Durante décadas, decir ‘mueble’ en España -y también en parte de Francia- era decir Nájera. La ciudad no solo fabricaba piezas de madera: marcaba estilo, impulsaba empleo, movía capital y levantaba una industria que llegó a ser referencia nacional. De aquellos talleres que empezaron en los portales de las casas nació un entramado económico y humano capaz de situar a este rincón riojano entre los grandes. Todos miraban a Nájera a la hora de decorar sus casas.
En ese escenario de esplendor y esfuerzo compartido se adentra ahora Isabel Galarreta con su nuevo libro ‘La memoria del mueble de Nájera’, una obra que no pretende únicamente contar una historia, sino preservar el recuerdo de un lugar que, durante muchos años, fue uno de los corazones del mueble en España.

La chispa surgió casi por casualidad, en una conversación en la biblioteca municipal. Se preparaba una actividad sobre la Nájera de antes y alguien le recordó todo lo que se había hecho con la madera. Entonces le vino a la cabeza una frase que había escuchado mil veces en casa: «Qué pena que en Nájera, con todo lo que se ha hecho con el mueble, nadie lo cuente». Aquella pena se convirtió en tarea pendiente. Y así empezó un trabajo de dos años de entrevistas, archivos, planos, anécdotas y recuerdos antes de perder las últimas voces de los que lo vivieron en primera persona.
El libro arranca en los años treinta, cuando los talleres eran casi una prolongación de la vivienda. «Trabajaban en el portal de su casa o directamente en la calle». Una máquina, una cepilladora, una sierra circular y poco más. Al anochecer recogían todo y lo metían dentro. Eran pequeños negocios familiares, ebanistas que con poco fueron levantando «un motor económico y social importantísimo» para la comarca. Pero la historia del mueble en Nájera viene de más atrás: en el siglo XVIII ya había tallistas de renombre citados en los textos del marqués de la Ensenada y, incluso antes, en el XVI, Nájera era famosa por sus bargueños (mueble pensado para escribir y guardar papeles ricamente decorado).

Con el tiempo, aquellos portales se quedaron pequeños. Los talleres crecieron, se asociaron, nacieron cooperativas como la de San José y, poco a poco, Nájera se convirtió en la sexta ciudad del mueble más importante de España. «Era impresionante el movimiento que generaba el mueble», recuerda la autora del libro. Al principio las piezas salían en carros hasta las vías del tren de Fuenmayor; después llegaron los camiones, los mecánicos que los reparaban, los transportistas. En el pueblo llegaron a funcionar a la vez hasta nueve serrerías que surtían de madera a más de doscientos talleres repartidos por Nájera y los pueblos de alrededor: Tricio, Hormilla, toda la zona vivía mirando al bosque y al taller.
¿Por qué aquí? Porque había madera —de Anguiano, Matute, Tobía— y porque había manos. Manos que sabían qué roble servía para una cama, qué nogal para una librería, qué chopo para una silla humilde pero resistente. «Lo que hoy llamamos emprendedores eran ellos», resume Isabel. «Desde la nada hicieron un todo y dieron trabajo a muchísima gente».
El libro late también en femenino. Nájera fue, en buena medida, una puerta de entrada al trabajo asalariado para muchas mujeres. «Las barnizadoras eran casi siempre mujeres: mi madre, Pilar Fontes, Juana del Rey, Anuncia… las contrataban por horas y barnizaban a muñequilla», cuenta. La imagen es poderosa: un trapo en la mano, movimientos circulares, capas de brillo sobre mesas, cómodas y cabeceros. En un tiempo en el que lo habitual era que ellas se quedaran en casa, los talleres comenzaron a necesitar su destreza. «Era tal la demanda que no daban abasto».

En el libro no faltan anécdotas que se remontan a otra época como el carpintero que rellenaba los culos de las sillas con raspas de sardina para que los gatos los destrozaran antes de tiempo o el barnizador indiscreto que presumió en el pueblo de haber visto «más de la cuenta» a una de las obreras y acabó recibiendo su merecido, empapado en barniz por las compañeras.
Pero más allá de las anécdotas, lo que emerge durante toda esta historia del mueble en Nájera es una forma de trabajar hoy casi inimaginable. Talleres que se prestaban máquinas, que alquilaban una fresadora o una sierra para que el vecino pudiera sacar adelante un pedido, fabricantes que se repartían los productos para no pisarse: uno hacía dormitorios, otro librerías, otro mesas, otro sillas. «Había competencia, claro, pero sobre todo respeto. Se ayudaban mucho. Todos entendían que el núcleo era el mismo: el mueble», explica Galarreta.
Y es que hubo un tiempo en el que los camiones de Nájera llegaban a toda España… y más allá. «Me contaban ebanistas ya muy mayores que no había ciudad donde no hubiera entrado un camión de muebles de Nájera». Firmas como Galarreta, Dama, Cava y tantas otras se hicieron nombre en los escaparates y en las casas de media península. También en el sur de Francia, donde se abría otro mercado. Se viajaba a ferias, se estudiaban novedades, se incorporaban máquinas, se montaban cadenas de producción. Aún así, el trato seguía siendo casi artesanal: los muebles se enviaban muchas veces desmontados para ahorrar espacio, pero eran las tiendas las que los montaban, y si seis meses después el cliente se quejaba de un pequeño defecto, el taller iba y lo arreglaba sin cobrar. «Se mimaba tanto al cliente que quizá ese fue parte del éxito… y luego del problema», reconoce.
Con los años, el gusto cambió. Aquellos salones solemnes, de maderas nobles, tallas y taraceas, dejaron paso a muebles más ligeros, más prácticos… y más baratos. La gente quiso viajar más y amueblar menos. El sector se fue adaptando como pudo, con menos talleres, más máquinas y una competencia global feroz. Y así sigue la situación. Ya aunque ya no es el boom de antaño, Nájera sigue siendo sinónimo de madera bien trabajada.
El libro de Isabel Galarreta llega precisamente para que esa memoria no se pierda. Para recordar a los que se dejaron la vista y las manos, a los que trabajaban 30 o 40 horas seguidas para entregar un pedido a tiempo, a las mujeres que barnizaban en silencio, a los entonces jóvenes que se dejaron la piel en un oficio que hoy suena casi romántico. «Es bueno reconocer la historia y darles un homenaje merecido», dice ella. Y porque sólo pretende ser un homenaje y nada más, todos los beneficios de la obra irán destinados a Cáritas y a la Asociación Española Contra el Cáncer.


