El reloj de Dionisio Ruiz Ijlaba (Nestares, 1931) ha sonado a las cinco de la madrugada. Para las siete y media ya estaba en Calahorra, donde se ubica una de sus doce plantas de hormigón del Grupo Dionisio Ruiz (dedicado a materiales de construcción, gestión de residuos y excavaciones), del que es presidente, y que tiene repartidas por diferentes municipios riojanos y también en Miranda de Ebro y Zaragoza. «A supervisar, a ver cómo trabajan, a hablar con los trabajadores». Luego ya se ha pasado por otra de sus empresas, Bodegas Viña Ijaba, donde el trasiego de las vendimias ya ha cesado y ahora es momento de ir catando los vinos que dejará este 2025. Ahí, en su despacho, luce una vitrina a modo de santuario del ciclismo con la famosa Pinarello Espada de Indurain, que consiguió en una subasta, rodeada de maillots de famosos ciclistas. Luego, con la labor hecha, será el turno de cambiarse de ropa, calzarse las calas y montar en una de sus siete bicis (algunas eléctricas, otras movidas por la propia energía que dan casi 90 años moviendo pedales). Otra de sus grandes aficiones.
Torrecilla, Mendavia, Lazagurría, Aras, Aguilar,… Aún llega a alejarse hasta unos 40 o 45 kilómetros, aunque cada vez con menos frecuencia. «Todos los días procuro andar en bici. Pero lo primero es trabajar, aunque ya no cobre», bromea entre risas. «Hay tiempo de todo porque hay horas en el día, sólo hay que querer aprovecharlas». Ya lo decía Albert Einstein al defender un estilo de vida activo: «La vida es como andar en bicicleta. Para mantener el equilibrio, debes seguir moviéndote». Un movimiento que ayuda a avanzar gracias al impulso, a ese esfuerzo que da un progreso continuo. Un movimiento que te mantiene en libertad y en conexión con el entorno desde el respeto hacia el mismo. Así, con toda una vida sobre dos ruedas, es como Dionisio creó en 1973 la primera planta de hormigón de La Rioja, cómo amplió también el número de graveras y cómo llegó a construir la bodega Viña Ijalba en Logroño, donde le acompañan sus nietos Cristina Gutiérrez, en exportación, y Pablo Ruiz, en Operaciones. Todo ello le hizo merecedor el pasado mes de junio del Premio Mercurio a la Vida Empresarial 2025 como reconocimiento a su trayectoria laboral.
– ¿De dónde viene esa afición por la bici?
– Pues tendría 8 o 9 años cuando mi tío empezó a dejarme su bicicleta, una de manillar ancho. Yo vivía en Islallana y me mandaba ir con un saco a comprar el pan a Lardero. Recuerdo que a la vuelta, cuesta arriba, me enganchaba en la parte trasera de algún camión que pasaba por allí y así subía cargado sin hacer tanto esfuerzo. Pero un día, en un tramo cuesta abajo, el camión cogió velocidad, bamboleando la bicicleta hasta que no pude controlarla y me caí contra la cuneta con todo el pan por la carretera. Pero tras ese percance no le cogí miedo y seguí pedaleando, yendo a todos los sitios con la bicicleta. He llegado a ir hasta Santiago de Compostela, Portugal, Rosas, Gibraltar,… He andado media España en bicicleta e incluso monté un equipo ciclista en la bodega, el Viña Ijalba.

– Una afición que mantiene a sus 94 años. ¿Qué valores ha trasladado del ciclismo a su etapa como empresario?
– Sobre todo el esfuerzo, seguir esforzándote para progresar, y también el nunca dejar de hacer lo que a uno le gusta. Para mí el trabajo también es mi afición, al igual que la bicicleta, porque para que te guste trabajar tienes que tener afición por lo que haces. Gracias a que lo he entendido así he podido construir todo esto, sabiendo que al trabajo no hay que darle más que cariño y afición. Me ha tocado trabajar mucho, porque antes se echaban 12 o 14 horas, también 18. Pero siempre procuraba sacar tiempo para la bici los sábados o domingos. En la vida hay que aprovechar todo el tiempo, pero estando siempre por delante la obligación, que es el trabajo, y es que el trabajo es salud. Lo que hace falta es tener ilusión por lo que estás haciendo y precisamente esta filosofía es lo que me ha llevado también a apoyar mucho el desarrollo del deporte riojano, no solo en el ciclismo, sino también en el fútbol y la pelota.

– ¿Cómo se crea un grupo empresarial desde cero?
– Pues sin parar, ni de noche. Yo empecé de obrero en una empresa de hormigones, pero yo aspiraba a tener la mía propia y así fue como construí la primera planta de hormigón de La Rioja y después, también la primera fábrica de asfaltos de la región. Lo que iba ganando lo iba invirtiendo para seguir creciendo y es que el empresario tiene que ganar dinero, y cuanto más mejor, primero para pagar al obrero, y después para seguir haciendo inversiones. Luego, cuando ya tenía varias viñas invertí también en hacer la bodega.
– Viña Ijalba se define como un proyecto de recuperación en sí mismo, desde su ubicación hasta el trabajo en viñedo.
– El proyecto vitícola surgió precisamente de esa recuperación de las fincas de donde sacábamos la grava para hacer el hormigón. Poco a poco necesitábamos más superficie para extraer grava y quisimos darle un segundo uso a esas parcelas convertidas en canteras. Lo que hicimos fue allanarlas y echar tierra procedente de suelos pobres para después plantar viña. Entonces el sector del vino iba muy bien y era una opción rentable para reutilizar estas fincas. Esta labor nos brindó el Premio Europeo de Restauración Medioambiental en el año 2000 por la recuperación de canteras y su posterior uso agrícola y para viñedos. Después, en la bodega (fundada en 1991 y con más de 90 hectáreas de viñedo propio actualmente repartidas por Logroño, San Vicente de la Sonsierra y el Valle del Iregua), hemos desarrollado proyectos de recuperación de variedades autóctonas y minoritarias de Rioja antiguamente en desuso, como la maturana tinta y blanca. De hecho, Viña Ijalba fue la primera bodega en elaborar monovarietales de esta uva, así como de graciano y tempranillo blanco, siendo también pioneros en la elaboración de vinos ecológicos en la denominación. Por otro lado, nuestra apuesta por las elaboraciones blancas es indiscutible. Tenemos cinco referencias solo en blanco y casi el 40 por ciento de nuestra producción está destinada a esos vinos, lo que supone un gran volumen tratándose de Rioja.

Cristina Gutiérrez, responsable en Exportación, y Pablo Ruiz, en Operaciones, nietos de Dionisio Ruiz.
– ¿Con qué sector se define más, con el hormigón o con el vino?
– Me gusta todo, pero me gusta más estar en el campo, con la tierra, ver cómo prosperan las plantas. Porque yo ya no trabajo, yo solo voy a ver, tanto en las plantas de hormigón como en la bodega. Ahora delego en la familia, que afortunadamente me ha acompañado desde siempre porque todo esto no lo he construido solo. A ellos les he transmitido todo lo que he aprendido a lo largo de la vida, esa pasión por el trabajo y el nunca dejar de avanzar.



