En una esquina entre Ronda de Atocha y Lavapiés, en La Caníbal, las copas tintinean con la levedad del instante vivido. Toda esta gente, unos cincuenta comensales, viven con la nariz pegada a una copa. No es una cena al uso. Es el cónclave del vino, el parto de lo que hace pocos meses fue una mera idea.
VIR suena a cerveza en inglés, pero es un movimiento vinícola puesto en marcha desde la honestidad. Viticultores Independientes en Rioja (VIR) no pretende hablar más alto que nadie. Se trata de hablar juntos. En un sector donde están muy presentes los relatos individuales, este movimiento apuesta por una voz colectiva que dé abrigo a todo aquel que quiera sumarse, especialmente, a quienes no siempre tienen capacidad para hacerse tan visibles. “Aquí, las bodegas más consolidadas se ponen codo con codo con las más pequeñas. No hay competencia, hay compañía. No existen rivales, sino compañeros de viaje”, explican desde el colectivo.
Y la cena de este pasado domingo en Madrid es el prólogo que necesita todo buen libro, incluso los que, como éste, están aún por escribir. Es curioso advertir cómo algo que ha nacido despacio, sin estridencias, ha decidido hacer bien de ruido este 2 de marzo que queda para la historia: será siempre el día que VIR se presentó en sociedad.
VIR ha comenzado a dar forma a su futuro alrededor de una mesa larga, de madera compartida en conversaciones sin reloj. Llegaron desde Rioja a la capital para hacerse notar, cambiando por un día las viñas por el asfalto madrileño.
Sentados juntos, hombro con hombro, se producen pequeños gestos hacia el vino cargados de intenciones gigantes. Todos ellos viticultores empeñados en cuidar la mejor herencia posible: el suelo que pisan y que trabajan. Gente que habla de vinos como de sus hijos.
Porque esta primera cena ha sido, en realidad, una cata ciega constante. Un juego serio. Una liturgia divertida. Copas que van y vienen. Un blanco que desconcierta. Un tinto que apetece. Narices que se inclinan, cejas que se arquean. “Eso es altura”, “ahí hay arcilla”, “esa vendimia fue cálida”, “hay tensión, hay filo”.
Se habla de suelos como si fueran mapas del tesoro, de temperaturas como quien recuerda un verano decisivo, de azúcares que se exageran, de errores que se reconocen sin dramatismo, de vinazos que descubren. Lecciones que se aprenden en un colectivo que no viene dispuesto a pontificar. Catan, hablan, comparten, aprenden, suman y colaboran porque el de enfrente no es se enemigo, es a buen seguro su mejor compañero para este viaje.
Desde fuera se observa la pasión, y lo complicado que debe resultar juntar tanto talento en una misma mesa, habiendo además establecido unos objetivos comunes que alcanzar. Aquí no hay un discurso oficial, tampoco política, no hay crítica hacia todo lo demás. Solo vino y más vino. Es la puesta en escena de la visión que tienen ellos para los vinos de Rioja. Su Rioja es mucho más amplia de lo que cabe en un relato único.
VIR no ha nacido para hablar más alto, sino para hablar juntos. Y eso, en un sector acostumbrado a las historias individuales, tiene algo de revolución tranquila. Madrid ha sido testigo de esa declaración serena. La capital ha acogido un primer movimiento de notoriedad que no pretende romper nada, sino ampliar la paleta de colores de Rioja. Recordar que junto a los grandes nombres existe una constelación de proyectos pequeños, independientes, obstinados en expresar el paisaje con su propio acento.
En La Caníbal no se habló de cuotas ni de estrategias grandilocuentes. Sí del viñedo, del cliente, de suelos, clima, de pueblos, de fincas, de parcelas. Se ha hablado desde el presente para iniciar un camino hacia el futuro. De cómo sostener la identidad sin perder la frescura. De cómo hacer que cada botella sea un lugar concreto, una fecha, una decisión valiente, para que merezca la pena.
Nada mejor que una buena mesa para dar forma a todo eso. Porque esta gente respira vino a todas horas. Lo mastica, lo piensa, lo sueña, lo crea y ahora quiere contarlo. Y desde su espacio propio están escribiendo el ahora y el mañana de Rioja, convencidos de que la grandeza también se mide en pequeñas hectáreas.
VIR ha arrancado en Madrid con una idea clara: el futuro no se impone, se trabaja. Y mejor si se hace brindando.


