En el álbum familiar de los Cáseda hay desde este domingo una nueva foto que será difícil de superar: la de tres generaciones cruzando la meta de la Behobia–San Sebastián. Noemí Cáseda, su padre José Antonio, de 71 años, y su hijo Martín, de 16, compartieron los 20 kilómetros de una de las carreras más emblemáticas del país. Una jornada que quedará grabada en su memoria y en la historia deportiva de esta familia calagurritana.
El sonido del disparo de salida fue también el eco de muchas recuerdos, muchos entrenamientos y mucho esfuerzo. José Antonio lleva corriendo toda la vida. Hace cinco años cruzó en solitario la meta de la Behobia; este año, lo hizo acompañado por su hija y su nieto. Entre los tres, un hilo invisible de cientos de kilómetros compartidos durante los meses de preparación.
La aventura comenzó mucho antes, casi como un juego de paciencia. Conseguir los dorsales fue toda una odisea: las inscripciones se abrían a mediodía, y media hora antes ya había lista de espera en la web. A las tres de la tarde, cuando parecía imposible, llegaron los tres números mágicos. Fue el mejor regalo de cumpleaños para José Antonio, que los recibió con la ilusión de saber que iba a compartir con su familia una de sus mayores aficiones.
Desde entonces, nada volvió a ser igual. En septiembre comenzaron los entrenamientos destinados a esa carrera, tres o cuatro días por semana, sin importar el viento, la lluvia o el intenso calor del final del verano. Preparando el cuerpo pero también la mente. La rutina se convirtió en una promesa silenciosa y en un momento de compartir confidencias: estar allí, juntos, sin dejar que el cansancio pueda más que la voluntad. «Había que preparar todos los escenarios porque nunca sabes cómo va a salir el día de la carrera», cuenta Noemí que empezó a correr hace sólo tres años.
El otoño avanzó entre carreras y zapatillas llenas de polvo. Martín con la ligereza de los dieciséis años; su madre y su abuelo, paso a paso, intentando seguir su ritmo con una mezcla de prudencia y orgullo. «El camino hasta llegar a la carrera ha sido impresionante, hemos compartido muchos ratos juntos y lo hemos pasado muy bien a pesar del esfuerzo».

Llegado el día comprobaron de primera mano lo que tanto habían escuchado, que la Behobia es mucho más que una línea de salida y una meta. Es una marea humana de treinta mil personas avanzando entre gritos, altavoces y aplausos que no se apagan nunca. Es el sonido del aliento ajeno empujándote hacia delante. «Es verdad cuando te cuentan que la marea de gente te empuja durante toda la carrera, en sitios en los que piensas que no puede haber nadie, hay siempre alguien animando, es espectacular».
Cuando los Cáseda se colocaron en la salida se alejaron todos los nervios de la semana anterior. Objetivo: difrutar. «Durante la semana pasamos muchos nervios porque sabíamos que era algo muy especial». Comenzaron los tres juntos. Después, Martín se adelantó con la naturalidad de quien aún no conoce el cansancio. Detrás, José Antonio y Noemí compartían el silencio cómplice de quienes saben que ya han ganado solo por estar allí.
No buscaban tiempos ni marcas. Buscaban sentirlo. Y lo sintieron. Las calles llenas, los ánimos que llegaban desde balcones y aceras, los dorsales, las manos de desconocidos aplaudiendo.. En cada curva, un recuerdo; en cada subida, la certeza de que no hay edad para cumplir un sueño.
El viaje no fue solo de tres corredores. Con ellos, en el autobús del club 360 Rioja Runners, viajaban la madre de Noemí, su hija, su hermana, sus sobrinos y su marido. «Somos muy familiares y sabíamos que era un momento único para toda la familia». Todos ellos empujaban, desde la distancia, con la fuerza de una ovación que no se oye pero se siente.
En las aceras de San Sebastián, los Cáseda se reencontraron al final del recorrido. Martín había llegado antes, con la energía y la impaciencia de sus dieciséis años. Poco después cruzaron José Antonio y Noemí, de la mano, dejando que el aplauso del público se mezclara con el cansancio y la emoción del momento. No hizo falta decir nada: una sola mirada bastó para resumirlo todo. Lo habían conseguido.
En ningún momento pasó por sus cabezas la idea de abandonar. «Hay momentos duros pero era cuestión de frenar y seguir para adelante». Terminar era más que un objetivo: era una forma de rendir homenaje a lo que los une.»NO te puedes imaginar lo que se siente al llegar, habíamos cumplido el sueño de mi padre».
Hoy, de vuelta en casa, los dorsales descansan sobre una mesa, junto a una medalla que brilla más por lo que representa que por su color. En la foto que inmortaliza la jornada, se ve a José Antonio, el veterano que no se rinde; a Noemí, la hija que heredó la pasión; y a Martín, el nieto que aprendió que las metas se alcanzan paso a paso y si es en familia… pues mucho mejor.


