La Rioja

Adriana, la heroína de la Línea 4: «Los cursos de primeros auxilios salvan vidas»

Así es Adriana Morán, la conductora del urbano de Logroño que este jueves salvó la vida a un joven en pleno trayecto

Adriana Morán es, por derecho propio, la conductora estrella del autobús urbano de Logroño. Ella intenta restarle importancia, luciendo su sonrisa al volante como acostumbra desde que hace tres años se incorporó a la plantilla. Pero su hazaña no ha pasado desapercibida para sus pasajeros habituales ni para sus compañeros, que presumen de trabajar junto a una profesional que, además de su destreza, ofreció este jueves una lección de sangre fría y humanidad.

NueveCuatroUno ha localizado a la ya conocida como ‘heroína de la Línea 4’, que en pleno trayecto reanimó a un joven de 20 años que se desplomó de forma repentina mientras el autobús afrontaba el tramo final de la avenida Club Deportivo. A bordo del «mismo autobús en el que ocurrió todo», Adriana revive un episodio que heló el corazón del pasaje, pero que acabó con un suspiro colectivo de alivio.

«El semáforo se puso en verde e inicié la marcha cuando varios pasajeros me alertaron de que el chico se había desplomado. Detuve el autobús en la parada del Parque San Miguel y lo coloqué en posición de defensa con la ayuda de un usuario, que le sostuvo los pies en alto», relata. Mientras tanto, otro viajero llamó al 112 para facilitar la comunicación de la conductora con los servicios de emergencias: «Les dije que el chico estaba inconsciente, que no reaccionaba cuando le pellizqué y que tenía el pulso débil. La operadora me pidió que lo mantuviera en posición de defensa hasta que llegara la ambulancia».

 

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Una reacción crucial

Entre los nervios que crecían en el autobús, Adriana consiguió conservar la calma incluso cuando «la respiración del chaval comenzó a ralentizarse demasiado y empezó a ponerse pálido, como muy amarillo». Aunque habría sido comprensible esperar a los equipos de emergencias, decidió actuar: «Lo giré muy despacio, lo coloqué en posición de reanimación y empecé a hacerle el masaje cardiaco».

Adriana Morán conduce el autobús en las inmediaciones del Parque San Miguel.

Tras varios intentos, cuando ya se preparaba para practicar el boca a boca, «el chico despertó y me emocioné muchísimo». Después siguió el protocolo: «Le pregunté su nombre y su edad; me dijo que se llamaba Tomás y que tenía 20 años, y eso me tranquilizó». Con el joven consciente, «en pocos minutos llegó la Policía Local con el desfibrilador. Les dije que no hacía falta porque ya había reaccionado, y me aparté para que ellos pudieran hacer su trabajo».

Solo entonces pensó en lo que había dejado a medias: «Llamé al jefe y me disculpé porque no iba a llegar a tiempo al final del trayecto. Me felicitó por mi actuación y me dijo que no me preocupase, que aquello era lo de menos». Cuando la adrenalina bajó, llegó el temblor: «Ahí sí que me fallaron las piernas. Nunca imaginé que podría reaccionar así».

«Solo quiero verlo y darle un fuerte abrazo»

Adriana Morán tiene 39 años y lleva 22 viviendo en Logroño, desde que dejó su Ecuador natal. Allí, en la escuela, recibió su primera formación en primeros auxilios: «Nos dieron unos cursos que luego he recordado aquí, aunque jamás imaginé que tendría que recurrir a ellos». Por eso reivindica la importancia de enseñarlos a edades tempranas: «Son conocimientos que salvan vidas».

Un día después de un episodio que quedará grabado para siempre en su memoria, Adriana solo piensa en una cosa: «Quiero saber que Tomás está bien y volver a verlo subiéndose al autobús». Pide por ello cualquier información que pueda ayudar. Y cuando imagina ese reencuentro, su voz se quiebra ligeramente: «Ahí sí que me pondré nerviosa, segurísimo. Y me encantaría darle un fortísimo abrazo».

Un gesto que trasciende

En la rutina anónima de una línea urbana, donde cada día transcurren cientos de vidas que apenas se cruzan, una conductora demostró que el servicio público también puede ser un acto de entrega absoluta.

Adriana no solo frenó un autobús: detuvo un instante el tiempo, venció al miedo y devolvió un latido. Y en esa maniobra discreta, casi instintiva, dejó claro que a veces la heroicidad viaja en la cabina de un urbano y lleva nombre propio.

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