Diciembre siempre llega con la misma trampa: creer que porque termina el año algo se ordena solo. Pensamos que al pasar la última página del calendario las piezas encajan y el ruido se apaga. Pero no. Aun así, cada final de año vuelve la tentación del balance y de los buenos propósitos. No nos apuntamos al gimnasio debajo de casa de milagro. Otro año escribiendo, otro año cerrando columnas y otro diciembre mirando atrás mientras el mundo insiste en ir siempre un poco más rápido de lo que uno puede contar.
El 2025 ha sido, como casi todos, un año que nos ha puesto la cabeza tarumba. Titulares gruesos, debates inflamados, promesas que se repiten con distinto envoltorio y polémicas que duran lo que tarda en llegar la siguiente. La política ha vuelto a hablar más alto que claro y las redes más rápido que profundo, lo que ha terminado por trasladarse a la sociedad. Todo ha parecido urgente, imprescindible y definitivo. Y, sin embargo, pocas cosas han terminado siéndolo de verdad. Desde este lado del teclado, el oficio ha consistido, una vez más, en intentar poner orden en el desorden; en contar lo que pasa sabiendo que mañana pasará otra cosa y lo anterior estará casi olvidado; en escribir sobre lo inmediato mientras lo importante avanza en silencio.
Mientras el ruido lo llenaba todo, han seguido ocurriendo cosas que no han salido en los titulares. Gente que ha abierto un negocio sin épica ni inauguración oficial, asociaciones que han seguido funcionando con menos recursos que ganas, familias que han sostenido a otras en silencio y pueblos que han aguantado el invierno con la misma dignidad con la que se llenan en agosto. Proyectos pequeños, casi invisibles, que no han necesitado una nota de prensa para demostrar que tenían sentido. Nada extraordinario. Nada heroico. Y, precisamente por eso, importante.
Vuelvo a hablar de mi pueblo por aquello de que uno es lo que mejor conoce. En Villavelayo —como en tantos otros lugares— el año se mide de otra manera. No por ciclos informativos sino por regresos. Los que vuelven solo en verano y los que se quedan todo el año. Los que se fueron hace tiempo y siguen diciendo «mi pueblo» entre el orgullo y la nostalgia. Los que ya no están, pero siguen apareciendo en las conversaciones como si fueran a entrar en cualquier momento por la puerta del bar. Allí, como casi en todas partes, 2025 no ha sido ni el mejor ni el peor año. Ha sido uno más. Y quizá ahí esté la clave: resistir también es una forma de avanzar. Mantener encendida la lumbre en invierno, seguir organizando fiestas aunque cada vez cueste más, cuidar de los mayores y recibir a los niños cuando vuelven.
Nada de eso sale en los rankings del progreso, pero sin eso no hay futuro que valga. Por eso desde el periodismo la sensación es parecida. Pasamos el año contando lo urgente mientras lo importante sucede por debajo del radar. Corremos para llegar a tiempo a todo sabiendo que casi siempre llegamos tarde a lo esencial para terminar aceptando que no todo merece un titular, que no todo cabe en una entradilla y que no todo puede medirse en clics. Y que, aun así, merece ser contado.
Quizá por eso diciembre invita menos a hacer balance y más a detenerse. A asumir que no hemos arreglado el mundo, que no hemos aprendido todas las lecciones y que seguimos tropezando en las mismas piedras. Pero también que, pese al cansancio, pese al ruido y pese a la sensación de provisionalidad permanente, hay cosas que seguimos haciendo bien: conversaciones sin grabar, ayudas sin foto y decisiones pequeñas que mejoran la vida de alguien, aunque nadie las celebre. Oficios ejercidos con honestidad. Vínculos que no se rompen. Lugares que resisten.
Un año más hemos contado lo que pasa mientras lo importante nos pasa por dentro. Quizá no sea poco terminar 2025 sabiendo que, pese a todo, seguimos aquí haciendo lo nuestro.


