Salud

Ni moda ni tabú: la salud del suelo pélvico sale a la luz

Durante años apenas se ha hablado de él. El suelo pélvico ha permanecido oculto bajo tabúes, vergüenzas y una normalización peligrosa. «Es cosa de la edad». «Es normal después de parir». «A todas nos pasa». Hoy, sin embargo, empieza a ocupar el lugar que siempre debió tener. Hablar de él está de moda. Sí pero porque existe una necesidad real, extensa y desatendida en la población.

Diana Ubis, fisioterapeuta especializada en suelo pélvico de la clínica Physia, lo tiene claro. Cuando explica su trabajo suele empezar igual: desmontando la idea de la moda. «No es algo que vaya a pasar. Esto surge porque había una necesidad brutal que no se estaba atendiendo». En su caso, además, el origen es personal. De niña convivió con su abuela, que sufría un prolapso severo: el útero y la vejiga descendían hasta salir del cuerpo. «Yo alucinaba con que nadie la ayudara. Se vivía con resignación».

Esa experiencia marcó su camino. El primer día de carrera de Fisioterapia, cuando le explicaron qué era el suelo pélvico, entendió que ahí estaba la respuesta a tantas historias silenciadas. Desde que terminó trabaja con personas de todas las edades y géneros, rompiendo otro de los grandes mitos. El suelo pélvico no es solo cosa de mujeres mayores.

Pero ¿qué es exactamente el suelo pélvico? No se trata de un único músculo, como suele creerse, sino de un conjunto complejo de músculos, ligamentos, fascias y tejidos blandos que cierran la pelvis por su parte inferior. Rodean los esfínteres y sostienen órganos como la vejiga, el útero y el recto. Cumplen funciones sexuales, urinarias y digestivas, pero también una esencial y poco conocida: la transferencia de cargas, es decir, cómo el peso del cuerpo y la gravedad se distribuyen internamente.

Cuando esa transferencia falla, aumenta la presión dentro de la pelvis. Durante años, el suelo pélvico soporta más carga de la que puede asumir. Embarazos, partos, sobrepeso, estreñimiento crónico, sedentarismo o una mala gestión postural contribuyen a ese desgaste silencioso. Hasta que un día aparece la disfunción.

Las consecuencias pueden ser variadas: incontinencia urinaria, fecal o de gases; prolapsos de vejiga, útero o recto; dolor en las relaciones sexuales y dolor pélvico; dificultades para defecar. Diana atiende también a hombres con prolapsos rectales e incontinencias urinarias y a niños con malformaciones anorrectales o vejigas neurogénicas. «Tenemos pacientes desde la infancia hasta los 90 años», explica. La realidad es mucho más amplia de lo que el imaginario colectivo asume.

Uno de los grandes problemas es la falta de prevención. «Si no conoces el problema ni los factores de riesgo, no puedes prevenir», señala. La gente llega a consulta cuando el daño ya está hecho, cuando la disfunción condiciona la vida diaria. Y muchas veces, además, sin saber localizar ni controlar esa zona del cuerpo.

El tratamiento va mucho más allá de los ejercicios clásicos. El ejercicio terapéutico es una herramienta clave, pero no siempre suficiente. Lo primero es la educación: conocer la anatomía, entender cómo funciona el cuerpo. Después, buscar el origen del problema. Puede estar en los ligamentos dañados tras un parto, en una mala gestión de las presiones abdominales, en problemas digestivos, en alteraciones nerviosas o en adherencias que requieren tratamiento manual. Cada caso es distinto.

La mejoría, en muchos casos, es rápida. Diana recuerda a una paciente que llevaba 20 años sin poder defecar con normalidad. El problema era una pequeña brida que se resolvió en dos sesiones. «Lo más duro fue que se preguntara por qué había sufrido tanto tiempo sin saber que esto tenía solución». Aunque la mayoría llegan con hipertronía anal.

El embarazo es otro punto clave. Preparar el cuerpo antes y durante la gestación puede prevenir desgarros, incontinencias y diástasis abdominales. «Muchas de las complicaciones se pueden evitar con seguimiento y ejercicio adecuados», insiste. Una información que antes no existía y que hoy empieza, por fin, a abrirse camino.

Hablar de suelo pélvico no es hablar solo de pérdidas de orina. Es hablar de calidad de vida, de dignidad corporal y de salud integral. De dejar de normalizar el sufrimiento. Y, sobre todo, de entender que el cuerpo no falla: avisa. El problema es cuando nadie enseña a escucharlo.

¿Quieres recibir a primera hora del día toda la información de La Rioja en tu e-mail?

* campo obligatorio
To Top