Un decepcionante encierro de Garcigrande, desfondando y sin el más mínimo poder, vino a dar al traste con las muchas ilusiones y expectativas puestas en Morante, Talavante y Borja Jiménez. Sólo un toro, el sexto, se salvó de aquella quema tan floja, tan descastada, tan apagada y tan rajada.
Desbordó su clase este sexto toro, persiguiendo con el son y la humillación soñada los vuelos del capote de Borja Jiménez en un quite por chicuelinas. Mas el inicio de faena de Jiménez, en los medios y de rodillas con aquellos pases cambiados, no pareció ser la apertura más idónea para aquellas embestidas que se humillaban tan rebosantes de clase como faltas de fuelle. Y no solo. Porque lo que siguió a aquello no dejó de violentar a un toro que pedía suavidad, mimo y sutileza. Otro trato completamente opuesto. La brusquedad de aquellos toques, lo desacertado de las distancias y tanto virar las alturas de las telas hicieron que lo único potable del encierro de Garcigrande, este tal ‘Catamarón’, fuera perdiendo su bondad y su clase entre tirones y muñecazos.

EFE/ Raquel Manzanares.
Tan ausente siempre el temple. Un desarme ahora y varios enganchones poco después precipitaron aquellas enclasadas embestidas por el pitón izquierdo hacia el abismo de las prisas por triunfar a toda cosa y de cualquier forma. Y en esas se metió el público en la faena del sevillano, jaleando aquel hacer tan desacertado, torpe y equivocado. Un natural tuvo su temple, su hondura y su dibujo. Aquellos circulares y rodillazos, demasiada superficialidad y velocidad. Acertó Jiménez con la espada y su imagen a hombros parecía salvar una tarde condenada, dos horas antes ya, al sopor y la desesperación.
Como dije, lo ocurrido hasta entonces vino marcado por un encierro de Garcigrande en las antípodas de la casta y la bravura. Tan apagado. Tan imposible.
Borja Jiménez también inició su primer trasteo de rodillas y los aseado de su hacer se vio eclipsado por las muchas veces que su enemigo perdió las manos.

EFE/ Raquel Manzanares
Dos toros abantos y muy sueltos de salida imposibilitaron cualquier lucimiento de Morante con la capa. Con la muleta, el sevillano quedó inédito en primero, un toro que se rajó con descaro y reculó buscando las tablas.
Tan pocas fuerzas tuvo el cuarto que no aguantó en pie aquellas caricias que le regaló Morante con su muleta. Un inicio a dos manos, torero y mecido; aquel pase de pecho de pitón a rabo; aquellos tres naturales sobrados de suavidad, temple y a aquella media alturita que era la del toro. La miel en los labios.

EFE/ Raquel Manzanares.
Lo de Talavante fue todavía peor. Si despegado anduvo en su primero, frente al quinto se colocó todavía peor, no cogiendo nunca el aire a las distancias, los tiempos y las alturas de aquel exiguo enemigo que tuvo en frente. Para colmo, se alargó en exceso y trató de vender aquella mediocridad como algo antológico.
La ficha
– Plaza de toros de La Ribera. Cuarta de abono. Tres cuartos de plaza.
– Toros de Garcigrande, flojos, descastados, desfondados y sin poder, salvo el sexto, noble y enclasado.
– Morante de la Puebla: silencio y silencio tras aviso
– Talavante: silencio en ambos
– Borja Jiménez: silencio y dos orejas
– Los tres diestros saludaron una ovación al romperse el paseíllo.


