La persiana bajada de La Sierra, en la avenida Pío XII de Logroño, pone punto final a una de esas historias cotidianas que explican Logroño mejor que muchos discursos. El cierre no ha llegado de golpe. Ha sido un proceso lento, casi silencioso, que se ha ido consumando con el paso del tiempo y con la retirada progresiva de cada uno de los oficios que daban vida a este espacio singular.

Primero dejó de haber pescadería. Después, la charcutería. Más tarde, la frutería, que ya había quedado reducida a la mínima expresión. Ha sido el último eslabón de una cadena que ha acabado por apagar la actividad de un local que durante décadas ha sido referencia para muchos vecinos del entorno.
La Sierra no ha sido un mercado al uso. Fue, más bien, la suma de varios profesionales de la alimentación que compartían espacio y filosofía: producto fresco, trato directo y confianza mutua entre quien vendía y quien compraba. En apenas unos metros cuadrados convivían pescadería, carnicería, frutería, panadería… conformando una oferta de proximidad que hoy resulta cada vez más difícil de encontrar en pleno centro urbano.

Así lucía este negocio en 2019. Facebook La Sierra.
Este modelo de comercio, alejado de las grandes cadenas y de la lógica del supermercado, ha representado durante años una forma de entender el barrio. Un lugar donde se conocía a los clientes por su nombre, donde las recomendaciones formaban parte de la compra y donde la calidad del producto era la principal seña de identidad.
Especialmente recordada ha sido su fruta y verdura fresca, con uno de esos mostradores al aire libre que durante años han decorado la ciudad y que formaban parte del paisaje cotidiano junto a la antigua estación de autobuses, ahora inmersa en un proceso de reformas. Una imagen clásica que hoy pertenece ya al álbum de la memoria colectiva, en otro bajo comercial cerrado en el centro de la ciudad.


