Hay algo que se repite cada Jueves Santo en Calahorra. Antes incluso de que empiece la representación, ya hay gente buscando sitio. Y es que el Paso Viviente no es solo una escenificación: es una costumbre, casi un ritual que se vive andando, mirando y, sobre todo, sintiendo. Este año cambia el recorrido, sí, pero la esencia sigue intacta.
La salida será una de las grandes novedades. La plaza de toros se convierte en el punto de inicio de una representación que, poco a poco, irá tomando las calles. Desde ahí arrancará la escena de la entrada de Jesús en Jerusalén, una de las más reconocibles. La borriquilla blanca, los ramos de olivo, el murmullo del público que se convierte en júbilo… es ese momento en el que todo empieza, casi con un aire festivo que contrasta con lo que vendrá después.

EFE/Fernando Díaz
El recorrido se adentra entonces en la avenida Valvanera, que este año gana aún más protagonismo si cabe. En su tramo final, frente a la plaza Diego Camporredondo, se sitúan dos escenas clave que cambian de ubicación: la Última Cena y la Oración en el Huerto de los Olivos. Aquí la representación se vuelve más íntima, más cercana. El público casi puede escuchar la conversación, seguir los gestos. Y de pronto, el silencio se rompe con la llegada de Judas y el prendimiento en uno de esos momentos que siempre encogen un poco el estómago.
La comitiva continúa y el ambiente cambia. Se vuelve más tenso, más oscuro. Los juicios -otra de las novedades importantes- se trasladan al aparcamiento de la Era Alta, que se transformará en el escenario del poder y la condena. Allí se suceden el juicio de Caifás, con las negaciones de Pedro, y el de Pilatos, donde se concentran algunas de las escenas más duras: la flagelación, la coronación de espinas y la elección de Barrabás. Son instantes que, año tras año, consiguen que el público guarde silencio casi sin darse cuenta.

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Después, el Paso Viviente vuelve a su parte más reconocible. Desde la rotonda de la Valvanera se retoma el recorrido tradicional. Es ahí donde la representación se mezcla del todo con la gente, donde no hay una línea clara entre actores y espectadores. Jesús avanza con la cruz, se producen las caídas, aparece el Cirineo, la Verónica… y el público acompaña, caminando al mismo ritmo, como si formara parte de la escena.
En uno de los laterales, casi sin que todos lo vean, se desarrolla la desesperación de Judas. Es una escena breve pero intensa, de esas que sorprenden a quien la descubre y que deja una sensación difícil de explicar. Porque la Escenificación también tiene eso: pequeños momentos que aparecen casi de improviso y se quedan en la memoria.
La llegada al Calvario marca el tramo final. Las antorchas iluminan el camino y el ambiente cambia otra vez. La crucifixión, el descendimiento y ese silencio que se hace cuando María habla ante el cuerpo de su hijo construyen uno de los momentos más sobrecogedores de toda la noche.

Foto: Paso Viviente
Y cuando todo parece haber terminado, llega la Resurrección. Es el cierre, sí, pero también una especie de respiro. La sensación de que la historia, después de todo, no acaba en la oscuridad.
Este año el Paso Viviente cambia su forma de moverse por la ciudad, reorganiza sus escenas y propone nuevos espacios. Pero en el fondo sigue siendo lo mismo: una historia contada en la calle, entre vecinos, con esa mezcla de tradición y emoción que hace que, pase lo que pase, Calahorra vuelva a salir a verla. Porque hay cosas que no necesitan ser siempre iguales para seguir siendo reconocibles.


