Poner un pie en la viña que plantó el bisabuelo de Javier Jiménez en Quel es viajar más de cien años en el tiempo. A aquellos tiempos en los que se labraba con mulos y la vendimiaba se hacía en familia y con amigos, cargando la uva en comportillos y de ahí, directa a los carros para transportarla. El bisabuelo Juan ya no está. Tampoco el abuelo Jesús y ni siquiera el padre, José Luis, fallecido este pasado mes de abril. Pero todos ellos, hombres de campo, los Villaroya como los conocen en el pueblo, han dejado un legado importante para sus sucesores. Aunque el número de cepas de esta parcela ubicada en el término La Rad, a más de 750 metros de altitud, entre carrascas y a los pies de Monte Gatún, ha disminuido por eso de que hubo que arrancar un renque de cada dos para poder meter el tractor, la esencia de la viña no ha cambiado. Morgones allá donde se mire, troncos de madera retorcidos y bien gruesos y encinas rodeando el recinto vitícola.

También se mantiene la esencia de una vendimia en familia y entre amigos. Un año más, Javier y su hermano Víctor han echado mano de cinco amigos, algunos de ellos también agricultores, para recoger poco cerca de dos mil kilos de garnacha, mayoritariamente. Son apenas siete fanegas de viña cuyo registro vitícola data el año de plantación en 1929. «Pero en su día localizamos un documento de compraventa del bisabuelo del año 1921, cuando adquirió la mitad de la finca a uno, porque esta parcela estaba separada en dos», relata Javier. Aquí han pasado gran parte de su infancia estos dos hermanos y es que a la viña se sumaba un corral otro lado del barranco donde su padre tenía un rebaño. Ovejas que luego se encargó de manejar Víctor junto con las cinco hectáreas de viñedo en vaso que mantuvieron de la familia. Javier, en su caso, acabó trabajando en una destilería navarra, pero nunca se desvinculó del campo. Y mucho menos de la que llama «la niña de sus ojos», una viña por la que siente un cariño especial. «Menos mal que no caímos en la tentación de arrancarla, pero hay que entender que esto no es productivo. Al final aquí no habrá 2.000 kilos de uva, pero estoy cansado de que estas uvas no se valoren como debería, así que este año vamos a elaborar gran parte de la producción. El resto irá a la cooperativa de Autol, junto con el resto de uvas».
El nombre de este nuevo vino que emanará de Monte Gatún llevará por nombre El Pastor de La Ra y su promotor calcular que de esta primera añada saldrán entre 900 y 1.000 botellas. Es consciente de que nunca podrá alcanzar un gran volumen de producción porque esta viña da lo que da, «y de hecho habrá años que igual no se puede ni hacer». Pero la ventaja es que, incluso en años complicados como el presente, la parcela se ha comportado idóneamente. «Al final si ha durado cien años por algo será».

En este sentido, los suelos también tienen parte de ‘culpa’. Este paraje se caracteriza por una capa más superficial de arena y arcilla bajo las que se encuentra el cascajo, e incluso alguna veta de caliza también. Algo que se traslada a la uva, ya que la arcilla mantiene muy bien la humedad y la piedra facilita el drenaje de ese agua por las raíces. En cambio, si la arcilla está más compacta el agua se acumula y no deja que haya un buen desarrollo radicular. «En este último año, además, no he labrado tanto la viña como se hacía antes porque busco una mayor regeneración del suelo», añade Javier. Por otro lado, la riqueza del vino también recaerá en la riqueza varietal de la viña en sí, porque aunque la garnacha sea la mayoritaria, haría falta una investigación más a fondo, con toma de muestras, para identificar el material genético que hay aquí. «Hemos visto alguna tinta con un grano super ovalado que no sé qué puede ser. También hay algo de garnacha blanca que ya es difícil de ver en esta zona y luego otra uva blanca un poco más gorda que tampoco sé qué es. Hay variedades que ni conocemos», reconocen.

