Un miércoles mateo cualquiera conviene poner rumbo a la plaza de toros ligeritos de estómago. Las fiestas de Logroño alcanzan su ecuador y el cuerpo pide energía de buena mañana, pero si el desayuno es excesivo se corre el riesgo de que las vacas saltarinas revuelvan el estómago más de lo preciso.
Los astados de José Arriazu e Hijos (de Ablitas) han deparado uno de los espectáculos de vaquillas más vibrantes en lo que llevamos de fiestas. Como aperitivo, los asistentes a La Ribera han disfrutado de una exhibición de ‘bullfighters’, práctica deportiva importada de Estados Unidos, donde los payasos de rodeo compiten en una liga en la que deben realizar el mayor número de quiebros posible durante el minuto que dura su espectáculo.
En esta ocasión, los ‘bullfighters’ han sido el jarrero David Rodríguez Crianza y el madrileño Daniel Alcalá, que ha arriesgado tanto que no se ha librado de sentir el contacto de un asta en la pierna.
La verdadera emoción ha llegado en la capea popular, donde las famosas vacas saltarinas han obligado a abrir bien los ojos para evitar revolcones. Las reses han cumplido con las expectativas a base de visitas al callejón, con especial protagonismo para la penúltima de las siete vaquillas que han espolvoreado el albero en una plaza a tres cuartos de entrada. Hasta tres veces ha superado las barreras y burladeros del coliseo, paralizando el pulso a los asistentes.

Antes que eso, otra de las vacas ha provocado instantes de pánico al colarse en el callejón y enviar al ruedo a la chavalería que quería ver de cerca el espectáculo. Una joven contusionada es, por fortuna, el único saldo de un espectáculo que ha dejado muchas carreras, algún enganchón y la embestida a un joven contra el vallado como hechos reseñables.


