Nos atrevemos con el cordero, con la lubina, con los entrantes de changurro, con el cardo con almendras… pero cuando llega el momento del postre… otro gallo canta (y no es el de Santo Domingo). Si ya lo dicen en Master Chef, lo de los postres es complicado. Por eso, mientras algunos apuran compras de última hora, las colas más largas de este miércoles han estado frente a las tiendas de postres. Desde bien temprano, se ha repetido la misma escena: miradas cómplices, algún que otro atasco por el centro relojes consultados con nerviosismo, colas y más colas…

En lugares como Melt, con sus tartas de queso convertidas ya en objeto de deseo, o en La Mariposa de Oro, donde los buñuelos han volado más rápido de lo que salen de la cocina, la mañana se ha vivido con intensidad. También en DellaSera, Fernando Saenz no ha dado abasto despachando helados. Da igual el frío o el tiempo de espera: la sensación es que quedarse sin el dulce elegido es poco menos que un drama navideño.
Puede haber debate sobre si el asado está más o menos jugoso, o si el pescado quedó en su punto, pero el dulce es el broche emocional de la noche. El momento en el que la mesa se relaja, se alargan las sobremesas y aparecen los brindis. Por eso, cada Nochebuena por la mañana, Logroño se lanza a una pequeña locura colectiva: asegurar que, pase lo que pase, la Navidad termine con algo realmente bueno en el plato. Dulce Navidad.


