él vende lo que da la tierra. «Aquí sacamos todo de temporada», explica mientras señala a las protagonistas de estos días: la alcachofa y el espárrago. Pero también deja caer una verdad que pesa: cada vez quedan menos agricultores. Y menos gente dispuesta a seguir.

La clientela también ha cambiado. «Muchos se van muriendo, porque son gente mayor», dice sin rodeos. Los nuevos compradores llegan, muchas veces, por encargo. Hijos sin tiempo, o sin costumbre. «Cómprame espárragos… pero me los pelas y me los cueces”, dicen que los hijos les piden a sus clientas.

Miguel lo ve igual desde su puesto, al que acude cuando el campo se lo permite. «Traigo lo mío, lo que no ha salido al mercado», explica. Y aunque su presencia es más irregular, el diagnóstico es claro: «La gente joven no viene. Viene la gente mayor. Cada vez se van más al supermercado». No lo dice con enfado, más bien con esa resignación tranquila de quien lleva tiempo viendo cómo cambian las cosas.

José Luis, en cambio, mira hacia atrás. «Mira lo que había aquí dentro… y mira lo que hay ahora», dice señalando el antiguo Mercado de Abastos. Antes todo giraba en torno a la alimentación: carnicerías, pescaderías, fruterías. Hoy, ese modelo ha desaparecido. El mercado sigue ahí, pero con otro sentido.

Y sin embargo, en esa esquina sigue pasando algo distinto. Aquí, los espárragos que se venden hoy se cortaron ayer. O esta misma mañana. «Esto no lo puedes guardar», resume Víctor. Es un producto que no espera, que obliga a entender los tiempos del campo. Que exige saber pelarlo, cocinarlo, respetarlo.

Ese saber también resiste. Cómo quitar la piel justa al espárrago sin llevarte medio tallo. Cómo elegir una alcachofa en su punto. Cómo cambia la campaña con el calor, cómo se solapan las temporadas. Son conocimientos que no vienen en etiquetas, que se transmiten entre conversación y conversación, mientras alguien pesa o guarda monedas en un cajón.

Alrededor, el mercado sigue su curso. La gente pasa, compra ropa, mira precios, se detiene un momento y sigue. Y en medio de ese movimiento, casi como si no quisiera llamar la atención, ese pequeño reducto permanece. Sin pócimas milagrosas, o quizá con las únicas que de verdad importan: conocer al cliente y un produccto de máxima calidad.

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