La Rioja

Cuando las grandes tiendas se van: «¿Qué nos queda a las demás?»

El pasado miércoles 14 de enero se hizo público que la tienda de Bershka ubicada en la calle San Antón va a cerrar el próximo día 30 de este mes. Apenas 24 horas después, Oysho, ubicada en la misma calle, bajaba la verja por última vez. Unos meses antes, fue Massimo Dutti quien puso fin a su presencia en la capital riojana después de más de tres décadas. Tres cierres cuyas consecuencias no se han dejado notar aún del todo, pero que, desde luego, van a cambiar drásticamente el panorama comercial del centro de la ciudad.

Las noticias han ido calando hondo en el pequeño comercio local. Para Amaia Tomé, de Atipyca, está siendo un punto de inflexión, de pararse a pensar «cómo está el comercio y la venta hoy en día», y de cómo se está «orientando a la gente a comprar online». Como señala Amaia, esto no va a hacer que la gente a la que le gusten esas marcas deje de comprar ahí, sino que ahora, las ventas se van a producir a través de una pantalla.

«Evidentemente no son buenas noticias que se cierren comercios, aunque sean de empresas que facturan al año una barbaridad y que además año tras año van incrementando sus beneficios», apunta. Y es que Amaia decide poner el foco en algo que va más allá del comercio: en todas las personas que trabajaban en estas tiendas y que «viven o hacen vida en Logroño» y de las que no sabe en qué condiciones se han ido.

Amaia indica que una de las grandes trabas a las que se enfrenta el comercio del centro de Logroño es la falta de aparcamiento. Sabe de lo que habla: lleva casi catorce años atendiendo en su tienda de la calle Portales. «Antes bajaba muchísima más gente de pueblos de los alrededores, ahora han dejado de venir al Casco Antiguo. Se van directamente al centro comercial», explica Amaia. «Si en San Antón, que era el punto de referencia de zona de compras del centro, están cerrando estas tiendas que eran el motor de atracción, ¿qué nos queda a las demás?», se pregunta.

Detrás del mostrador de Magnolia atiende Mónica García, que prefiere tomarse las cosas con algo de distancia. «Tampoco me afecta mucho, San Antón nos pilla un poco lejos», bromea.

Lo que también le tranquiliza es saber que las cosas que hay en la tienda donde trabaja, difícilmente las vas a encontrar en Inditex: «En esas tiendas hay mucho beige, mucho negro, no hay nada de animación o de color. Me aburre un poco esa moda. Aquí tenemos mucho color siempre, es lo que nos diferencia».

Mónica pone en valor lo más distintivo del comercio local: el trato al cliente. El tú a tú. Eso que en las tiendas de grandes cadenas se pierde por completo. «No te hace nadie ni caso cuando entras y a veces cuando preguntas hasta te ponen mala cara», señala. Para Mónica, el trato «asertivo es algo que muchas veces ya no se estila».

Mónica se queda atendiendo a una señora a la que le aconseja unos pantalones que sabe que le van a gustar, porque hace unas semanas se llevó unos parecidos. Mientras, Amaia atiende a unos turistas que se han resguardado de la lluvia en su tienda y han aprovechado para comprarse un balaclava y un abrigo. No duda en ofrecerles un paraguas, que ya le devolverán cuando deje de llover. Después, se va a echar un café con una amiga a la que conoció porque era clienta habitual de la tienda. Es la magia del comercio local, de lo cercano. Del trato con personas cara a cara y no a través de una pantalla.

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