Cultura y Sociedad

Lucía, una de las ‘abuelas’ de Logroño con un «corazón de roble», sopla 107 velas

En un rincón sereno de Logroño, este martes ha soplado 107 velas una de sus vecinas más queridas. Lucía Fernández Estenaga, nacida en Santa Cruz de Campezo (Álava), ha vuelto a celebrar -por séptimo año consecutivo- más de un siglo de vida con la misma discreción elegante que la ha acompañado siempre. Porque si algo recuerdan los suyos es que jamás la sorprendieron sin maquillar y con las uñas sin pintar, como si cada día mereciera estrenarse.

Su historia comenzó entre campos de hojas de tabaco y patatas Kennebec, ayudando a la familia desde niña en un municipio alavés que abandonó en 1954. Junto a su marido emprendió entonces el viaje a Logroño, en busca de un futuro próspero para sus tres hijos. Y lo encontraron. La capital riojana fue testigo de una vida entregada a los fogones y a la costura, al ganchillo paciente y a las sobremesas dulces. Aún hoy su familia se relame al recordar sus rosquillas y su célebre tarta de zanahoria. Recetas que sabían a hogar y a domingo en familia.

Dicen quienes la conocen que pocos se acercan a su buena en la cocina y con la aguja. Tampoco a su cultivo de la mente: leía poesías y refranes, cantaba coplas y, hasta hace apenas unos años, se entretenía descifrando palabras en sus inseparables sopas de letras. Esa curiosidad constante, esa manera de mantenerse despierta ante la vida, parece haber sido uno de sus secretos.

La familia atribuye su casi eterna resistencia a una genética privilegiada y, sobre todo, a «no hacer mala sangre» con los contratiempos que la vida puso en su camino. Tampoco descartan que el vino de Rioja haya jugado su papel en esta asombrosa longevidad: «Ahora ya no, pero hasta hace poco siempre tomaba una copita de vino para comer», sonríen sus allegados.

Este martes celebran una vez más su «eterna juventud» y aseguran que tiene «un corazón duro como un roble, que es el que la mantiene viva». Un corazón sostenido también por el cariño diario de la hija con la que vive, «que la mima y le canta y le cuida y le da todos los cariños y amores del mundo». Y por una familia orgullosa -nietos y bisnietas incluidos- que presume feliz de tener una abuela de 107 años.

Lucía, mientras tanto, vive «tranquilita hasta que le llegue su hora». Y con la ayuda de sus seres queridos ha vuelto a soplar las velas de su tarta. Y en ese gesto sencillo, repetido durante más de un siglo, cabe toda una vida de esfuerzo, dulzura y memoria.

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