El paraje de Vallejuelo es el origen donde se fraguó el sueño de Miguel Ángel Rodríguez. Descendiente de Islallana, tenía claro que su proyecto vitivinícola tenía que recaer en pleno valle del Iregua para hacer honor a su territorio, para demostrar que este enclave es mucho más que frutales. Y lo logró. A uno y otro lado del río Iregua, a diferentes alturas y con diferentes suelos, para sacar lo mejor de cada zona del término de Albelda. Vallejuelo, en la margen izquierda del río, a unos 600 metros y con cantos rodados, fue la primera viña que compró el propietario de Vinícola Real 200 Monges y de la que ahora nace un vino de pago, Confesor, solo en añadas en las que el tempranillo, el graciano y el mazuelo se comportan de manera excepcional.
A ella se unió después, a unos pocos metros más abajo, Los Valles, otra viña en ladera donde aquí el cascajo ya desaparece pero perdura la arena, la arcilla y las grutas de cal que abundan en todo el municipio. Un suelo, por ende, que filtra muy mal el agua, que perdura en la superficie de la viña sin apenas empapar el subsuelo. «Una viña, por tanto, que sufre mucho, pero que a la vez trae un fruto más concentrado por los escasos rendimientos que deja en campo. De aquí sale nuestro 200 Monges Reserva tinto», señala Silvia Rodríguez desde estas parcelas que se vendimiarán en los próximos días. Ella es la segunda generación de la bodega, un relevo que garantiza el desarrollo y crecimiento del sueño de Miguel Ángel, el cual se saboreó por primera vez con la añada de 1994, pero que llega también con aires renovados y adaptados a una nueva visión.

Y de una punta del valle a la otra, a la margen izquierda, esta vez a unos 580 metros y con ausencia total del elemento calizo. La Rad es el paraje donde la bodega adquirió su segunda viña de tinto, precisamente en busca de ese contraste con el terreno inicial. «Aquí los suelos son más arcilloferrosos, más rojizos y con mayor capacidad de retención de la humedad. Eso sí, retiene pero no drena bien el agua porque es un suelo muy compacto, por lo que da muchos problemas de mildiu. Además, como la vegetación es mayor aquí lo que hacemos es levantar la parra para dejar los racimos más ventilados y favorecer así la sanidad», apunta. Y a pocos metros de distancia, una parcela de viura vieja propicia para el desarrollo de la podredumbre noble y de la que se elabora el vino dulce de Vendimia de Invierno. «Aquí la merma de producción es palpable. Este año hemos escapado del granizo, pero no hemos tenido tanta suerte con el mildiu».

Paraje Los Valles, en Albelda de Iregua.
El recorrido de 200 Monges por Albelda de Iregua tiene un punto de aterrizaje final en Las Viñuelas, a unos 500 metros de altitud pero ya mano a mano con el cauce del Iregua. Esta finca, que incluye el antiguo convento de los frailes y una ermita aledaña a este, fue adquirida por Miguel Ángel en 2016 y aquí plantó 15 hectáreas (las más recientes de la bodega), doce de ellas de variedades blancas (chardonnay, sauvignon blanc, malvasía y garnacha blanca). Un proyecto con alma experimental, pero también reivindicativa porque con el cultivo de estas vides en un terreno que antes había sido destinado a la hortaliza y el cereal quería demostrar que el potencial de vinificación también existe aquí. De hecho, comprobaron que en este paraje la vitis vinifera crece de manera natural.
«La profundidad del suelo en esta zona es pequeña y realmente su riqueza está en los primeros 30 centímetros, por lo que estamos trayendo tierra de otras zonas con arcilla y arena para ganar en hondura, que al final es lo que necesitan las raíces de las cepas. Al final en verano la planta sufre porque baja la capa freática del agua y muchas raíces se quedan al descubierto porque no hay suficiente tierra, por lo que la gestión del suelo en sí es muy complicada y seguimos aprendiendo con ella y con el comportamiento de las diferentes variedades en este terreno. uno que aporta bastante mineralidad a los vinos por el canto rodado y por la exposición directa del sol», explica Silvia. En este paraje es necesario, por tanto, el manejo de la cubierta vegetal, aunque con diferentes técnicas en función del tipo de suelos que componen la finca, ya que en algunas predomina más el cascajo y en otras se echa mano del intercepas para ‘limpiar’ las hileras de cepas. Será precisamente esta finca donde el equipo de bodega culmine la vendimia 2025 después de que las primeras uvas se cortaran el pasado 3 de septiembre.

Y es que para conocer el potencial de unos vinos primero toca pisar la tierra y conocer el potencial en sí mismo de ese territorio del que proceden. Los viñedos de los que se nutre la bodega, que se reparte a lo largo de unas 60 hectáreas, abarcan edades que van desde los 45 a los 60 años. Viñedos, además, que no solo se ubican en este valle del Iregua. De trayectorias pasadas, Miguel Ángel conserva tres hectáreas de viña en el término de San Vicente de la Sonsierra, aunque su verdadera y gran apuesta fue el paisaje vitícola del Alto Najerilla. A mediados de los años 90, cuando entonces esta zona no recibía ni una mínima parte de la atención y deseo que genera ahora entre las bodegas por esas buenas acideces que dan sus uvas, él fijó una punta de lanza en pueblos como Badarán y Cañas. Allí acudió, todo hay que decirlo, movido por la necesidad de equilibrar la tanicidad de los tempranillos del Iregua, que son más rústicos, y lograr unos vinos más afinados y con frescura. Es decir, unos vinos con gran potencial de guarda que son fiel reflejo del estilo de Vinícola Real 200 Monges. Una zona que también le sirvió para compensar los altos pH que le daban los tempranillo de las Sonsierra por la tipicidad de los suelos, donde abunda en componente arcillocalcáreo.

Son ya once hectáreas las que la bodega cultiva en esta zona de altura donde antaño a la uva le costaba madurar y ahora son, precisamente, esas maduraciones largas las que se demandan. Miguel Ángel cuenta ya con experiencia en el manejo de las bayas y en el trabajo de estas en bodega para moldearlas con su sello y hacerlas aptas para el envejecimiento. Unos vinos que, antes de pasar a descansar en botella, hacen una crianza en depósitos de acero inoxidable durante varios años para comprobar su potencial de guarda. Después será el turno de la otra crianza en botella, ocupando las galerías subterráneas de la bodega excavadas a lo largo de 800 metros para conservar en perfectas condiciones las diferentes referencias. Y solo aquellas más especiales, las que requieren de un mayor tiempo de reposo antes de descorcharse acabarán en el archivo de 200 Monges, porque en esta bodega no gusta llamarlo cementerio, como es habitual. «Aquí los vinos están muy vivos». Y prueba de ello es cuando se dan el capricho de desempolvar una de esas botellas cubiertas de penicillium, el hongo que crece de manera natural en los calados y que, además, influye en la maduración de algunos vinos, y descorcharlas para comprobar que por mucho tiempo que pase el estilo de esta bodega perdura.



