El comandante del vuelo FR2035 de Sevilla a Vitoria saludó a los pasajeros antes del despegue. Les dio los buenos días, les deseó un feliz vuelo, les ofreció el parte meteo: «Solo 18 grados en Vitoria»; y cerró su animada alocución con unos vítores bien tirados: «Aupa el Alavés y aupa el Baskonia». Los primeros jugaban esa misma tarde de lunes ante el Girona en Mendizorroza (2-2 ante el Girona) y los segundos se acababan de proclamar campeones de la Copa del Rey tras superar en la final al Real Madrid.
Una minoría del avión irrumpió en aplausos ante el simpático mensaje del comandante, que parecía tener ganas de llegar a Vitoria. Quizás, no lo sé, para llegar a tiempo a Mendi para ver el partido de su equipo en Primera División ante el Girona. Y uno, claro, no pudo dejar de sentir un poco de envidia sana respecto a la ilusión deportiva con la que se manejan los alaveses fuera y dentro de su región -sin pasar por alto la posibilidad de volar desde a casa a unos cuantos destinos nacionales bastante interesantes en un aeropuerto con mucha vitalidad diaria, no solo estacional-.
Si algo he aprendido viajando es que el deporte es un lenguaje compartido que no necesita de mucha explicación. Ya sea en un bazar marroquí o en un bosque perdido en los Balcanes, la pregunta suele ser la misma: «¿De qué equipo eres?». Y a un riojano esto le cuesta una barbaridad. Barça o Madrid suele ser la solución más fácil para empezar a entablar una conversación. Es dolorosísimo tener que decir aquello de «soy de cerca de Bilbao, donde el vino». Esto último sirve en países occidentales, pero en otros con menor cultura enológica lo del vino de Rioja les resulta bastante desconocido. «Del Athletic», también ayuda a ubicarse un poco en muchos destinos internacionales.
LaLiga es lo que aporta identidad a muchos viajeros. Se puede hacer un ejercicio mental que nos va a llevar dos segundos. ¿Por qué se conoce a Pamplona en el mundo? Por San Fermín y… por Osasuna. Y Vila-Real está en el mapa gracias a su equipo de fútbol. Coruña se hizo popular con el ‘Superdepor’, y Huelva tiene al decano del fútbol español. En Zaragoza echan de menos -y más que lo van a echar- no tener un equipo en Primera, aunque ahora tendrán un Mundial que albergar. Y Albacete vuelve a ser importante porque su equipo de fútbol eliminó en Copa al Real Madrid.
Me decía el otro día una famosa bodeguera de Rioja que «es una pena que no tengamos en la región un equipo de fútbol en Primera División». Ella lo veía desde un interés plenamente comercial. «Yo soy del voleibol, pero entiendo la relevancia que tiene el fútbol, también para vender vino», dijo. Es más, puso un ejemplo muy acertado: «Mira el ambiente que se vivió, también en La Rioja Alta, cuando el Athletic jugó el partido de Copa ante la UD Logroñés». «Es una pena que no seamos capaces de solucionarlo». Los éxitos deportivos explican un territorio mejor que cualquier folleto turístico.
Álava también hace vino. E intenta ganar una batalla política porque entiende la importancia de los nombres. A las cosas hay que ponerles nombre. Es lo que finalmente marca la diferencia. Saben lo que vale Rioja en el mundo, y saben lo que significa el Alavés o el Baskonia para encajar cualquier relato. El deporte es sin duda una herramienta de modernidad. Es uno de los mejores escaparates de una región que quiere contar algo de sí misma. Y Álava está dispuesta a hacer lo que haga falta por estar en la élite de los dos principales deportes de este país, porque saben lo que ello conlleva.
Y si un comandante de un vuelo hace patria de ello, bienvenido sea para los intereses promocionales de una región con ganas de tener un relato que contar de puertas hacia afuera. Mientras, aquí, se produce la curiosa situación de que dos equipos comparten los mismos intereses en fútbol masculino, y dos clubes comparten los mismos intereses en baloncesto masculino. Al calor, todos ellos, de unas ayudas al deporte por parte del Gobierno de La Rioja y del Ayuntamiento de Logroño que respetan el statu quo, que dicen no entrometerse pero que han ayudado a crear la paradoja riojana: el sustento de las ayudas para resistir más que para prosperar.
Repartir no siempre es sumar. Y en La Rioja se está consiguiendo rizar el rizo: repartir es simplemente institucionalizar la mediocridad. Diluir el impacto. Fragmentar el relato. Convertir el deporte profesional en una suma de pequeños proyectos incapaces de generar un mensaje potente hacia fuera. Es el triunfo del tono gris.
Y me surge una duda: ¿que dirá el comandante riojano en un vuelo doméstico? Podría presumir y decir: «¡Viva el Adarraga lleno!» o «La Rioja cuna del castellano» o «¡qué bien se come en La Rioja!» porque entiendo que ningún piloto en su sano juicio diría a los pasajeros: «¡Viva el vino de Rioja!».


