Tinta y tinto

La Esperanza es lo último que se pierde

Foto: Fernando Díaz (EFE)

Dicen que la Esperanza es lo último que se pierde. Y en Logroño lo llevamos tan a rajatabla que hasta la hemos convertido en patrona y alcaldesa. Cada 18 de diciembre, en plena resaca de puente, compras navideñas y luces de alto presupuesto con nula fantasía, celebramos su día. Algunos con misa solemne, otros con brindis. Porque cada uno tiene su manera de tener fe. En Villavelayo, por ejemplo, la devoción es por «la santa» -cofradía incluida, procesión veraniega y medalla en el pecho—, de quien Gonzalo de Berceo escribió su vida en versos. Sin embargo, reconozco que en estos tiempos hace falta una dosis extra de esperanza. De la buena. De la de verdad. De la que no viene en powerpoints hechos con Canva.

Y como esta tierra se merece un 2026 a la altura de su gente, aquí va mi lista de deseos, la carta a los Reyes Magos y la oración laica a quien quiera escucharla, dando por hecho siempre que repetimos las peticiones realizadas por Sabina en sus particulares noches de boda: «Que el corazón no se pase de moda. Que ser valiente no salga tan caro. Que ser cobarde no valga la pena. Que las verdades no tengan complejos. Que las mentiras parezcan mentira».

Esperamos que en 2026 Logroño tenga unas fiestas de San Mateo con criterio, planificación, música y alegría popular. Que las calderetas no se inscriban en un 010 de la Edad Media, que los conciertos no se anuncien en modo sorteo de caja roja y que nadie se ponga nostálgico de la Laurel al tercer día porque no hay nada mejor que hacer. Que haya música, calle, propuestas para todos los públicos… y previsión, por favor. Sobre todo previsión.

Esperamos que la Navidad venga con luces que no den más pena que brillo y con alguna calle que inspire un «mira qué bonito» sin necesidad de ponerle filtro en Instagram. No pedimos las del Rockefeller Center, ni falta que hace, pero sí algo que alumbre el espíritu y no solo la factura. Porque mira que nos han salido caras las bombillitas de este año: 100.000 euros más para pasear por el centro y tener la sensación de estar en un festival de LED del chino. Así que sí, pongamos velas —y no figuradamente— a la Esperanza para que el año que viene la inversión se note. Que se puede. De verdad que se puede.

Esperamos que Logroño tenga un recinto cubierto donde puedan venir artistas que llenan pabellones en cualquier otra ciudad sin que nos tiemble el presupuesto. Que las giras no pasen de largo. Que no tengamos que mendigar cultura de calidad, ni música, ni teatro, ni un sitio decente para grandes eventos más allá del típico «bueno, si hace buen tiempo igual lo podemos hacer en la plaza de toros».

Esperamos que Medicina por fin eche a andar en la Universidad de La Rioja. Que nuestros estudiantes no tengan que irse fuera para estudiar lo que aquí llevamos esperando más de una década. Y que esa facultad no sea sólo un símbolo, sino el principio de una nueva etapa para la educación superior en esta comunidad.

Esperamos que la capital riojana se convierta de una vez en un referente de movilidad amable. Que los coches respeten las bicis. Que aprendamos a usar los intermitentes (sí, también en las rotondas). Que la doble fila sea una excepción y no la norma. Y que transformar lugares en calles semipeatonales como San Antón o Avenida de Portugal no sean motivo de debate eterno, sino parte de una ciudad más humana, más vivible y más nuestra.

Esperamos que Logroño esté bien comunicado por tierra, tren y aire. Que se libere la AP-68 en noviembre sin letra pequeña. Que la eterna reforma de los tramos ferroviarios con Castejón y Miranda avance y algún día sean realidad. Que Vueling no sea un espejismo y que, si hay licitación de vuelos internacionales, no nos volvamos a quedar en tierra. Y, sobre todo, que alguien —en Madrid, en Bruselas, en donde sea— nos mire como algo más que un apeadero entre Zaragoza y Bilbao.

Esperamos que el centro de Logroño sea un lugar donde convivan vecinos y turistas sin que nadie se sienta invitado en su propia casa. Que no nos pase como a Roma, que se ha convertido en un decorado de sí misma con pérdidas de hasta el 35 y el 40 por ciento de su población como el Trastévere. Que podamos seguir paseando sin esquivar mesas hasta en invierno, que los pinchos sigan siendo eso —pinchos— y que los bares tengan alma y no solo cuenta de TikTok. Que los turistas sean bienvenidos, pero no a costa de nuestra identidad.

Esperamos que se rebajen las desigualdades económicas, que no haya familias eligiendo entre calefacción o comida, que no tengamos que resignarnos al discurso de «es lo que hay» y que la chavalada pueda emanciparse sin depender de un piso de los abuelos. Que vivamos en una ciudad donde quedarse sea un proyecto de vida y no una condena por no haber podido irte. Y que no caigamos en los cantos de sirena de los populismos ni en las soluciones fáciles a problemas complejos. Que no todo lo que brilla es oro ni todo lo que indigna merece un tuit para alimentar un algoritmo diabólico y polarizante. Que entendamos que convivir es ceder, que gobernar es complicado y que las respuestas simplonas casi siempre esconden trampas. Que sigamos apostando por el sentido común, aunque no siempre esté de moda, y por ese pensamiento crítico que es el mayor acto de fe en una sociedad adulta.

Esperamos también —por qué no— que suba el Logroñés. Que vuelva la ilusión a Las Gaunas. Que los domingos recuperen su liturgia de bufanda y radio. Y que al campo le vaya bonito, que ya vale de tanta piedra en el camino para quien nos da de comer. Que los agricultores tengan precios justos y cosechas dignas, que las bodegas vendan todo el vino que merecen y que la marca Rioja siga conquistando el mundo sin olvidarse nunca de dónde viene. Que el próximo año venga con menos mildiu y más respeto por quienes madrugan mucho para que a los demás nos vaya un poco mejor. Porque si algo hemos aprendido en estos tiempos es que cuando el campo va bien, La Rioja va bien.

Y, ya puestos, esperamos que la vida le vaya bonito a la gente. Que los sueños —los grandes y los pequeños— encuentren su hueco. Que haya menos enfermedades, menos disgustos, menos días de esos que se atragantan. Que nos llevemos menos malos ratos innecesarios. Que seamos un poco más felices, aunque sea sin darnos cuenta. Esperamos, en fin, que 2026 nos devuelva un poquito la ilusión por lo colectivo. Que aprendamos a escucharnos más y a gritarnos menos. Que discutamos sin insultar. Que abramos los brazos al que viene, al que piensa diferente, al que no encaja. Que no nos dé miedo ser diversos. Que no haya tanto meme fácil ni tanto chiste cruel. Que volvamos a hablarnos en el portal, en el parque y en el bar.

Porque, como decíamos al principio, la Esperanza es lo último que se pierde. Y La Rioja todavía tiene mucha. Lo suficiente para desear —aunque sea en voz baja— un 2026 donde todo esto sea posible. Aunque sea sólo un poco. Aunque sea por unos días.

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