Los planes de 941

Calahorra convierte su huerta en protagonista durante diez días

Calahorra se prepara para algo más que una cita gastronómica. Durante diez días, la ciudad se transforma y gira en torno a su huerta, a ese producto que ha marcado su historia y su identidad. Vuelven las Jornadas de la Verdura y, con ellas, el bullicio en las calles, las barras llenas y una sensación compartida: aquí la verdura no es un acompañamiento, es la auténtica protagonista.

A partir de este viernes, la ciudad riojabajeña conmemora el 30 aniversario de sus Jornadas Gastronómicas de la Verdura, declaradas Fiesta de Interés Turístico Regional. Treinta años en los que este evento ha pasado de ser una cita local a convertirse en un referente nacional, casi en una declaración de intenciones: aquí la huerta no es paisaje, es identidad.

El arranque, como marcan las buenas historias, tendrá algo de simbólico. El telón se levantará en el Teatro Ideal con una conversación entre dos cocineros que entienden la verdura como algo más que un ingrediente: Ignacio Echapresto y Joseba Arguiñano. Bajo el título ‘La verdura como patrimonio’, no solo repasarán tres décadas de evolución gastronómica, sino que pondrán palabras a algo que aquí se siente casi sin explicarse: el respeto profundo por el producto.

Echapresto, alma de Venta Moncalvillo, ha llevado la cocina de la huerta a lo más alto, con dos estrellas Michelin y una mirada radicalmente honesta hacia el territorio. Arguiñano, por su parte, aporta ese equilibrio entre tradición y cercanía que conecta con el gran público. Juntos, de algún modo, resumen lo que son estas jornadas: raíz y proyección.

Pero lo verdaderamente interesante empieza después, cuando la ciudad entera se pone en marcha. Porque durante estos días, Calahorra no organiza un evento: se transforma. Más de un centenar de colaboradores —agricultores, hosteleros, conserveros, asociaciones— hacen que todo encaje. Y se nota. Se nota en el bullicio de las calles, en las barras llenas, en ese ambiente que mezcla curiosidad, orgullo y ganas de disfrutar.

Uno de los grandes motores de las jornadas será, una vez más, la gastronomía en estado puro. Catorce restaurantes y treinta y cinco bares desplegarán una oferta que va mucho más allá de lo esperado. Más de 70 pinchos compondrán una ruta que invita a pasear sin prisa, dejándose llevar. Hay propuestas clásicas, sí —menestras, espárragos, alcachofas—, pero también giros inesperados: desde raviolis crujientes de verduras hasta reinterpretaciones en clave dulce o incluso líquida, como cócteles con alma vegetal. La verdad es que sorprende hasta dónde puede llegar algo aparentemente tan sencillo.

Los menús degustación, por su parte, funcionan casi como relatos completos: empiezan suaves, crecen, se arriesgan y terminan dejando huella. La huerta aparece en cada plato, a veces acompañando, otras liderando, pero siempre presente. Como si quisiera recordarte, sin decirlo, de dónde viene todo.

Y luego están las actividades que amplían el foco. Visitas a campos de cultivo, recorridos por el Museo de la Verdura, incursiones en el patrimonio conservero o paseos por la ciudad que terminan en la Catedral de Santa María. Todo suma. Todo construye un relato que va más allá de lo gastronómico.

Entre los momentos más esperados destaca la Pasarela ‘Ciudad de la Verdura’, ese desfile imposible —y fascinante— en el que los productos de la huerta se convierten en moda. Este año tendrá como madrina a Laura Sánchez, pero lo importante no es tanto quién lo presenta como lo que representa: creatividad, humor, identidad. Una forma distinta, casi lúdica, de mirar al campo.

El recinto ferial (allí se ubicará la carpa municipal que hasta ahora se colocaba en el aparcamiento del Silo) también concentrará buena parte de la actividad, con citas como el Túnel del Pincho o el Mercado de la Verdura, donde el producto se muestra sin artificios. Aquí no hay trampa: lo que ves es lo que hay. Y lo que hay, la verdad, impresiona.

Además, las jornadas abren espacio para la reflexión. Charlas sobre alimentación saludable, diseño alimentario o ciencia aplicada a la gastronomía invitan a pensar en el futuro sin perder de vista el origen. Porque si algo ha demostrado este evento en tres décadas es su capacidad para evolucionar sin traicionarse.

Quizá por eso siguen creciendo. Porque no se han quedado en la nostalgia ni en la repetición. Han sabido incorporar nuevas miradas, nuevas formas de contar lo de siempre. Y eso, en un mundo que cambia tan rápido, tiene mucho mérito.

Al final, lo que ocurre en Calahorra durante estos diez días es algo difícil de medir en cifras. Sí, hay impacto económico, turismo, participación. Pero hay algo más. Una especie de emoción colectiva, discreta pero constante, que atraviesa la ciudad. Como si cada plato, cada conversación, cada paseo entre huertas recordara lo mismo: que a veces lo más valioso no es lo que se inventa, sino lo que se cuida.

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