En Los Molinos de Ocón hay un proyecto que ha demostrado que el mundo rural también sabe reinventarse. Se llama Huevocón y nació en 2015, cuando la crisis dejó a Mamen, Rafa y sus hijos, Sergio y Héctor, con mucho trabajo hecho en la construcción… y poco futuro. En lugar de marcharse, decidieron mirar alrededor y apostar por lo que tenían: tierra, ganas y raíces en el Valle de Ocón. «Había que buscar una solución con lo que ya teníamos, para que la inversión no fuera un problema», resume hoy Mamen cuando le queda un mes para echar la verja pero con la serenidad de quien sabe que lo difícil ya lo ha hecho.
Empezaron casi a tientas, con 400 gallinas y muchos más interrogantes que certezas. «Al principio sabíamos lo justo sobre la cría de gallinas: a esto se aprende sobre la marcha, observando los detalles», contaban entonces. Y así fue: prueba-error, madrugones, sustos, alegría cuando los pedidos se vendían todos y decepción cuando las águilas empezaron a atacar el corral. Entonces llegaron las ocas -su insólito ‘cuerpo de seguridad’-, que ahuyentaron a los depredadores y se sumaron al pequeño ecosistema de la granja. A su alrededor, 6.000 metros cuadrados de campo, tres naves y un ritmo diario que no ha entendido nunca de domingos ni festivos: las gallinas comen, ponen y reclaman cuidado los 365 días del año.

Lo que empezó como una aventura casi experimental se convirtió en una explotación modélica de huevos camperos, con capacidad para 1.800 gallinas y una producción que rozaba los 800 huevos al día. Camperos de verdad: por la noche a cubierto -en plena Reserva de la Biosfera no faltan animales sueltos- y por el día libertad para entrar y salir al parque vallado, picotear la cebada y la alfalfa sembradas por la familia, y complementar el pienso con calabazas y otros cultivos de temporada. Esa alimentación y ese manejo se notan luego en el huevo: más denso, más sabroso, con una yema que cambia de tono según el momento del año.
Pero quizá el verdadero secreto de Huevocón no estaba en la gallina, sino en la gente. En estos diez años, el proyecto ha tejido una red de afectos que va mucho más allá de la simple relación comercial. Mamen recorriendo tiendas y restaurantes de Logroño, Rafa en el mercado de productores de Vitoria, Sergio abriendo las puertas de la granja a familias, colegios y grupos. «Los clientes se han convertido en amigos con los años», reconoce Mamen. Y estos días, al anunciar el cierre, lo están comprobando: mensajes, llamadas, abrazos en el mercado, gente que se emociona al despedirse de sus huevos de Ocón.

Porque el cierre no llega por falta de ventas ni por mala gestión. Al contrario: «Es que mejor no puede ir», admite Mamen. Los huevos se acababan casi cada día, hasta el último pedido; muchos sábados terminaba la mañana con la frase a medias en la puerta: «Ojalá no venga nadie más, que no me queda nada para vender». La decisión llega por algo más serio y más fuerte que cualquier balance económico: la salud. «Hay que poner la salud por delante, por mucha rabia que me dé dejarlo», explica Mamen. No es una renuncia por derrota, sino por madurez: entender que la vida son etapas y que saber cerrar una, aunque duela, también es un acto de valentía.
Por eso duele, sí, pero no es una historia triste. HuevOcón cierra el 31 de diciembre con la cabeza alta y el trabajo bien hecho. La granja está en venta, y el deseo de la familia es que alguien coja el relevo con la misma filosofía: trato directo, cuidado extremo de los animales, producto de cercanía y orgullo de valle. En estos años, el nombre de Huevocón ha llevado el Valle de Ocón a mercados y mesas donde nadie había oído hablar de él. Han demostrado que se puede vivir del campo con dignidad, sin renunciar a la calidad ni al vínculo humano. Que desde un paraje pequeño de La Rioja se puede construir una marca respetada y querida.

Mamen insiste en que no quiere que se escriba desde la pena, sino desde el orgullo. Y tiene motivos. De la nada, levantaron una explotación que ha sido referencia en huevos camperos en la región; han cuidado a sus gallinas como quien cuida una familia; han protegido el entorno, respetado la Reserva de la Biosfera y aportado vida y movimiento a lo rural done muchas veces solo se mira en tiempos de crisis. Han puesto en valor el nombre de Ocón en etiquetas, facturas y conversaciones de mercado. Y ahora, cuando bajan la persiana, reciben el mejor premio posible: el «gracias» sincero de quienes han compartido con ellos desayunos, tortillas, repostería y visitas al corral.
Quizá dentro de unos meses alguien compre la granja, abra la puerta del gallinero a las once en punto —porque las gallinas son “muy cuadriculadas”— y vuelva a llenar de vida el parque exterior. Si ocurre, será gracias al camino que esta familia ha dejado trazado. Y si no, nada borra lo vivido: diez años de esfuerzo, de aprendizaje, de frío y de barro, pero también de risas, de perros revoltosos, de ocas guardianas, de huevos marcados con el código de un valle que, durante una década, se coló en la mesa de cientos de hogares.


