Hubo un tiempo -finales de los 80, primeros 90- en que la calle Grande era una calle con latido constante. El sábado por la tarde era casi un ritual: familias enteras, vecinos de Calahorra y de la Ribera, bajaban a mirar escaparates, a probarse ropa, a comprar una televisión nueva o una bobina de hilo. Había hasta colas para entrar en las tiendas. Si Mártires concentraba las grandes y modernas cafeterías y los bancos, Grande era la columna vertebral del comercio local. Hay nombres que aún despiertan memoria: Del Olmo, Piluka, St. Gottard, Aznar, Vértice… pero también Perfumería Gil, Los Aragoneses, La Española… Un tramo de calle que «no tendría ni doscientos metros y tenía de todo», recuerda Mario, joyero, que lleva más de tres décadas detrás del mostrador. «No faltaba nada». Las cosas han cambiado. Ahora las verjas lo inundan todo.
La semana pasada, el cierre de St. Gottard removió ese sedimento emocional. El mismo día en que, en 1971, Alberto Solano fundó la tienda en el local del antiguo bar Amaya pero 54 años después sus hijas cerraban para siempre el negocio. Un establecimiento que supuso la llegada de la moda prêt-à-porter en la ciudad, un establecimiento de 300 metros y dos plantas, arriba caballero y abajo señora, con escaparates enormes. St. Gottard vistió a varias generaciones.

Ahora la historia es otra. Jubilaciones sin relevo, locales que echan la verja y se quedan con ella cerrada para siempre, y un goteo de negocios de servicios -dos peluquerías, una oficina de seguros, una autoescuela, la farmacia- que sostienen las últimas luces de neón.
Carlos, de electrodomésticos RuiCar, pone voz a la rutina de un comercio de proximidad que aún resiste. Entra Charo. «Necesito que vengáis a mirarme la tele, que no veo La 1». «¿A qué hora sales de natación?», pregunta Carlos. «A las once». «A las once y media estamos allí». Ese trato a pie de acera, por nombre y por costumbre, es la norma en ellos. Pero cada vez quedan menos. La mayoría ya están cerrados. Carlos matiza: «Todos por jubilación». No ha habido es relevo; ni familiar, ni de nuevos emprendedores. «Mucha culpa ha sido por el precio de los alquileres que han sido imposibles cuando han querido alquilar, que algunos ni eso», no duda en poner el foco en alguno de los factores del declive de esta calle.

Él llego hace 49 años a la calle. Tenía 14. «Entre en la tienda del Bella me ofrecí y empecé al día siguiente». Una institución de la fotografía y el electrodoméstico. Después él se quedó con el negocio, sólo con esta segunda parte. Por allí pasaba todo el mundo a hacerse las fotos de estudio. «Quería entrara en el taller porque me encantaba cacharrear pero al mes de entrar lo cerraron».
El cambio de época se percibe en otros muchos detalles. Casi no vive gente en la zona; hay que venir a propósito. «Sales a las nueve y no hay nadie por la calle», apunta. Cierres de bares como Las Vegas o La Taberna les han pasado factura. «Tu no sabes la de gente que venía a uno y otro». También pesa el cierre de viejos compañeros. «Cuantos menos estamos, menos gente viene por aquí».

Los veteranos evocan una Calahorra como referente comarcal: venían de toda La Rioja Baja y de la ribera de Navarra «porque aquí no faltaba nada». Hoy, compiten con todas las tiendas del mundo a un clic. «Nadie compra por internet pero las furgonetas no dan abasto», dice Miguel de Deportes Olloqui. Cuando él llego hace 30 años al barrio había «hasta 17 tiendas sólo en la acera de portales, ahora quedamos tres». Vendía esquís, hacía viajes a la nieve, tenía todo lo destinado a la natación…
No es solo la demanda: también la oferta se ha transformado. Negocios de oficio -joyería, fotografía, electrodomésticos, mercería- han menguado al ritmo de las jubilaciones y del cambio cultural. Lo que sí florece son servicios personales: barberías y peluquerías jóvenes «que funcionan como un tiro porque aún note puedes cortar el pelo en Amazon». Y, aun así, la calle necesita algo más que supervivencias sueltas.
A esa bola de nieve se suman factores locales: problemas de aparcamiento, decisiones urbanas discutibles, oportunidades como el Centro de Formación Profesional que «hubiera sido un empujón» y sigue parado. «No es sólo el comercio de la calle Grande, Calahorra se ha quedado como si fuese una ciudad dormitorio», dicen. Y donde falta vida en la calle, faltan compras por impulso, miradas que tropiezan con un escaparate y entran. El comercio necesita calle; la calle, comercio. Es un círculo virtuoso que la calle Grande conoce bien.

Piluka y Luis, de la tienda Tope, llevan más de 35 años de trayectoria en la calle, en distintas ubicaciones. «Esto ya no es lo que era y nosotros vendemos porque tenemos clientes fieles, muchos de otros municipios». No paran. Están haciendo un pedido para Ferrol. Ellos aseguran que compensa quedarse en la zona: «Probablemente en la zona nueva venderíamos más, sí, pero los costes serían mayores. Aquí somos felices». Esa mezcla -cliente fiel y venta online- es su tabla de salvación. «El cambio es imparable, la mayoría de mis clientes son jubilados que no tienen acceso a internet o que no se atreven», cuenta Mario. «Esto se veía venir pero la pandemia lo aceleró todo».

El relato de declive tiene un matiz incómodo: no todo es culpa de internet. Hay menos gente comprando en el centro porque vive menos gente en el centro. «Hay que ser un valiente para emprender aquí», dice Miguel que tiene todo rebajado ya pensando en que pronto él también emprenderá el cierre final. Emprender hoy «es difícil»: trámites, impuestos, costes fijos. Aun así, cuando aparecen proyectos bien encajados «Como el de la farmacia o el de la peluquería de unos jóvenes de origen extranjero» la calle respira. No es solo economía: es paisaje humano.

«La farmacia nos ha dado la vida», coinciden todos. También algunos comercios que han llegado de la mano de vecinos de otros países de origen. Mohamed es uno de ellos. Fue el primer extranjero en llegar hace 10 años. «Uyy ya no es lo mismo y eso que yo ya llegue, según me dicen los compañeros en un momento de decadencia».
Calles que lo fueron todo y que, a día de hoy resisten como pueden al cambio de costumbres de una compra que ya se hace más a través del clic que del trato cercano.


