La Rioja

Un siglo de aplausos: el Teatro Ideal, corazón escénico de Calahorra

El arranque este fin de semana de la undécima edición de la Muestra nacional de teatro aficionado vuelve a colocar al Teatro Ideal en el centro de la vida cultural de Calahorra. No es solo una nueva programación, ni una sucesión de funciones. Es, en realidad, la confirmación de una historia larga, intensa y muy viva. Porque este escenario, que en 2025 cumplió cien años, no es un edificio más: es memoria compartida, punto de encuentro y, sobre todo, el lugar donde el teatro —profesional y aficionado— ha encontrado siempre su sitio en la ciudad.

El Teatro Ideal abrió sus puertas en 1925 como Ideal Cinema, impulsado por Alejandro Martínez Salazar, ‘El Chispas’, y desde el principio fue mucho más que una sala de proyecciones. Con un aforo de 804 localidades, se convirtió rápidamente en una parada clave de la ruta teatral del norte de España. Las compañías que estrenaban en Madrid comenzaban aquí su gira antes de seguir hacia Logroño, Vitoria, San Sebastián o Bilbao. Por su escenario pasaron zarzuelas, grandes obras teatrales y artistas de primer nivel. Incluso durante la Guerra Civil, el Ideal siguió en pie, con funciones benéficas cuyos pagos se realizaban, en ocasiones, con sellos de correos para ayudar al hospital de sangre.

La llegada del cine sonoro en 1930 marcó otro hito, con títulos hoy míticos como Gilda o Bienvenido Mister Marshall. Y en 1965 comenzó una de sus etapas más recordadas, bajo la dirección de José María Toledo Calvo, un empresario profundamente enamorado del teatro. Aquellos años trajeron revistas, comedias y nombres que todavía resuenan en la memoria colectiva: Rocío Dúrcal, Raphael, Lina Morgan, Bibí Andersen o Juanito Navarro. El Ideal era entonces el gran coliseo contemporáneo de Calahorra, un lugar donde la ciudad se miraba a sí misma desde el patio de butacas.

El paso del tiempo trajo también transformaciones inesperadas. Entre finales de los 70 y principios de los 80, el teatro se convirtió en la discoteca Arlequín, una auténtica referencia del ocio juvenil de la época. Las butacas se recogían, el escenario se vaciaba y el teatro se llenaba de música. Por allí pasaron grupos como Mecano, Obús, Barricada, Leño, Alaska o la Orquesta Mondragón. Más tarde llegarían los pubs, incluso una pista de hielo en el antiguo patio de butacas, hasta que en los años 90 el edificio cerró definitivamente sus puertas.

El resurgir llegó de la mano del Ayuntamiento de Calahorra, que adquirió el inmueble en 1997 y apostó por una rehabilitación integral, respetando la fachada histórica pero reconstruyendo por completo el interior. Tras años de trabajo y no pocas dificultades urbanísticas, el Teatro Ideal reabrió en 2006 como espacio cultural renovado. Dentro del sector, lo apodaron “la bombonera”, un nombre que resume bien su tamaño, su acústica y esa cercanía especial entre escenario y público.

Hoy, el Ideal sigue latiendo gracias, en gran parte, al teatro aficionado. Grupos como Tagaste o La Canilla sostienen una tradición que va mucho más allá del telón. Ensayan durante meses, levantan montajes con pocos medios y mucha vocación, y mantienen viva una afición que se transmite casi de generación en generación. No buscan focos ni grandes giras, pero llenan el escenario de verdad y compromiso.

La Muestra nacional de teatro aficionado, que arranca estos días y se prolongará hasta el 1 de febrero, es la mejor prueba de ello. Compañías llegadas de distintos puntos del país comparten cartel con grupos locales, en una programación diversa que convierte el invierno calagurritano en tiempo de teatro. Un siglo después de su inauguración, el Teatro Ideal sigue cumpliendo su función original: reunir a la gente alrededor de una historia, apagar las luces y dejar que, durante un rato, todo lo demás se quede fuera.

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