El Rioja

Un relevo con herencias y nuevos retos

Javier Martínez de Salinas, enólogo saliente de Bodegas Olarra, y Diego Orío, nuevo director técnico de la firma, comparten una vendimia de transición

Javier Martínez de Salinas (derecha) y Diego Orío, en las instalaciones de Bodegas Olarra. | Fotos: Leire Díez

Los últimos remolques llegados desde Kripán ya han entrado en las tolvas de Bodegas Olarra durante esta segunda jornada del mes de octubre que despide la vendimia 2025. Una que, por poco, ha pizcado de los últimos tres meses. «Algo poco habitual, porque lo habitual es empezar a principios de septiembre y prolongarse durante un mes, pero es cuando va todo seguido». Y este año la continuidad no ha sido el factor común de la campaña, prácticamente, en ninguna zona de Rioja. «Pensábamos que esta a iba a ser una vendimia rápida por eso de que no había apenas uva y, por ende, maduraría todo más rápido. Sin embargo, ha ido más despacio de lo esperado. Vendimiando por zonas, parando, arrancando en otras parcelas, volviendo a cortar,… Había semanas que en los muestreos igual ganábamos 0,2 o 0,3 de grado probable cuando lo normal suele ser 0,5 o 0,6. Ha sido una vendimia para ir despacio y tomando muchas muestras, con la suerte además de que la meteorología ha acompañado y no ha habido que correr».

Una vendimia, además, peculiar. Y es que ha contado con dos enólogos al frente para gestionar su desarrollo. Javier Martínez de Salinas, con 28 años de experiencia en esta casa, y Diego Orío, recién estrenado como director técnico de la firma. Enólogo saliente y nuevo enólogo han compartido estas semanas de campaña repartidas por las viñas de Logroño, Viana, Aras, Bargota, Oyón, Barriobusto, Kripán, Corera y Murillo (en total suman un millar de hectáreas gestionadas por la bodega, de las que una treintena son propias). Mano a mano, uno aprendiendo del otro, para dar el mejor resultado de la cosecha, tanto en campo como en bodega. Una vendimia de transición para ambos y es que Martínez de Salinas, quien asumió el testigo de Ezequiel García “El Brujo”, se despedirá de Olarra el próximo año, antes de la vendimia 2026, mientras que la entrada de Orío se hizo efectiva el pasado mes de junio.

Foto: Leire Díez

Para el veterano esta será recordada sin duda como la vendimia más corta jamás vivida y es que en toda su trayectoria (anteriormente a Olarra trabajó durante nueve años como enólogo en El Coto) nunca ha visto una cosecha tan escasa de producción. Los técnicos de Bodegas Olarra aseguran que este año tienen unos rendimientos medios del 50 por ciento respecto a un año normal y es que a la baja fertilidad también tiene que sumar los episodios de granizo que, si bien no han golpeado con dureza, sí han tocado parte de la producción, así como la pérdida de cosecha por la afección del mildiu. «Así mismo, ya partíamos con un diez por ciento menos de producción a causa de esas parcelas de proveedores que se acogieron a la cosecha en verde», añade Orío.

Una situación que repercute en bodega y es que ante una menor oferta de uva toca reorganizar el lanzamiento de las añadas, alargando los tiempos de salida al mercado. «Al final tenemos vino almacenado a consecuencia de la bajada de las ventas por la escasez de consumo, así que en lugar de sacar un vino en los próximos meses, se puede prolongar más porque hay vino suficiente. El hecho de que sea una cosecha corta es buena señal porque en general las bodegas tienen mucho vino. Y sobre todo viene bien la buena calidad con la que está llegando esta uva porque está especialmente sana y es ese estado sanitario el que marca el 85 por ciento de la calidad del fruto», apunta Martínez de Salinas. «Todo esto se está traduciendo en unos vinos con una franqueza aromática impresionante y unos colores intensos».

Una vendimia que para el recién estrenado como enólogo de Olarra (después de dos décadas ejerciendo el mismo papel en Bodegas Tobía) ha sido «todo un regalo». «Hay que mantener una línea muy bien trabajada por Javier, sobre todo en los ensamblajes, y a su vez hay que ir incorporando pequeñas actualizaciones de los procesos para adaptarnos a los nuevos tiempos, pero de forma gradual. Además, he tenido plena libertad para poder hacer cosas que consideraba las más idóneas», remarca Orío. Y su predecesor muestra plena confianza en ello: «Gracias a que ha sido una vendimia tan corta, ha podido demostrar lo que es capaz de hacer y los vinos están espléndidos. Estoy seguro de que lo va a mejorar todo».

Foto: Leire Díez

Es una cosecha de despedida y Martínez de Salinas, a las puertas de la jubilación, no puede evitar recordar aquellos inicios en Olarra: «Mi entrada fue en 1998, coincidiendo con el año de la uva a 400 y pico pesetas. Años antes hubo una temporada en la que en Rioja se barajó la creación de una bodega institucional para recoger todos los excedentes de vino que no se vendían, pero de repente se abrió la exportación y todo cambió. En ese momento faltaba vino, así que el precio de la uva se disparó. Y ante la falta de vino, había que plantar viñas y entonces fue cuando estuvimos varios años con unos rendimientos amparados del 125 por ciento. Eso provocó indudablemente que se bajara la calidad porque era producciones excesivas en las que todo valía. Con el tiempo aquello se intentó atenuar, aunque todavía quedan inercias de aquella época. Hace ya diez años se comenzó a hablar más de calidad y de clones menos productivos. Al final Rioja se ha adaptado siempre muy bien a las cosas, así que confío en que ahora ocurra lo mismo. Siempre ha habido dientes de sierra y creo que esto también va a ser coyuntural».

La herencia que le deja ahora Martínez de Salinas a Orío es esa identidad de marca construida a lo largo de décadas en Olarra pero con el reto de saber sortear esos dientes de sierra. «Es un momento crítico y por eso toca dinamizarse e impulsar Rioja entre todos, mejorando los vinos y sacando nuevas referencias intentando siempre acercarnos a los nuevos consumidores. Creo que estamos en el momento de la historia de Rioja en la que más gente profesional hay en el sector, desde viticultores a técnicos, pasando por bodegueros, comerciales, distribuidores,… Tenemos todos los mimbres para seguir haciendo de esta tierra una región admirada

La filosofía de los vinos de Bodegas Olarra se mantendrá intacta, con esos estilos diferenciados en función de la gama. Unas más enfocadas a las grandes superficies, otras a la hostelería de barra y otras al consumo en restaurantes. «Se trata de diversificar y hacer diferentes marcas con distintos precios. Por ejemplo, durante la pandemia a nosotros nos salvó mucho el estar metidos en las grandes superficies y quienes no estaban ahí lo pasaron realmente mal. Por otro lado, este tipo de mercado al final es muy competitivo porque muchas bodegas quieren tener un pie ahí porque da cierta estabilidad, y eso hace que los precios sean más bajos y que sea difícil subirlos. Al final no se puede enfocar todo el mercado a botellas que salgan a partir de 15 o 20 euros si a la vez defendemos una democratización del consumo de vino. Por eso hay que tener varias opciones en precios. De hecho, al haber tenido una cosecha tan corta y a la vez de tan buena calidad puede ser una manera de que, por lo menos, se pueda frenar la caída en precios y a la vez incentivar el consumo que tanto hace falta».

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