Han pasado ya 24 años desde la última vez que dos toreros riojanos de a pie se anunciaran en San Mateo. Pedro Carra y Diego Urdiales estuvieron presentes en la primera feria matea que acogió La Ribera, todavía sin cubierta, allá en 2001. Por aquel entonces, Fabio Jiménez ni tan siquiera había nacido. Ahora, al torero de Alfaro se le adivina un concepto extraordinario y unas formas sensacionales. Por su parte, el de Arnedo acaba de alcanzar una maestría y un magisterio poco menos que absolutos.
Diego Urdiales y Fabio Jiménez han quedado la mañana de este viernes para hacerse un toro. Será la última prueba antes de Logroño. Un café y los trastos es todo el equipaje de ambos toreros. Mutado el Arnedo Arena en eventual laboratorio de toreo, maestro y aspirante tratarán de transmitirse los enigmas del clasicismo, la verdad y la pureza. Los misterios del concepto compartido. En definitiva, el legado del toreo en toda su grandeza y su belleza.

Procuramos evitar hablar del complot al que un sistema viciado, enfermo, absurdo y torpe está sometiendo a Urdiales. Pero resulta imposible pasar por alto las cero sustituciones ofrecidas al riojano tras su último hito en Bilbao y que Urdiales describe con pasmosa sencillez: «Fue un toro que no se dejó torear de capote, no se empleó en el caballo y se quedó sin definir. Había intuido alguna virtud, pero sin saber el fondo real del animal. Sé que en el inicio de faena empecé flexionándome a dos manos para marcar la autoridad y hacerle ver al toro quién tenía que mandar allí; luego me dejé llevar y ya no me acuerdo de nada más. Tampoco he querido verlo en vídeo. Sentí eso tan grande y especial que todos los toreros deseamos. Fueron unos momentos increíbles: también duraderos porque fue una faena intensa que cogió vuelo desde muy pronto. Sin duda, una de las faenas de mi vida». Fabio sentencia con suma precisión: «Diego toreó como los demás soñamos torear de salón, pero ante un toro de Bilbao y habiendo toreado tan poco este año».
No dejamos Bilbao sin hacer referencia a la imagen de Urdiales cogiendo la muleta tan sólo con las yemas de los dedos mientras el toro de Garcigrande arrastra el hocico por el suelo completamente sometido. Aquella foto hizo temblar los pilares del toreo. «Es la magia del toreo; por eso es por lo que merece la pena ser torero. Que un hombre se ponga delante de un animal de 550 kilos y que con un trapo sea capaz de poder con él, de llevarlo por donde quiere y que lo que sienta su alma se transmita a esa tela para crear una obra de arte… Todo eso sube al tendido y la gente llora y se abraza. Por eso el toreo es un arte inigualable y tiene tanta fuerza».

Foto: EDMA
Todo esto de Bilbao empezó a fraguarse una semana antes en Alfaro. Aquel 15 de agosto, Fabio recogía de Diego el hilo del toreo riojano para convertirse en el noveno matador de toros de la historia de nuestra tierra. Bromean y ríen recordando cómo Diego se coló en la fiesta de Fabio con dos faenas magistrales, pero Urdiales advierte: «Fabio es de los toreros con más capacidad que he visto en el toro de su alternativa por temple, valor y calidad, pese a los nervios y la presión del momento. Demostró que es capaz de dominar la responsabilidad y tener ese control mental para ser torero es fundamental. Sus condiciones son soberbias, es un torero extraordinario y ha puesto a todo el mundo de acuerdo en Sevilla y Madrid con 8 o 10 naturales… ¡con lo difícil que es eso!».
Ni uno ni otro revelan lo que se dijeron en el momento de intercambiarse los trastos. «Fueron palabras basadas en el cariño, en buenos deseos». Y Urdiales ahonda en su sino cuando torea en Alfaro: «Mi carrera empezó a resurgir allí. Estaba pasando momentos muy duros y un grupo de amigos, entre los que se encontraba el padre de Fabio, consiguió que toreara aquel festival en el que corté un rabo a un toro de Baltasar Ibán. Desde aquel momento, muchas de mis mejores tardes han tenido lugar en Alfaro. Es una plaza muy especial, un sitio mágico. El color del albero, el cariño de la gente… es algo misterioso».

