La Navidad en Logroño tiene su propio ritmo. Ni se precipita al llegar ni tiene prisa por marcharse. Este año, el encendido del alumbrado navideño comenzó el 4 de diciembre, aunque no fue un encendido al uso: las luces se fueron activando de manera gradual durante toda una semana hasta completar el despliegue el día 10. Una puesta en marcha tranquila, sin sobresaltos y, visto lo visto, también un desmontaje a juego.
Porque a mediados de enero, cuando la cuesta ya aprieta, las rebajas avanzan y los villancicos hace tiempo que dejaron de sonar, todavía quedan adornos navideños colgados en algunas calles de la ciudad. Como si la Navidad, fiel a su estilo pausado de este año en la capital riojana, hubiera decidido despedirse poco a poco, sin mirar demasiado el calendario.

Los técnicos se afanan estos días, colgados de grúas y arneses, en desmontar estrellas, guirnaldas y más decoraciones que han aguantado más que muchas promesas de año nuevo. Un trabajo paciente, casi ceremonial, para retirar los últimos restos de unas fiestas que se están despidiendo con calma.
La lógica parece clara: si el encendido fue progresivo, el adiós también lo es. Nada de prisas. La Navidad entra despacio en Logroño y sale igual. Eso sí, una vez retiradas las últimas luces, la ciudad podrá dar por cerrado definitivamente el capítulo festivo y centrarse en el invierno, que este año sí ha llegado puntual.


