Durante décadas, el trabajo estructura nuestros días, nuestras metas y, muchas veces, nuestra identidad. Pero, ¿qué ocurre cuando ese ritmo se detiene? Para algunas personas, jubilarse significa descanso, libertad y nuevos proyectos. Para otras, en cambio, puede convertirse en un momento de pérdida, vacío o desorientación.
Lo que está claro es que en la mente de muchos, cada vez que se pronuncia la palabra jubilación todavía se visualiza la idea del final, del reloj de oro y del sofá. Pero ese cliché se desarma en cuanto se ponen delante del micrófono Ana Belén Cuesta, trabajadora social especializada en envejecimiento activo, y tres recién jubilados: Inma, Carolina y Toni. Ellos son los protagonistas del nuevo episodio del podcast Mentes Abiertas (disponible en Ivoox, Spotify y Apple Podcast).
Ana Belén nos pone en situación: «Existe discriminación por edad porque se ve a la persona mayor como improductiva». Para ella, el desafío es cambiar el foco y ver cómo se puede reconstruir la identidad más allá del trabajo reconociendo todo lo que la persona aporta.
Y precisamente la palabra reconstrucción es la que tienen en común todos y cada uno de estos testimonios. Porque la vida laboral no solo ordena agendas; también responde a la pregunta ‘¿quién soy?’. Ana Belén reconoce que nuestra identidad está muy asociada al trabajo. Al jubilarnos, toca rehacerla desde otros lugares: la familia, el ocio, las aficiones». Por eso propone pensar en esta nueva etapa de la vida como un viaje que merece planificación integral. «Ojalá lo preparáramos como unas vacaciones largas, con mapa y acompañamiento». Y para ello, «sería bueno que las instituciones ofrecieran más formación y transiciones graduales», unas jubilaciones progresivas que amortigüen el golpe de pasar de todo a nada.
Inma la mira y asiente. Enfermera durante 43 años, vivió su último día de trabajo en plena pandemia, y lo hizo sin rituales, pausas o dramas. «La jubilación es estupenda: tengo tiempo para mí y para los demás». A Inma no se le cayó la identidad con el uniforme. «No he dejado de ser quien soy. Sigo cuidando». Ahora este verbo cuidar se reparte entre el voluntariado, el chi kung que enseña en centros cívicos y parques, el baile, la historia del arte, el senderismo y la vida cultural de Logroño. «Mis expectativas siguen siendo las mismas: aprender, quererme y cuidarme, querer a los míos y vivir, vivir en mayúsculas». Parece una hoja de ruta sencilla, pero a la vez ambiciosa. «Hay que ocupar el tiempo con sentido, no por miedo al deterioro, sino por placer».
El ritmo de Carolina no es el mismo que el de Inma, porque primero tuvo que frenar. Administrativa y auxiliar de enfermería, una larga baja la empujó a tomar la decisión. «La jubilación fue un alivio para mí. Menos estrés, más calma y, por supuesto, autocuidado».

El descubrimiento llegó cuando cruzó la puerta del Centro de Participación Activa (CPA) de Lobete. «Me dí cuenta de que podía colaborar. Me apunté a la junta, dinamizo un club de cine, voy a musicoterapia y biodanza, hago cursos de medio ambiente…”. Carolina pone nombre a su momento: sexalescencia. «Es como una adolescencia, pero en los 60. Se trata de vivir esta etapa de la vida con la vitalidad, experiencia y entusiasmo de una segunda adolescencia, desafiando los estereotipos de la vejez», explica riendo. En su casa, la jubilación de su marido y la suya encontraron la sincronía perfecta. «Podíamos comer juntos entre semana, llevas a cabo proyectos compartidos y tener nuestros espacios propios. «Nos coordinamos y nos respetamos; estamos fenomenal. Mejor que nunca, como si fuéramos novios».
Y luego está Toni, que prefiere el término ‘retiro’ al de jubilación. Cuatro años en el Ejército y el resto en la Guardia Civil, innumerables servicios nocturnos, ausencias y pérdidas lo explican todo. «Al principio me costó la inactividad. Me faltaba el ritmo», admite. Y hace hincapié en el desgaste y la tristeza de recordar a compañeros que se fueron para no volver.
Sin embargo, una sonrisa se le escapa cuando habla de los CPA: cine, musicoterapia, programas de bienestar, cursos de descarbonización… «Se me abrió la ventana y vi otra vez la luz. El voluntariado me ha reconciliado con la gente. Te das cuenta de que hay personas que dan sin cobrar nada, y eso te cambia».
Ana Belén los mira con orgullo y explica que «una vida pautada y con propósitos protege frente al aislamiento y la soledad no deseada». Pero también recalca que hay que saber poner límites, sobre todo a la familia: «La disponibilidad de los abuelos no puede convertirse en una nueva jornada laboral. Ser asertivos evita agendas imposibles; ayudar se puede, claro, pero sin perder el propio proyecto». Y advierte sobre las banderas rojas (‘red flags’ dirían nuestros jóvenes) del tránsito: aislamiento, apatía, cambios bruscos de humor, duelos atascados, diagnósticos nuevos. «No todas las jubilaciones son luminosas al principio. Pedir ayuda es otra forma de cuidarse».

Cuando les pido un consejo para quien mira el calendario con vértigo, las respuestas forman un tríptico. «Que no tengan miedo, que no se encierren. Hay actividades y ayuda cerca, y a coste cero», dice Tony, con la autoridad de quien se obligó a salir de casa un lunes cualquiera. «Enhorabuena por jubilarte», afirma Carolina, descolocando el dramatismo con una felicitación. «Empieza por conocerte mejor, hay todo un mundo a tu alcance». Inma añade on la experiencia de haber puesto en práctica toda la teoría: «Acepta la etapa, prepárate un poco y busca una jubilación activa, con propósitos y proyectos».
Tal vez esa sea la clave: asumir el retiro como un comienzo que exige oficio. Oficio para organizarse, para decir que no, para pedir ayuda, para trenzar una red y cuidar la salud. Oficio para celebrar la vida sencilla de un martes cualquiera. Porque la jubilación también puede ser una oportunidad para reconectar con uno mismo, con los demás y con los sueños que quedaron pendientes. Lo importante es no enfrentarla en soledad, buscar apoyo, hablar de lo que sentimos y entender que el valor de una persona no se jubila nunca.

Mentes Abiertas, un podcast de NueveCuatroUno que cuenta con el patrocinio del Gobierno de La Rioja y la colaboración de Caja Rural de Navarra y la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).