Foto: EDMA
Diego coge la muleta de Fabio y dibuja dos naturales al aire: «Esta muleta está buena, ¿eh? Tiene ese punto sensible». Me hablan entonces del equilibro que tienen las muletas; de si al principio pesan más adelante; de lo que influye cómo han cosido el forro y de si lo han cosido más adelante o atrás… Urdiales pone el foco ahora en los cambios meteorológicos que anuncian: «Mira, también hay que tener en cuenta la temperatura. Dan frío para estos días y si las muletas se enfrían se ponen duras, cogen un cuerpo mayor y ya no tienen esa sensibilidad para que, sólo con la intuición interior, vuele adonde tú quieres. Pero claro, estos matices se notan si toreas con las yemas y con el alma…».
Ese descenso de las temperaturas preocupa a Urdiales: «Yo toreo el martes y todo lo que pase estos días influye una barbaridad. Quiero llegar en el punto exacto de felicidad, de intensidad y de relajo, pero sin estar dormido. Cuando llegas a la plaza habiendo alcanzado ese equilibrio, se nota. Y claro, estos días hay que luchar con la presión, el cuerpo, los cambios de temperatura… que es todo lo que no puedes controlar. Mira, ¿sabes cuál es un momento crucial? Cuando dejas el capote de paseo y coges el de torear; si en ese primer lance que damos al aire, ves que el capote no te pesa, ya tienes la certeza de que, a nada que ayude el toro, va a pasar algo grande, pero como veas que no puedes con él…».

Foto: EDMA
Fabio y Urdiales me hablan de la importancia del descanso. De la necesidad de poner un límite en el tiempo y en la intensidad del entrenamiento para llegar a la plaza sosegados de cuerpo y mente. Me cuenta Fabio que «la preparación de hoy no va a servir para cambiar nada a 48 horas de torear, pero estar con Diego me da confianza, me transmite la ilusión que tiene por el toreo después de tantos años, de lo difícil que es llegar arriba y me motiva para saber lo que hay que hacer tarde tras tarde. Cuando entreno con él, intento absorber todo lo que me dice, quedarme con cualquier palabra que se le escape, porque en esto del toreo es muy importante la gente que te rodea».
Fabio me advierte que, pese a las dificultades con las que Diego se ha encontrado a lo largo de su carrerea, él ha decidido transitar por ese mismo camino. «Se coge el camino que uno siente. Hay cosas que se eligen y otras que no. Fuera de la plaza se toman muchas decisiones, pero cada uno nacemos con una forma de sentir y de interpretar el toreo que luego tenemos que matizar día tras día, pero el concepto no se elige; con el concepto se nace».

Foto: EDMA
Es Urdiales el primero en agarrar las astas para embestirle a Jiménez. Cada acometida de Urdiales llega acompañada de un consejo, de una indicación. «Relaja los hombros. El toque para ti, para dentro. Siente ese tiempo de que lo echas cuando quieres tú. ¡Eeeeeeso es! Al otro pitón un poco, ¡gánale! ¡Bieeeeeennnnn! Muñeca partida para coger. Con los codos espera para él y luego para adelante en línea. Toca ahora con el meñique y pisa con el talón de atrás. Cintura metida pero muerta». Urdiales le indica a Jiménez hasta cómo ha de ser la respiración entre series. Y cómo ha de irse de la cara y mirar al tendido. Repiten un cambio de mano que sirve de remate a una serie y Urdiales zanja: «Bonito, no; tiene que ser bueno, Fabio».
Es ahora Fabio quien le embiste a Urdiales. Se hace el silencio cuando es el maestro quien torea. No hay consejos ahora, ni tampoco recomendaciones. Tan solo se les escucha jadear y el «¡Ja, toro ja!» a modo de cite. Como Fabio antes, Diego sólo interpreta el toreo fundamental. La despaciosidad de cada lance es infinita. Idéntica la perfección. Remata Urdiales su faena con unos adornos por bajo con Jiménez embistiendo al ritmo de un costalero bajo la trabajadera de un paso de Semana Santa. «El toreo es un ejercicio contra natura: cuando tu cabeza te pide huir, te tienes que quedar; cuando lo normal es tensionarse, hay que relajarse». Y así, Diego y Fabio afianzan su amistad coqueteando con entre entresijos de ingeniería del toreo bueno. La mañana, como la suerte, está echada.


