Rioja está más viva que nunca. Y no porque lo digan las cifras, ni porque las grandes marcas sigan dominando cartas internacionales, sino porque una nueva generación ha decidido salir de sus pueblos para reivindicar en Madrid que la denominación es mucho más que una etiqueta histórica. Pueblo, parcela, identidad, origen y paisaje. Ese ha sido el discurso común que se ha escuchado este lunes en la capital, donde los 38 pequeños proyectos vitivinícolas que conforman VIR (Viticultores Independientes en Rioja) se han presentado no tanto para vender botellas como para defender una manera de entender el vino.
Elaboradores jóvenes, algunos casi incipientes, y otros con más bagaje que comparten una idea clara: Rioja no puede quedarse anclada en una única imagen. Janire Moraza, de Bodegas Moraza (San Vicente de la Sonsierra), lo resumía con precisión: “Trabajamos únicamente con viñedo propio y lo importante es que el vino sea un reflejo fiel del lugar: mínima intervención para que se exprese la variedad y el territorio”. En su proyecto, la diferenciación no pasa por un discurso impostado, sino por decisiones concretas: agricultura ecológica, certificación biodinámica, ausencia total de madera, blancos elaborados en seco y tintos en hormigón para ganar pureza y agilidad. “Cada zona es una partitura y el viticultor tiene que interpretarla”, defiende.

Janire Moraza, de Bodegas Moraza (San Vicente de la Sonsierra).
Una metáfora musical que ha aparecido de forma implícita en más de una conversación. Interpretar el territorio, no maquillarlo. Dejar hablar a la parcela. Entender los ciclos para intervenir lo mínimo. En un contexto en el que el consumidor busca cada vez más precisión y autenticidad, estos proyectos han encontrado un espacio propio.
Koldo y Joseba García, de Área Pequeña (Labastida), incidían en la misma idea, pero con un matiz estratégico: “Dentro de las bodegas pequeñas, nosotros somos todavía más pequeños. Estar en Madrid es una oportunidad enorme. Venimos a enseñar que en Rioja hay muchas más cosas de las que tradicionalmente se conocen”. Para ellos, el problema no es renegar del pasado, sino evitar el estancamiento: “Esa imagen clásica forma parte de nuestra historia y hay que darle valor, pero Rioja es mucho más que eso. No podemos permitir que se quede en una sola idea”.

Joseba y Koldo García, de Área Pequeña (Labastida).
Madrid, en ese sentido, funciona como escaparate y como termómetro. Muchos profesionales conocen Rioja, pero no necesariamente estas pequeñas bodegas de pueblo. De ahí la importancia del boca a boca, de la conversación directa, de la cata pausada. “No venimos a vendernos de manera artificial. Lo que nos diferencia son los vinos”, añadía Koldo, subrayando que detrás hay familias agricultoras que no han “cerrado el círculo del campo”. Es decir, que siguen vinculadas a la viña como modo de vida, no solo como marca.
Alejandro Perfecto, de Temerario Vinos (Aldeanueva de Ebro), representa muy bien esa mezcla de ilusión y vértigo. “Para mí estar aquí es una suerte. Me siento un poco intimidado porque hay gente con muchísimo recorrido, pero que me hayan invitado ya es un reconocimiento”, confiesa. Su presencia en Madrid no la entiende como una simple acción comercial, sino como una oportunidad para desmontar clichés: “A veces se dice que Rioja no está de moda, que está cuestionada. Pero montas algo así y ves la respuesta que tiene y te das cuenta de que hay muchísimo interés”.

Alejandro Perfecto, de Temerario Vinos (Aldeanueva de Ebro).
En su caso, la identidad se explica desde la geografía concreta: unas viñas en una de las zonas más cálidas y secas de Rioja. “Eso marca muchísimo el carácter de nuestros vinos y es lo que intento transmitir cuando alguien se acerca a la mesa”. De nuevo, el origen como argumento principal. No hay una estrategia sofisticada de marketing, sino la voluntad de contar de dónde se viene.

José Gil y Vicky Fernández, de Vignerons de la Sonsierra (San Vicente de la Sonsierra)
Este evento, tal como recalca José Gil, de Vignerons de la Sonsierra (San Vicente de la Sonsierra), ha supuesto un punto de partida para aunar esfuerzos y definir nuevas estrategias: «Venimos a vender que Rioja es más que madera, alcohol y categorías tradicionales, que no es aburrida, sobre todo para esa sumillería más joven que puede tener esa percepción. Queremos enseñar cómo en un mismo pueblo hay diferentes proyectos y cada uno con un estilo distinto, pero todos con el componente humano en común, con gente muy vinculada a la viña».
Una idea compartida por la joven Lucía Abando, de Bodega Las Orcas (Laguardia), quien ha quedado completamente sorprendida por el «éxito» de este encuentro profesional: «Estoy muy contenta de que por fin se haga algo diferente para mostrar que Rioja es diversa y que hay muchos proyectos pequeños con mucho que contar».

Lucía Abando (derecha), de Bodega Las Orcas (Laguardia).
El discurso se completa con la reflexión de Eva Valgañón, de Bodega Alegre y Valgañón (Sajazarra), que introduce un elemento clave: la viabilidad. “No se trata de romanticismo vacío, sino de crear valor real”, apuntaba. Para ella, estos encuentros deben servir para consolidar proyectos sólidos y rentables, no solo para alimentar relatos bucólicos. “Aquí no importa si eres bodega familiar o no; lo importante es que generes valor”.
En su caso, la apuesta pasa por recuperar viñas viejas que estaban prácticamente abandonadas en un pueblo con enorme potencial. Patrimonio vitícola que corría el riesgo de perderse y que hoy vuelve a tener sentido económico y cultural. Blancos envejecidos, claretes, mezclas tradicionales que conectan con la memoria histórica de Rioja pero se presentan con un lenguaje contemporáneo. “Venimos a hablar de una identidad”.

Óscar Alegre y Eva Valgañón, de Bodega Alegre y Valgañón (Sajazarra).
Esa palabra —identidad— ha sido, probablemente, la más repetida durante la jornada celebrada en el Espacio Jorge Juan. Identidad frente a homogeneización. Identidad frente a la simplificación del mercado. Identidad también como herramienta competitiva ante los grandes grupos que cuentan con más recursos y mayor capacidad de promoción. “Reivindicamos un espacio de mercado que a veces parece reservado a bodegas con muchos medios”, reconoce Eva. La diferencia, en su opinión, está en la autenticidad y en la calidad del trabajo en el viñedo.
Con estos mensajes bien definidos ha ido esta Rioja a Madrid para reivindicar con botellas los suelos, las viñas recuperadas y los pueblos con vida. Una generación que no quiere romper con el pasado, pero sí ampliarlo. Que no reniega de la historia, pero tampoco acepta quedar encerrada en ella porque vive con la convicción de que Rioja vive una transformación y un momento de efervescencia interna. Porque esta diversidad es su mayor fortaleza.


