La inspiración está, muchas veces, en los pequeños detalles. En las conversaciones, en las películas… en cualquier cosa. También aparece en los momentos más inesperados. ¿A quién no se le han ocurrido las mejores ideas en la ducha? Diego Rodríguez Robledo, arqueólogo e ilustrador natural de Logroño, no iba a ser la excepción: «Cuando menos te lo esperas es cuando surgen las cosas y cualquier chorrada te da la clave para un proyecto. La inspiración viene de cualquier cosa, hasta, yo que sé, bajas a hacer la compra y ves cómo han combinado los colores en el cartón de la leche y eso te da una idea que puedes aplicar».
Como la mayoría de los artistas, también se inspira en otros: «El ver y el consumir proyectos de otros compañeros, ver cómo trabajan, leer y mantenerte al día de lo que se está haciendo te ayuda a desarrollar un proceso creativo propio».
Diego no recuerda cuándo empezó a dibujar. Lo que recuerda es estar siempre haciéndolo y quién fue uno de los primeros en motivarle a plasmar el mundo que le rodea: Félix Rodríguez de la Fuente. «Me acuerdo de ver reposiciones de ‘El hombre y la Tierra’, ver que tenía un cuadernito de campo con acuarelas de animales y decidí que quería hacer eso». Dicho y hecho.
Con nueve años, empezó en una academia de dibujo en la que permaneció casi una década y donde aprendió a trabajar con diferentes materiales y soportes y a explorar diferentes técnicas. Ahora principalmente trabaja más en digital, cosas de haber llegado a ser ilustrador profesional y tener que lidiar con tiempos y proyectos impuestos. Aun así, igual que cuando era niño, siempre lleva consigo un cuadernillo y un lápiz.
En ese momento crucial en la vida de todo adolescente en el que tienes que decidir qué hacer con tu vida, Diego se decantó por la Arqueología, aunque lo hizo «con la espinita» de no haberse metido en Bellas Artes.
Al terminar sus estudios en la Universidad Complutense de Madrid, Diego se tomó un año sabático para poner en orden sus pensamientos. Finalmente se decantó por la ilustración científica orientada a la arqueología y el patrimonio. «Me di de alta como autónomo porque no le tengo miedo a la muerte y fui enlazando diferentes proyectos. No me iba mal y al final decidí estudiar un máster en Ilustración Científica», cuenta. Y así, fue como Diego pudo unir sus dos pasiones y tener lo mejor de los dos mundos.
Desde entonces, Diego ha trabajado en multitud de proyectos. ¿El que más ilusión le ha hecho? «Es muy complicado, es como elegir entre mamá y papá», bromea, pero admite que siente debilidad por ‘Femina Sapiens’: «Fue mi primer libro como ilustrador y me ha traído muchas cosas buenas. Se ha traducido casi a veinte idiomas y estamos contentísimos».
Aun así no puede no mencionar ‘Historias bestiales’. Es su primer libro cien por cien propio: «Es un proyecto que he sacado por mi cuenta y es mi primer libro como autor e ilustrador y eso me ilusiona mucho».
Cuando se le pregunta por su estilo, resopla. «Uno como ilustrador muchas veces no es consciente de cómo es su propio estilo porque lo ha desarrollado de forma muy orgánica. En cambio, el resto sí lo sabe identificar. Yo veo lo que dibujé ayer y lo que dibujé hace dos años y me parece completamente distinto».
Lo que tiene claro es el período histórico que más le gusta dibujar: «Prehistoria. En concreto, el Paleolítico Superior. Estas gentes que iban pintados de arriba abajo. Como no tenemos textos escritos y solo conservamos una parte muy sesgada de su cultura material, pues tenemos bastante libertad». Eso sí, siempre basándose en las evidencias científicas y los registros arqueológicos.
Porque si algo tiene muy presente Diego es que divulgar es una responsabilidad y «una herramienta social y política que rompe muchísimos esquemas, por eso es importante ser consciente de lo que estás haciendo porque, al fin y al cabo, es la principal forma que tiene el pasado de acercarse al presente».


