Cultura y Sociedad

Annie, en ‘MasterChef’: «No he llorado tanto en mi vida»

La riojana Ana Jiménez continúa dejando huella en su paso por MasterChef. La concursante calagurritana firmaba este lunes uno de sus mejores programas hasta la fecha, quedándose a las puertas del pin de inmunidad y consolidando una evolución que ya empieza a ser evidente.

Desde el inicio del concurso, Ana hacía de sus raíces una seña de identidad. No hay elaboración en la que no aparezca un guiño a La Rioja: desde el recuerdo al bar Viana, donde sus padres dejaron los mejores años de su vida, hasta las constantes referencias al producto de la huerta calagurritana o a las peras de Rincón de Soto. En esta ocasión, además, el programa tuvo un componente aún más personal, ya que la concursante siguió la emisión desde casa, donde está desde que salió de las cocinas de Master Chef el pasado viernes que se grabó la final tal y como se ha podido ver en las redes sociales de alguno de los jueces.

La primera prueba, la batalla por el pin, permitió ver la mejor versión de la riojana. Con una propuesta centrada en la elaboración de pizzas, Ana dejó ver su maña con la masa casera y una cocina cargada de significado personal. «En mi casa hacemos la masa», adelantó antes de comenzar la prueba. Sus platos estuvieron dedicados a su entorno más cercano: sus hijos, su marido —Chusco— y el bar de Santa Eulalia, así como a sus actuales responsables, Toni y Noé. El resultado convenció al jurado, que destacó su soltura con las masas. «Tienes buena mano», le señaló Pepe Rodríguez. Ana se quedó a un paso del pin: «Lo he saboreado, lo he olido un poquillo», bromeó tras la prueba.

El concurso, sin embargo, volvió a torcerse ligeramente en la prueba por equipos. El programa se trasladó a San Sebastián, donde los aspirantes cocinaron bajo la supervisión de Pedro Subijana en el GOe Gastronomy. A Ana le correspondió la elaboración de unas pochas dentro de un grupo que no logró destacar, y su plato no terminó de convencer al jurado. Este resultado la llevó nuevamente a la prueba de eliminación. Se empieza la riojana a estar en el foso.

Y es que algo está cambiando. Se la ve más suelta, más cómoda. Empieza a aparecer esa gracia natural, ese toque cercano que engancha. Además, ha caído bien. Se nota. Sus logros —pequeños o grandes— son celebrados por sus compañeros, y eso, en un concurso así, no es poca cosa.

Y llegó la última prueba. Un viaje a Japón sin salir de plató. Con invitados de lo más mediático: Isa Pantoja y su marido. «Es la vez que más cerca voy a estar de la Pantoja, que soy muy fan», soltó Ana, entre risas. Pero ni la presión ni los nombres imposibles de los platos japoneses —»¿Tocomocho?», llegó a decir— la sacaron del todo del cconcurso.

«Estos nombres quieren acabar conmigo», bromeaba. Pero, aun así, resolvió la prueba. Porque si algo está demostrando es que también sabe moverse fuera de su zona de confort. Que lo mismo te defiende una pizza con alma riojana que se enfrenta a la cocina japonesa sin achantarse.

Y, otra vez, las emociones. «No he llorado tanto en mi vida… es que me dicen cosas tan bonitas». Quizá ahí esté la clave. En esa mezcla de técnica y verdad. De nervios y cariño. De cocina y memoria. Un programa más salvado en una participación que, de momento tiene mucho sabor.

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