Hace frío y llueve, pero algo me dice que esta no va a ser una tarde cualquiera de invierno. En la puerta de la Rondalosa me espera César Leorza, 74 años y uno de los fundadores de la peña. «Esto antes era un solar. Debajo de esta sede encontraron los obreros un horno de panadería y nos dijeron que pasaban tres ríos». Empieza fuerte la cosa.
Pronto llega Ángel Sáez, con sus 90 años envidiables después de toda una vida ligada al sector del automóvil y otro de los impulsores de la Rondalosa en sus orígenes. Tras él, Jesús Leorza, de 67 años, con su libreta en la mano y mucho que contar. Arriba nos esperan Rubén Presa, de 38 años y actual presidente de la peña y su padre, Santos Presa, de 76. Todos ellos representan varias generaciones de historia viva de la ciudad. «Aquí estamos los mejores», bromean. Y no les falta razón.
La historia de Rondalosa arranca, como casi todo lo auténtico en Logroño, en torno a la música y a la calle. Sus primeros pasos se vinculan directamente con la Rondalla Logroñesa. De aquel grupo de cuerda nació la semilla de lo que acabaría siendo la peña Rondalosa (‘Ronda’ de rondalla y ‘esa’ de logroñesa, por si alguien no había caído).

Con esa base musical, la peña no tardó en ampliar horizontes: primero Pamplona, donde acudían cada año por San Fermín, y después salidas más ambiciosas que les llevaron a actuar en Francia, en lugares como Dax, Mont-de-Marsan y Nimes.
Pero Rondalosa no era solo música. Era, sobre todo, una manera de vivir la fiesta. «Una peña es un grupo de amigos que se junta para pasarlo bien y disfrutar con la gente». Y añaden: «Antes, el público no miraba desde fuera, se metía dentro y se brincaba más. La gente, al salir de los toro se nos unía, ahora parece que hacen dos calles para que la peña pase, pero como aparte».
En aquellos primeros años, la peña tenía su ‘domicilio’ en el bar Ismael, donde se reunían para cenar y organizarse. Una de las anécdotas que recuerdan con cariño es la de las fiestas mensuales, conocidas como ‘la fiesta del duro’, encuentros sencillos pero constantes que mantenían viva la cuadrilla y el espíritu de la peña durante todo el año.

Con el tiempo, lograron dar un paso más y establecer un local propio en la calle Sagasta, en un edificio donde anteriormente había funcionado la fábrica de caramelos Falcón, junto a la zona que hoy conecta con la Plaza Santiago. Allí, además de reunirse, llegaron a organizar baile para socios y a gestionar el bar como una forma de sostener la actividad. Primero lo llevaban ellos mismos y, más adelante, contaron con un abastecedor. «Era otra época: sin ayudas ni facilidades, la supervivencia de la peña dependía del esfuerzo colectivo y de las ganas de seguir haciendo calle».
A finales de los años 50, Peña Rondalosa desapareció. Las circunstancias de la época y la vida misma obligaron a parar. Durante más de quince años no hubo peña como tal, aunque la amistad y el vínculo nunca se rompieron del todo.
Otra época, misma esencia
El renacer llegó en 1976 (si hacemos cálculos, vemos que este año cumplen su 50 aniversario). Viejos amigos, nuevas ideas y una convicción clara: había que volver. Se recuperó la peña, se impulsó la rondalla y nació la sociedad gastronómica. «Queríamos hacer lo mismo que antes, una peña de verdad». Y lo lograron.

FOTO: Fernando Díaz/Riojapress
Desde entonces, la Rondalosa volvió a ocupar su sitio en las calles de Logroño, primero en la calle Excuevas y, desde 1990, en su actual sede de la calle Carnicerías, un espacio que consideran clave para la supervivencia de las peñas. «Sin un local es muy difícil mantener la esencia».
Hablar de esta peña es hablar de actos que ya forman parte de la memoria colectiva de la ciudad: la degustación gratuita de migas en San Bernabé, con miles de raciones repartidas; el Festival de Jotas de San Mateo, considerado uno de los más importantes de España; las visitas de los Reyes Magos; las salidas de los toros; la música, siempre la música.

Pero también es hablar de esfuerzo y compromiso. «La peña no es solo fiesta, es trabajo, sacrificio y estar cuando hay que estar». Quizá por eso reconocen que atraer a la gente joven no siempre es fácil. «Hoy cuesta que un chaval entienda que hay que estar a las ocho de la mañana preparando una degustación o a las nueve y media listos para salir a la calle. Esto hay que sentirlo. Si no, no funciona».

FOTO: Fernando Díaz/Riojapress
Actualmente la Rondalosa ronda los 90 socios, aunque no todos salen ni participan del mismo modo. «Mucha gente joven entiende la peña como salir con la charanga y beber, y es mucho más que eso». Aun así, hay motivos para la esperanza. «En nuestra peña se está apuntando gente, y en las colindantes también. Queremos creer que las peñas todavía no tienen fecha de caducidad».

El mayor reto está en el relevo generacional. «Hay un salto intermedio que se nota. Los abuelos ya han trabajado bastante y llegará un momento en el que no puedan seguir. Tiene que haber una generación que coja el testigo».
Por eso, este 50 aniversario no mira solo al pasado. A lo largo de todo el año se celebrarán actos conmemorativos, uno cada mes. Uno de los más especiales será el próximo 9 de junio, cuando antiguos peñistas, colaboradores, bodegas, instituciones y amigos se reúnan para salir juntos con la charanga y compartir mesa. «150, 200 personas, las que sean. Pero todos juntos».

Porque para quienes la han vivido desde dentro, la Rondalosa no es solo una peña. Es familia, memoria y una forma muy concreta y muy logroñesa de entender la fiesta y la vida.


