El Rioja

Viñas de antaño, morgones de hoy

Javier Jiménez mantiene el legado de las viñas viejas de Quel con esta técnica para cubrir las faltas

Fotos: Lidia Sáenz

Javier Jiménez pasa estas ansiadas tardes de sol de marzo azada en mano y en manga corta, pese a estar a unos 750 metros de altitud, al abrigo de la sierra de Yerga. Es tiempo de ‘echar’ morgones, esa técnica tradicional de crear ‘hijas’ de las cepas ‘madre’, y la tierra está en las mejores condiciones posibles. «Aquí cayeron hace unos diez días casi 70 litros, y el fin de semana pasado, otros doce, así que la tierra está húmeda y suelta, perfecta para cavar», apunta mientras sostiene un largo sarmiento que emana de una cepa de garnacha en el término del Cosco, en Quel.

Jiménez no es agricultor, pero desde chaval ha ido con su padre José Luis a hacer todas esas faenas de mano que requieren las viñas con más historia de la que muchos llegan a vivir. Y entre ellas, sacar morgones es una de las principales para cubrir esas ‘faltas’ o ausencia de cepas en el renque por los devenires del tiempo. Una técnica que ya pocos aplican y que es ahora, entre marzo y abril, cuando ha de ejecutarse.

«Las viñas han empezado a llorar, así que la savia vuelve a recorrer la cepa. Esto quiere decir que ese sarmiento que dejamos sin podar es más flexible y hay menos posibilidades de que se rompa cuando lo doblemos para introducirlo en la tierra». Pero no solo la época es determinante para una labor fructífera. Aquí entran en juego varios factores que favorecen la prosperidad de esa ‘nueva’ planta. «Primero hay que trabajar con vista ya desde el año anterior, en la poda en verde o escarda, para dejar aquellas que están más bajas y pueden servir para cubrir una falta que está al lado. Luego viene la época de despuntar antes de la poda definitiva y que yo hago con el sable, a mano, por lo que también puedo decidir si dejo algún sarmiento que pueda servir como morgón. Todos los años hago algunos, aunque no siempre se pueden dejar sarmientos porque a veces no nacen en la mejor posición. Más allá de que también influye mucho el suelo y la altitud, que es más favorable cuanto mayor sea», apunta.

Una vez el sarmiento está elegido, toca hacer una cata en la tierra para semienterrarlo en forma de curva y dejar en la superficie el extremo por el que crecerá la vid. «Yo suelo dejar fuera dos o tres yemas en función de la distancia que haya entre una y otra, mientras que el resto quedan enterradas. En algunos casos en los que el espacio de la falta es grande he conseguido incluso sacar dos morgones de una cepa. Además, siguiendo los pasos de mi abuelo y siempre que el sarmiento me lo permite, coloco una piedra sobre la tierra que lo tapa a modo de guía y para que el sarmiento esté enderezado. Él también decía que esta piedra ayudaba a conserva la humedad bajo tierra y lo cierto es que a mí me funciona», recuerda.

La que está a las faldas del monte Gatún es solo una de las garnachas que conserva de la familia. En total, cinco hectáreas de viñas al vaso, sin riego y casi en su totalidad ubicadas entre 700 y 750 metros de altitud que Jiménez trabaja junto a su hermano Víctor. En este caso, reconoce que en las cepas de garnacha es más fácil hacer estas curvaturas que en las de tempranillo, si bien este queleño las aplica en ambas.

«He visto estas viñas desde niño y esto es lo que me han enseñado, así que me gustaría conservarlas lo máximo posible tal cual están, aunque sé que no solo a base de morgones pueden perdurar porque también influyen otros factores externos, como es la fauna y que aquí tantos daños deja». Unas viñas que han pasado de generación en generación sin ser presa de las corrientes de arranque para plantar nuevas espalderas gracias a que las uvas no suponían el sustento de la familia. En este caso, las ovejas eran lo que les daba de comer y lo que permaneció en casa hasta que la ganadería comenzó su particular declive. «Si mi padre se hubiera dedicado exclusivamente al campo, seguramente estas viñas no estarían aquí porque tendría que haberlas convertido en unas rentables», reconoce.

Jiménez mantiene este legado familiar por orgullo, por respeto al trabajo de su padre, pero también porque espera cerrar el círculo muy pronto con un futuro vino, El Pastor de La Ra. «No pretendo vivir de esto, pero esta es la única forma de hacer rentables estas viñas». Y mientras esa garnacha sigue reposando en barrica, con buenas sensaciones en las catas ya hechas, la vida sigue su ciclo en las viñas, con esas futuras plantas que alumbrarán en las próximas campañas, y también en la familia de Jiménez, con esa futura niña que llegará en abril justo un año después de la marcha de su padre. «Como ocurre con los morgones, que de una cepa sale otra para dar vida a una falta».

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