Hace apenas dos meses, la escena parecía el cierre feliz de una larga reivindicación vecinal. Autoridades regionales y municipales posaban sonrientes junto a una marquesina nueva y una gran rotonda recién asfaltada celebrando que, por fin, los niños de la urbanización Moncalvillo Green de Sojuela no tendrían que caminar más de un kilómetro bajo la lluvia o el sol para llegar a su parada de autobús.
Una imagen que reflejaba la victoria de un barrio que llevaba años reclamando algo tan sencillo como que el transporte público llegara hasta sus puertas. Sin embargo, dos meses después, la historia ha dado un giro. «El autobús baja, da la vuelta en la rotonda y se va sin abrir las puertas», cuenta con resignación un vecino que lleva más de veinte años viviendo en la urbanización. «Nos vendieron fotos, promesas y titulares. Pero seguimos igual. Si ya está aquí el autobús, ¿por qué no para?», se pregunta.

La rotonda se diseñó precisamente para eso: permitir que los autobuses, tanto los de la línea interurbana como los escolares, pudieran acceder con seguridad hasta la parte alta de Sojuela. El anuncio oficial, realizado en junio, hablaba de «mejorar la movilidad sostenible y la seguridad de los estudiantes», beneficiando a unas 30 familias con hijos en edad escolar. Pero la mejora, denuncian los vecinos, no ha llegado a materializarse.
«Llevamos años así, con las aceras rotas, la basura sin recoger, los árboles caídos y las papeleras desaparecidas. Y ahora que al fin hacen algo, resulta que se queda a medias», lamenta el vecino. En su voz se mezcla la ironía y el cansancio de quien ya ha escrito demasiados correos al Ayuntamiento. «Aquí vivimos más de mil personas, más de setecientas empadronadas, pero parece que no existimos. En el pueblo no falta un detalle, pero aquí arriba seguimos olvidados».
En la urbanización hay más de setenta niños menores de nueve años. Cada mañana, muchos de ellos recorren un kilómetro cuesta abajo (luego a la vuelta hay que subirla) para llegar a la parada del campo de golf. Otros son llevados en coche por sus padres antes de ir a trabajar. «Ahora que viene el mal tiempo, las lluvias, nieves y frío esto va a ser un desastre”, explica. «Aquí arriba el viento pega fuerte, y a esas horas es de noche. No cuesta nada poner aunque sea un poste y que pare el autobús».
La rotonda está terminada, las obras de drenaje y asfaltado listas, y los autobuses —tanto el escolar como el interurbano— bajan cada día hasta ese punto. «Lo vemos con nuestros propios ojos. Dan la vuelta delante de nosotros, más de cien vecinos los vemos, y se van sin recoger a nadie. Es un cachondeo».
Los vecinos confiesan sentirse abandonados. «Se han gastado un dineral para nada. Solo pedimos que cumplan lo que prometieron».