Bien es sabido por los que han ido a vendimiar más veces que lo mejor de cumplir con la labor es la recompensa de un buen almuerzo. Así que con los cestos ya descargos y las barcas llenas, toca soltar las tijeras y lavarse las manos de mosto. En La Ra, a la sombra de una encina y sobre un ribazo, la cuadrilla se apresura a colocar un mantel blanco y empezar a sacar las viandas que con tanto cariño ha preparado la madre de Javier y Víctor. Dos tortillas de patata que aún se mantienen templadas, chorizo, salchichón, queso y paté. Y pan, que no falte un buen zoquete de pan. Pero lo que nunca falta en los almuerzos de estos amigos es el vino, rememorando en toda su esencia esos almuerzos de las vendimias de antaño. Esta vez Alejandro ha traído su Temerario de garnacha y Javier ha descorchado una botella de Rompeaguas, el primer vino de esta viña centenaria que elaboró con algunos de los amigos ahí presentes como homenaje al primer bebé que llegó a la cuadrilla.

«En 2020 hicimos la primera elaboración con unos mil litros, así que sacamos muy pocas botellas. Pero para el siguiente año nos vinimos arriba y elaboramos cerca de 4.000 kilos. Los años posteriores ya sacamos menos». Pero las suficientes para seguir acompañando cada encuentro entre amigos. El enólogo del grupo trae a esta mesa improvisada un porrón pompero y es que, a falta de copas, bueno es este decantador para atinar directamente a la boca e ir rulando la botella entre unos y otros, recordando a esas botas de vino que iban de mano en mano entre las cuadrillas que buscaban unos momentos de asueto.

Con unos 1.100 kilos de uva ya cortados toca poner rumbo a la bodega de Briones donde se les dará forma. Alejandro Perfecto, quien desarrolla su proyecto Temerario en estas instalaciones, será el encargado de ejercer como maestro elaborador con «esta joya de uva y de viña». La idea es meter la producción en macetas abiertas de plástico y no estrujar. «He visto que la uva está muy dura y entera, así que despalillaremos, pero sin estrujar. Pondremos la maceta justo debajo de la despalilladora para intentar que el grano caiga lo más entero posible, y ya en los días posteriores que vaya rompiéndose solo. En cuanto a madera, el vino se meterá en una barrica de 500 litros con varios usos ya. Al final se trata de potenciar mucho la fruta y la tipicidad de este terreno porque el cien por cien del protagonismo se lo tiene que llevar la viña», sentencia el enólogo. «Si ya me sale malo con todo lo que tenemos aquí… Y a esta cuadrilla ya les salía bueno entonces, así que lo único que tengo que hacer cuidar el proceso para mantener la esencia de la garnacha».
Perfecto reconoce el papel clave que tiene en este proyecto, así como el apoyo que supone su figura para el desarrollo del mismo. «Es muy complicado empezar a elaborar de nuevas si no cuentas con una base y, además, tampoco tienes a alguien que te pueda echar una mano con ello en cuanto a instalaciones e indicaciones. Yo aquí estoy para la elaboración y para aconsejarles, dándoles las diferentes opciones que hay de crianza y demás, pero será Javier quien decida los pasos a dar. Para mí ya es un lujo formar parte de esto», apunta.

Alejandro Perfecto, durante la vendimia de esta viña centenaria en Quel.
Todavía quedan meses por delante para embotellar esta añada 2025, pero el diseño y estilo de las botellas ya está prácticamente decidido. Una parte del proyecto en la que el factor familiar también entra en juego, cómo no. De todo el proceso se ha encargado Lidia Sáenz, también vecina de Quel y diseñadora gráfica especializada en la imagen de marca de productos agroalimentarios. Todo un reto también para ella, quien tenía claro desde el principio que el nombre del vino debía hacer referencia al padre de Javier y Víctor, a su etapa como pastor por los campos de Quel. «En estos casos la historia ya está y es completa por sí sola, así que construir el relato para crear una imagen de marca es más sencillo, además de que atrae con más facilidad al público porque se evoca el elemento familiar y de tradición», señala la joven queleña.



