Sin ruido, sin grandes anuncios, pero con ese peso que solo tienen las despedidas largas, Julián García bajaba la persiana de El Mercado de Miguel el pasado 31 de marzo por última vez. Su jubila y lo hace con la satisfacción del trabajo bien hecho. No ha sido solo el cierre de una tienda. Ha sido el adiós a 50 años de trabajo, de ellos 35 detrás de un mostrador y otros 15 en el campo. Toda una vida construida, poco a poco, entre la tierra y el trato directo con la gente.
Porque antes de la tienda estuvo el campo. Y no cualquier campo. «Yo no era agricultor, era verdulero», cuenta, marcando la diferencia con precisión. Espinacas, acelgas, borrajas, lechugas. Producto de huerta, de cercanía, de trabajo diario. Junto a su padre, abastecía a buena parte de las tiendas de alimentación de la ciudad, e incluso a colegios cuando aún tenían cocina propia. Era otro ritmo, otra manera de entender el oficio. «Recogíamos, repartíamos… y otra vez al campo».
Pero el campo, reconoce, no era su sitio. «Es muy duro. Muy duro», insiste. «Y además no me gustaba». Mientras estuvo su padre, el trabajo se repartía. Pero cuando tuvo que asumirlo en solitario, la realidad cambió. «Dices: esto no es vida». Y ahí llegó el giro. No tanto por vocación como por necesidad, aunque en el fondo había algo que ya estaba claro: a Julián le gustaba más el mostrador que la tierra.
Ese cambio le llevó al otro lado del Ebro, en San Adrián, donde cogió una tienda de un amigo y la convirtió en su forma de vida durante 25 años. Fueron los años de la tienda de barrio, del cliente fiel, del encargo previo, del trato diario. «Entonces un autónomo trabajaba y ganaba dinero», recuerda. Sin adornos. Sin nostalgia exagerada. Solo constatando una época. «Recuerdo que para Navidad preparaba hasta 15 cajas de piñas y antes de que llegasen las fiestas otras tantas de melones».
Después volvería a dar el salto Calahorra de nuevo. Primero con la plaza de Abastos, una etapa que cerró hace años, y más tarde con El Mercado de Miguel, el último proyecto. Una tienda con otra idea, distinta a la frutería tradicional, adaptada a un consumidor que ya no era el mismo. Ahí ha pasado sus últimos años, hasta este 31 de marzo en el que decidió parar.

Pero, entre medias, todo ha cambiado. «Ya no está el cliente de toda la vida”, dice. Ese que venía a diario, que encargaba con antelación, que organizaba la compra. La compra se ha vuelto rápida, menos planificada, más impersonal. «Ahora vas al supermercado, llenas el carro… y cuando llegas a casa te das cuenta de que te has olvidado de lo que ibas a comprar». No hay queja en su tono. Más bien una aceptación tranquila. «Para bien o para mal, ha cambiado». Y ese cambio, poco a poco, ha ido dejando atrás a negocios como el suyo.
También ha cambiado el producto. Julián ha visto cómo la verdura ha ido evolucionando al ritmo del consumidor. «Antes solo había coliflor blanca. Ahora hay naranja, morada…». Habla del pak choi, de nuevas variedades, de productos que antes ni existían en el mercado local. «Eso viene porque el consumidor cambia, pero también porque los cocineros cambian», explica. La huerta, como todo, se ha ido adaptando.
Y, sin embargo, hay algo que se ha mantenido. El oficio. El gusto por vender. Por hablar. Por conocer a quien tienes delante. «A mí me gustaba el cara a cara, la venta», reconoce. Quizá por eso, en estos últimos días, se queda con una sensación clara: el cariño recibido. «He recibido felicitaciones de gente que venía a la tienda y de gente que no venía», cuenta. Sin reproches. Cada uno compra donde quiere. Pero ese gesto, ese reconocimiento final, es lo que queda.
Cierra El Mercado de Miguel, pero también algo más difícil de nombrar. Una forma de trabajar, de relacionarse, de entender el comercio. La del agricultor que vendía lo que cultivaba. La del comerciante que conocía a sus clientes. La del autónomo que levantaba la persiana cada día sabiendo que el negocio dependía, en gran parte, de él. Ahora baja la persiana. «Solo pienso en la playa, durante 30 años no he podido pisarla más allá de una semana al año». Su primera compra tras la jubilación ha sido un carrito para llevar las hamacas». La hora de descansar ha llegado. «Tengo que buscarme algún hobbie pero ya te digo desde aquí que nadie me diga de quedar para andar». Que bastante ya ha andado toda su vida.


