La Rioja

Escapadas sin reloj: pueblos riojanos para perderse en familia

Briones y su arquitectura medieval.

Entre sierras, viñedos y plazas con eco de campanas, La Rioja se ha convertido en refugio de quienes buscan parar el tiempo y disfrutar juntos. De ahí que el coche asome por esa última curva y, de pronto, el valle se abra como si alguien hubiera corrido un telón. «Mira, los tejados rojos», dice Maite, mientras el pequeño Julen intenta adivinar por dónde discurre el río que se pierde entre los álamos. Han salido temprano de Getxo, con el maletero lleno de mochilas y ganas de aire limpio. En la radio suena Fito, y Jon sonríe: tiene por delante un largo puente para disfrutar de la libertad que le ofrece la sierra riojana.

Ezcaray les recibe con sol y olor a pan. El reloj de la torre marca las doce y media. En la plaza de la Verdura, las terrazas bullen con familias y ciclistas que han terminado su etapa. Un camarero se desliza entre mesas con la soltura de quien conoce cada acento que pasa por allí. «¿De fuera?», pregunta. «De Euskadi», responde Jon. «Estaréis como en casa», replica el camarero que entrega la comanda de un par de pinchos, dos crianzas y un par de mostos para los pequeños.

De vermut por Ezcaray.

Ezcaray tiene algo de refugio antiguo. Las casas de madera y piedra parecen contar historias de veranos tranquilos. Desde el paseo del río Oja se escucha el rumor del agua y el repicar suave de cubiertos en los restaurantes. Aquí el turismo rural tiene nombre propio: buena comida, caminos frescos y esa sensación de bienestar que no se compra, se respira. Al fondo, las montañas vigilan como viejas guardianas de la calma.

El plan familiar seguirá rumbo al sur, cruzando carreteras que serpentean entre hayedos y campos dorados. En el horizonte, las nubes parecen quedarse quietas. Enciso aparece de pronto, colgado sobre el río Cidacos, con sus casas escalonadas y su aire de cuento prehistórico. «Aquí los dinosaurios dejaron sus huellas», cuenta Maite, leyendo el cartel del Barranco Perdido. Los niños corren entre los senderos del parque, descubriendo una icnita tras otra. En el centro de interpretación, un monitor explica que aquel valle fue, hace millones de años, una sabana de gigantes.

Enciso combina la aventura con el silencio. Al caer la tarde, el sonido del río y el vuelo de las golondrinas bastan para entender que aquí todo ocurre sin prisa. La siguiente parada es Arnedillo, y el paisaje cambia de golpe. La carretera se abre paso entre montes rojizos, y el aire huele a vegetación, a tomillo y ahulaga. En la orilla del Cidacos, las pozas termales invitan el baño. Jon se mete despacio en el agua caliente: «Parece mentira que esto sea natural», comenta, mientras los niños chapotean a pocos metros. Las termas al aire libre son el secreto mejor guardado del pueblo, un baño gratuito bajo el cielo. Al fondo, el balneario, las pasarelas del cañón, el sonido constante del agua. Un anciano, con gorra y toalla al cuello, les saluda: «Aquí, los inviernos se pasan mejor».

De paseo por Arnedillo.

En el bar del puente, la familia cena huevos fritos con patatas y chorizo, y una copa de vino que parece contener todo el calor del día. Al día siguiente, la ruta sigue hacia el norte, hasta Briones, donde las calles empedradas huelen a historia. Desde la torre del homenaje, los viñedos se extienden como un mar verde hasta perderse en el horizonte. Maite acaricia la piedra de una fachada: «Son siglos de historia», murmura. En la plaza, el sol tiñe de ocre las fachadas, y los niños corretean alrededor de la fuente. El Museo Vivanco y las bodegas completan la jornada con ese toque de cultura que huele a vino y madera.

Antes de volver a la sierra, deciden desviarse unos kilómetros hasta Sajazarra, un pueblo pequeño y armonioso que parece tallado en piedra. Entre el murmullo del Aguanal y el Ea, las calles estrechas y las casas floridas envuelven al visitante en una calma antigua. El castillo se alza majestuoso al fondo, silencioso, con su torre cuadrada vigilando los tejados. «Aquí todo parece colocado a propósito», comenta Maite, mientras Julen observa la siesta de un gato entre los soportales. En un banco bajo la parra, una vecina cose despacio: “A mis labores, pero sin prisa, no se crea», dice sin levantar la vista. Sajazarra es un rincón detenido en el tiempo que invita a andar sin mapa, lleno de vida.

De pastoreo en las Viniegras.

Toca coger el coche. La carretera se eleva hacia las Viniegras, donde la sierra enseña su rostro más salvaje. Viniegra de Abajo los recibe con el aire fresco de la altitud ganada, en un entorno señorial gracias a la elegancia de sus casas de indianos, levantadas por quienes cruzaron el océano y volvieron con historias y fortuna. Las fachadas conservan la huella de aquel sueño, y en la plaza el ajetreo invita a vermut largo. Más allá, en Viniegra de Arriba, la montaña se impone con su sobriedad de piedra y viento. El ganado saluda desde la distancia, ajeno a los sobresaltos. Julen juega en la era pendiente de tener el permiso materno para poder meter los pies en el río.

El último día, el viaje les lleva hasta el Salto del Agua de Matute, donde el rumor de la cascada rompe el silencio del cañón. Los niños se descalzan para mojar los pies, y Jon se sienta sobre una roca mirando cómo el agua cae con fuerza limpia. De allí, suben hasta el Monasterio de Valvanera, enclavado entre hayedos y plegarias milenarias. En el restaurante, un plato de caparrones humeantes pone el punto final a la aventura.

De retiro en Valvanera.

De regreso al coche, el paisaje se va fundiendo en un mosaico de montañas, trigales y vides. Julen se ha dormido, Iratxe mira por la ventanilla. La Rioja va quedando atrás, ese lugar en el que el reloj no manda, porque cada pueblo parece recordar que la vida, cuando se vive despacio, sabe mejor.

*La identidad de nuestra tierra en www.productoriojano.com y en lariojaturismo.com

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