El cultivo del champiñón en La Rioja atraviesa uno de los momentos más delicados que se recuerdan. El cierre de 2025 dejó un balance especialmente duro y la campaña actual continúa marcada por la expansión de la enfermedad del ‘pelo’ o ‘telaraña’, provocada por el hongo Cladobotryum mycophilum. Un problema conocido en el sector, pero que este año ha dado un salto cualitativo en agresividad y alcance. Ricardo Achútegui, cultivador con explotaciones en Calahorra y Pradejón, lo resume sin rodeos: «Noviembre y diciembre han sido desastrosos. Se nos ha juntado todo».
La enfermedad no es nueva, pero su comportamiento sí. «Es algo que ya veníamos arrastrando de campañas anteriores, pero este año empezó fuerte en septiembre y octubre y ha ido a más», explica Achútegui. La sensación generalizada entre los productores es que el hongo se ha hecho más resistente, especialmente al único fungicida autorizado de forma general, Vivando. «He tratado salas y he dejado otras sin tratar para ver la diferencia… y no hay diferencia. Tengo lo mismo», lamenta. Una constatación inquietante para un sector que apenas dispone de herramientas curativas y que se ve obligado a jugar casi exclusivamente en el terreno de la prevención.
A esta resistencia se ha sumado otro factor clave que ha agravado la situación: la paja utilizada para el compost. La campaña agrícola de 2025 fue muy abundante, pero esa abundancia tuvo un reverso problemático. «Hubo un cosechón tremendo, pero la paja venía muy dura, con mucho canuto y mucha cera», detalla el cultivador. Las lluvias obligaron además a los agricultores a tratar los trigos para salvar la cosecha, y esos tratamientos acaban repercutiendo después en el proceso de compostaje. «En las plantas cuesta mucho degradarla; hay que darle más días de fermentación y aun así no siempre se consigue un buen resultado». Cuando el paquete no ha fermentado o pasteurizado correctamente, el rendimiento posterior del champiñón se resiente de forma clara.

El daño del ‘pelo’ se centra exclusivamente en la cantidad, no en la calidad ni en la seguridad alimentaria, un matiz que el sector insiste en aclarar. «Esto es muy importante que se entienda bien: el champiñón es perfectamente apto para el consumo, no hay ningún problema sanitario», subraya Achútegui. El problema es otro: «El hongo ocupa el sitio del champiñón. Donde hay pelo, no salen champiñones». Ambos crecen en las mismas condiciones de humedad y temperatura, pero el Cladobotryum acaba ganando la batalla por el espacio y los nutrientes.
Las pérdidas se concentran, sobre todo, en la tercera floración, que en muchas explotaciones ya ni siquiera se recoge. «Normalmente de un paquete sacas tres floradas: una primera de unos tres kilos por paquete, una segunda de dos y una tercera de uno. Pues esa tercera, en muchos casos, es inviable». Para evitar que el hongo se extienda y contamine salas colindantes, los productores optan por retirar antes el cultivo. El resultado es una merma media cercana al 20 por ciento, aunque hay explotaciones que pierden todavía más: «De seis kilos normales te estás dejando uno; habrá quien pierda 800 gramos y quien pierda más de un kilo».
La situación se agrava en zonas con alta concentración de explotaciones, como Pradejón. «Yo tengo un cultivo en Calahorra donde estoy más solo y ahí voy mejor. Pero en Pradejón estamos muy juntos: si yo siembro, el de al lado está sacando; hay camiones entrando y saliendo todo el día». La espora del hongo es extremadamente volátil y se transporta con facilidad en cajas, botas, guantes o ropa de trabajo. «La llevamos nosotros sin querer», admite. En ese contexto, basta con que uno no aplique medidas estrictas para que el problema se propague.

Por eso, los productores han desplegado protocolos de higiene casi quirúrgicos, aunque sin garantías absolutas. «Tengo cajas de colores para cada sala, batas de colores para los trabajadores, alfombrillas con desinfectante, lavadoras funcionando a diario», enumera. Antes de vaciar una sala, se riega con cloro para reducir la carga de esporas. «No voy a coger más, pero al menos evito que un día de viento me llene la finca de pelo». Aun así, la sensación es de lucha desigual: «Es muy complicado pelear contra algo que no ves y que cuando lo ves ya es tarde».
Pese a la caída de la producción, los precios no acompañan. «No están subiendo. Las fábricas nos dicen que no pueden pagar más», explica Achútegui. Cuando no alcanzan sus compromisos, recurren a importaciones, principalmente de Europa del Este. «Traen champiñón de Polonia y hacen el apaño». El problema, además, no es exclusivo de La Rioja. «En Holanda también les está pasando», señala, aunque allí muchos productores trabajan solo con dos floraciones y esquivan la fase más crítica. «Aquí, a precios de fábrica, con dos floradas no libras».
Con la campaña aún en marcha y el final previsto hacia mayo o junio, el sector afronta los próximos meses con miedo e incertidumbre. Sin tratamientos realmente eficaces y con un patógeno cada vez más resistente, la enfermedad del ‘pelo’ se ha convertido en una amenaza real para la continuidad de parte del champiñón riojano, uno de los cultivos más emblemáticos y frágiles del campo regional.


