Cuando María (nombre ficticio) habla de por qué decidió venir a España, no empieza hablando de trabajo ni de dinero. Empieza hablando de sus hijas. Nuestra protagonista nació en Sudamérica y hace dos años tomó una decisión que miles de mujeres como ella toman cada año: marcharse de su país para intentar construir un futuro mejor para su familia. Mientras recuerda aquel momento, lo resume con una frase sencilla que repite varias veces durante la conversación: «Soy mamá joven de dos hijas».
En su país natal había estudiado Gestión y Administración de Empresas y había trabajado en distintos sectores. Fue secretaria administrativa, camarera, promotora. Siempre buscando la forma de avanzar, de ganar más, de sostener una vida que, siendo madre soltera, se hacía cada vez más difícil. «Los sueldos son muy bajos, el costo de vida es muy alto y hay mucho machismo y violencia. Para una mujer sola con dos hijas es muy complicado salir adelante».
La idea de emigrar apareció a través de una amiga que ya vivía en España. Ella le habló de oportunidades, de estabilidad y de una vida más segura que la que muchas mujeres sienten que han perdido en buena parte de América Latina, así que María decidió intentarlo. «Todas las que estamos aquí lo hacemos por lo mismo. Por nuestros hijos».
Cuando aterrizó aquí lo hizo sola. Al principio buscó trabajo como muchas otras mujeres migrantes: limpieza, hostelería, cuidado de personas mayores. Pero las condiciones que encontró no eran fáciles. Jornadas muy largas, sueldos ínfimos y, en muchos casos, trabajos que no daban ni siquira para sobrevivir.
Fue entonces cuando apareció una decisión que, según explica, ninguna de ellas imagina cuando hace las maletas. «Nos toca hacer lo que muchas no queremos hacer». Se refiere a ejercer la prostitución.
«Todas aspiramos a algo mejor»
Habla de ello como una decisión marcada por la necesidad de enviar dinero a casa, de sostener a su familia y de poder construir algo más adelante. «Obviamente es difícil. Primero porque dejamos a nuestros hijos y a nuestra familia. Y también porque muchas veces te expones a situaciones de violencia».
Por eso muchas mujeres que trabajan en este mundo han construido redes informales de protección: grupos de WhatsApp donde comparten información sobre clientes peligrosos o aplicaciones donde registran números de teléfono asociados a comportamientos violentos. «Cuando ese hombre llama, ya sabemos que no hay que atenderlo», explica.
María trabaja de forma independiente. No le gustan los clubes ni el ambiente que suele rodearlos. «No tomo, no fumo, no me drogo, y a veces, meterte en esos ambientes hace que te pierdas del todo». Su forma de trabajar consiste en anunciarse en internet y recibir a los clientes en pisos.
«En general los españoles son educados». Pero que quede claro que eso no significa que disfrute lo que hace. «Nadie está aquí porque le guste tener sexo con cinco o seis hombres al día», dice con una claridad que no deja espacio para interpretaciones. «Todas aspiramos a algo mejor».
Desde que llegó, su objetivo ha sido resistir lo suficiente para poder regularizar su situación administrativa. En febrero de este año, sin embargo, algo cambió. Después de meses de trámites y espera, recibió su NIE. Para muchas personas puede parecer solo un documento administrativo, pero para ella significó algo mucho más importante: la posibilidad de empezar a imaginar una vida distinta.

Con los papeles en regla, por primera vez desde que llegó al país pudo pensar en el futuro sin la sensación constante de estar sobreviviendo. Hace unas semanas empezó un curso de estética integral donde aprende manicura, pedicura, maquillaje y tratamientos faciales. El curso lo imparte la asociación In Género, una organización que trabaja con personas que ejercen la prostitución y que María conoció de una forma casi casual.
«Llegaron a un piso donde yo estaba y nos entregaron preservativos». Aquel primer contacto, que empezó con una conversación breve sobre salud y prevención, terminó convirtiéndose en un apoyo importante en su vida. A través de la asociación ha tenido acceso a asesoría jurídica, acompañamiento psicológico, orientación social y cursos de formación que le permiten empezar a pensar en otras salidas laborales.
Pero también a algo que para muchas de ellas es esencial: el cuidado de la salud. María explica que la asociación organiza revisiones médicas periódicas para las mujeres que ejercen la prostitución, algo especialmente importante para quienes todavía no tienen acceso al sistema sanitario público. «Nos hacen chequeos cada tres o seis meses. Nos ponen vacunas, nos revisan y nos ayudan a hacernos pruebas para enfermedades de transmisión sexual».
Una pequeña comunidad
Y es que muchas mujeres que llegan a España lo hacen completamente solas, sin una red de apoyo que las acompañe en un proceso migratorio que a menudo resulta duro y solitario. Por eso, las sesiones de psicología que recibe cada semana han sido fundamentales para aprender a manejar la ansiedad, el cansancio emocional y la distancia con su familia.
Los cursos también han creado algo que María no esperaba encontrar cuando llegó al país: una pequeña comunidad. Entre las mujeres que participan en la formación se ha formado un grupo que comparte experiencias, se apoya y se anima mutuamente en un camino que muchas recorren prácticamente solas. «Se forma algo muy bonito entre nosotras».
Aunque ahora su situación ha cambiado, María todavía continúa trabajando. Tiene que pagar el alquiler, los estudios de una de sus hijas que ahora vive con ella aquí, el seguro médico y seguir enviando dinero a su país, donde su otra hija continúa estudiando. La vida sigue exigiendo estabilidad económica, y por ahora la prostitución sigue siendo la forma más rápida de conseguirla.
Aun así, por primera vez desde que llegó de su país natal el horizonte empieza a verse de otra manera. Su idea es que antes de que termine el año pueda dejar definitivamente la prostitución y buscar trabajo en el ámbito de la administración o en el mundo de la estética, donde ahora está adquiriendo nuevas habilidades.
En realidad, lo que más ilusión le hace es un proyecto que imagina junto a su hija: abrir algún día un pequeño centro de estética propio. Un lugar que, si llega a hacerse realidad, también le gustaría que sirviera para ayudar a otras mujeres que han pasado por lo mismo que ella. «Me gustaría dar trabajo a chicas que necesitan salir de esto».
Antes de despedirse vuelve a una idea que considera importante repetir. «Que nadie piense que las mujeres estamos así porque queremos o nos gusta. No es así. Lo único que buscamos es lo mismo que busca cualquier persona cuando decide empezar de nuevo en otro país: vivir tranquilos y darle a nuestros hijos un futuro mejor».


