Cuando en Logroño se debatía hace unos meses sobre el impacto acústico de de un festival celebrado en las inmediaciones del Revellín, muchos vecinos de la calle Fundición, tal y como explican, observaban la polémica con una mezcla de comprensión y resignación. Comprensión por quienes vieron alterado su descanso de forma puntual y resignación porque, para ellos, el ruido no es una excepción ni un episodio aislado, sino una constante que se repite semana tras semana durante todo el año. Y es que «en algunos barrios el problema no es puntual: es una realidad permanente», lamentan los vecinos.
De jueves a domingo, cuatro noches a la semana, los vecinos aseguran convivir con el incumplimiento reiterado de las medidas de insonorización por parte de varios locales de ocio nocturno, no todos «porque algunos están perfectamente insonorizados». «Las paredes de nuestras casas vibran al ritmo de los bajos hasta altas horas de la madrugada», cuentan, describiendo un ruido que no se apaga al cerrar las puertas de los bares. Al contrario: cuando termina la música en el interior, comienza otro episodio igual de perturbador en la calle. «La salida de los clientes se traduce en gritos, peleas, suciedad, daños en el mobiliario urbano e incluso destrozos dentro de nuestros propios portales».

La escena se repite con una regularidad que, según los residentes, ha terminado por normalizar situaciones que no deberían serlo. Podrían centrar su denuncia en la evidente falta de seguridad o en el deterioro del espacio público, o en lo injusto que resulta que personas mayores o familias vean limitado el uso de una calle que también les pertenece. Sin embargo, el núcleo del problema es aún más básico: el descanso. «Todos vivimos integrados en una rutina que nos obliga a levantarnos para trabajar, estudiar, hacer deporte, cuidar de otros y cumplir con nuestras obligaciones». Y cuando ese descanso se niega de forma reiterada, «cuatro noches a la semana, más de 200 días al año, todos esos pilares se desmoronan y todo lo demás se resiente».
Los vecinos alertan además de una deriva que consideran especialmente preocupante: la normalización de los excesos. Una tendencia que, aseguran, se ha visto agravada por el auge del turismo masivo y por determinados modelos de ocio, como el de las actuales despedidas de soltero, que sitúan el disfrute de unos pocos por encima de los derechos de quienes viven allí todo el año. «Cabe preguntarse en qué momento hemos asumido que conciliar el sueño en tu propia casa se convierta en un privilegio reservado solo a unos pocos», reflexionan.

Y añaden que «el derecho al descanso debería ser un valor irrenunciable en la gestión de cualquier ciudad, y su respeto debería imperar sobre todo lo demás. El hogar que cada uno ha construido debería gozar de una paz absolutamente inquebrantable, y corresponde al Ayuntamiento de Logroño garantizar que así sea».
El cansancio que expresan no es únicamente físico. Es también cívico. «Escribimos desde el agotamiento tras años de una sensación de indiferencia deliberada por parte del Ayuntamiento». Los vecinos aseguran que, independientemente del color político del gobierno municipal, el problema se ha ido enquistando sin una respuesta institucional clara, al menos hasta que se acercan los periodos electorales. «Ignorar una protesta vecinal tan básica no es una opción aceptable».
Y concluyen: «Un Ayuntamiento que no vela por el derecho al descanso de sus ciudadanos en sus propias casas, es un Ayuntamiento fallido».


