El Rioja

La espera que da unas uvas de matrícula

Quintino, responsable de Campo de Sierra Cantabria, durante la vendimia en La Canoca, en San Vicente. | Fotos: Leire Díez

Las hojas de parra ya se han tostado. Rojos, amarillos, naranjas, verdes,… El abanico cromático del otoño reluce por cada rincón de Rioja mientras algún que otro remolque salteado sobresale entre los renques, si bien ya son más testimoniales. En La Canoca, paraje de San Vicente de la Sonsierra, son dos los tractores que arrastran unos remolques con los laterales y cartolas retirados, dejando al descubierto el contenido, que en este caso son pequeñas cajas, unas llenas de uvas y otras vacías a la espera de ser cargadas. El equipo de Viñedos Sierra Cantabria afronta la última jornada de vendimias de la campaña 2025 después de unos veinte días cortando racimos. Con el pueblo de Rivas de Tereso al fondo en lo alto, una cuadrilla de 32 temporeros avanza por las cepas dejando a su paso una hilera de cajas que en unas horas irán a parar a las instalaciones de la bodega Señorío de San Vicente, de Viñedos Sierra Cantabria.

Los hermanos Marcos y Miguel Eguren son de los pocos que han apurado hasta después del Día del Pilar para culminar esta vendimia 2025. Han apostado por la espera en busca de una calidad excepcional, confiando en que las previsiones meteorológicas se cumplieran y que el astro no trajera de repente un gran chaparrón. Una apuesta acertada, sin duda, y es que lo que ha entrado en bodega son unas uvas de matrícula.

Foto: Leire Díez

«Es algo sorprendente porque hemos empezado mucho más tarde que otros y hemos acabado también de los últimos, pero así nos lo han marcado los distintos, y muchos, muestreos que hemos hecho. Esta viña estuvo unas dos semanas bastante bloqueada, con unos días en los que prácticamente no avanzaba la maduración y eso que tiene un equilibrio brutal en cuanto a vegetación y producción. Así que queríamos esperar a que alcanzara ese equilibrio, a que la fruta tuviera esa complejidad, ese sabor, esa textura, que los polifenoles estuvieran maduros y que aromáticamente estén en su momento óptimo, sin sobremaduración y sin vegetales, sin verdores. Hemos sacado un ligero menor grado alcohólico que otros años, pero eso no nos importa. De hecho, si hubiéramos esperado algo más podríamos haber entrado en un escenario de ligera sobremaduración, lo cual odio», remarca Marcos Eguren, director técnico de Viñedos Sierra Cantabria.

Una vendimia que se prolonga durante unos 20 días, hasta mediados del mes de octubre, y que ha obligado a reorganizar calendarios: «Hemos saltado mucho de unas parcelas a otras, buscando las maduraciones. Además, ha sido una vendimia diferente a otros años porque las zonas frescas han madurado un poco antes e incluso por variedades, con una garnacha que ha madurado antes que el tempranillo. Cosas, creo, que no había visto nunca, pero este año se han dado». Y como marca la tradición, de cada vendimia se aprende algo nuevo, por mucho bagaje en el sector que acumules.

Foto: Leire Díez

Las 18 hectáreas que componen La Canoca, las mismas que plantó en su día Guillermo, completan uno de los viñedos que forman parte de la colección de la familia Eguren, coleccionista de viñedos desde sus orígenes, tal como se definen. Una parcela que es pasado y presenten de la bodega y que una vendimia más vuelve a demostrar su potencial. «Se ha vendimiado una semana más tarde que el año pasado, cuando acabamos sobre el 7 u 8 de octubre de recoger todas las uvas, y pese a lo complicado que ha sido el año, esta zona del valle se ha comportado muy bien y las cepas incluso han traído algo más de producción que el año anterior», remarca Quintino, el responsable de campo de la bodega y quien lleva unas tres décadas supervisando los trabajos en los viñedos de las bodegas de la familia.

