La jornada de este sábado ha dejado una profunda conmoción en La Rioja tras conocerse la aparición sin vida de una niña de 13 años y de un joven de 20. Las primeras hipótesis policiales apuntan a que ambos jóvenes se habrían precipitado de forma voluntaria desde un edificio en obras al que habrían accedido después de empotrar una furgoneta en una valla del solar.
La muerte de una menor de 13 años sitúa el foco en un hecho excepcional dentro de la estadística riojana. Solo existe un precedente similar: el fallecimiento de un menor de 14 años en 2001 también en un hecho autolítico. Un dato que subraya la rareza de estos casos en edades tan tempranas y, al mismo tiempo, el impacto emocional que generan cuando se producen. La infancia y la adolescencia continúan siendo etapas en las que este tipo de muertes son poco frecuentes, lo que no reduce, si no todo lo contrario, la magnitud del dolor que dejan.
Más presentes en los registros —y no por ello menos dolorosos— son los suicidios entre jóvenes de entre 15 y 29 años. Desde 1980, año a partir del cual existen datos consolidados, han fallecido en La Rioja 114 jóvenes por sucesos autolíticos. Son cifras que impresionan y obligan a detenerse, pero que también reclaman una lectura serena. Porque, contra la percepción de que se trata de un problema en aumento, los datos muestran justo lo contrario.
Las décadas de los 80 y los 90 fueron las más duras. En cada una de ellas murieron 31 jóvenes por este motivo, con años especialmente dramáticos como 1998, cuando se registraron diez fallecimientos, 1991 con ocho o 1986 con siete. Eran tiempos en los que la salud mental apenas se abordaba en el espacio público, en los que el estigma era dominante y pedir ayuda resultaba, para muchos, casi imposible.
El cambio de siglo marca un punto de inflexión. Entre 2000 y 2009 fallecieron 24 jóvenes; entre 2010 y 2019, 18; y desde 2020 hasta 2024 —último periodo con datos completos— la cifra se reduce a ocho. La tendencia descendente es clara, aunque conviene contextualizarla también en la disminución del número de jóvenes en la comunidad debido a la crisis de la natalidad. Aun así, está claro que el mayor tratamiento de la salud mental, la prevención y el hecho de hablar abiertamente del problema han sido factores clave. Aún así, esta reducción no puede ser óbice para que se siga trabajando en el ámbito de la salud mental especialmente relacionada con los más jóvenes.