«Aquí las producciones siempre están muy contenidas y limitadas, sin picos de producción. Al final lo que controlamos muchísimo es el equilibrio entre la tierra, la viña, la superficie foliar y la producción y cuando se controla eso se consigue una producción muy homogénea año tras año», apunta Eguren. Mientras tanto, otra cuadrilla de 16 vendimiadores cortan al mismo tiempo los racimos en el paraje Hornillo, a pocos metros de distancia. En total, esta vendimia en Viñedos Sierra Cantabria se despide después de haber cortado la uva de unas 120 hectáreas repartidas entre los términos de San Vicente, Labastida y Páganos, principalmente, siendo 20 de ellas incorporadas en esta última campaña.

La parcela en cuestión fue plantada en 1985 por su padre, Guillermo Eguren, en un valle donde anteriormente la familia ya había cultivado viñas y de la que sabía que salían «muy buenos vinos». Lo hizo con el firme propósito de recuperar una variedad autóctona en la zona como es el tempranillo peludo. La filosofía que acompaña a Señorío de San Vicente es sencilla a la vez que inusual en el escenario de esta denominación: aquí solo se elabora una variedad de uva, procedente de un único viñedo y de la que se elabora un vino en solitario. Todo ello en una única bodega. Esta fue la identidad con la que Guillermo construyó esta bodega en 1991, en una época en la que Rioja se movía más por los cauces de los ‘coupage’, con la mezcla de variedades y de zonas para elaborar sus vinos. Con este vino el corte clásico desaparecía y se preciaba más el toque de frescura de Borgoña. Fue, a su vez, el primer proyecto con el que Miguel y Marcos comenzaron a trabajar asumiendo el relevo generacional de la bodega.

Vendimia con el pueblo de Peciña al fondo. | Foto: Leire Díez

Una visión innovadora muy centrada en el territorio que más de 30 años después se mantiene intacta con un monovarietal único en el mercado. El tempranillo peludo, a diferencia del tempranillo que se extiende por gran parte del territorio de esta denominación, es una variedad que trae menos rendimientos, por lo que con el tiempo fue desapareciendo del paisaje vitícola (al igual que pasó con la garnacha), aunque algunas zonas lo conservaron. Guillermo lo eligió, además, por ser una uva perfecta para vinos de guarda sin necesidad de aportar otras variedades porque ya de por sí tiene la acidez suficiente.

Por si fuera poco, lo que se ha encontrado Marcos Eguren este año en campo es algo «sorpresivo» en cuanto a la calidad. «No sé si será la añada del siglo o no, como ya la califican algunos, pero que va a ser excelente no cabe ninguna duda. Este viñedo siempre da ese carácter de fruta negra muy intensa, con ligeros tonos de regaliz, y luego es muy balsámico por la abundancia de hierbas aromática que hay por la zona. Además, este vino tiene una longevidad enorme», define.

Desde la añada 1991 con la que se estrenó este tempranillo peludo, el vino ha cambiado en cuanto a los modos de elaboración y es que las innovaciones van de la mano de la adaptación. «Ningún año se elabora exactamente igual al anterior. Aunque sea muy similar, al final cambian aspectos como la maceración y la temperatura porque cada año hay que adaptarse a la meteorología y a las condiciones en las que entra la uva. La selección entonces también era menos exhaustiva que lo que es hoy en día porque, para empezar, no teníamos una mesa de selección. Hoy trabajamos con mucha precisión, atendiendo cada zona de la finca de una manera concreta, diferenciada. El proceso yo creo que va mejorando mucho, aparte que el viñedo cada vez es más viejo y aunque no sea una condición asegurada para garantizar una mejor calidad, lo que es evidente es que cuando se tiene la localización precisa y se trabaja el viñedo de manera adecuada, el sistema radicular y foliar, así como las reservas que acumula la propia plana no tienen nada que ver a cuando se trata de una viña joven. Todo eso influye en la calidad», asegura el director técnico.

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