TRIBUNA

El alcalde, el concejal y la terraza fantasma

Había una vez una ciudad alegre, que cada septiembre se vestía de fiesta. Sus calles rebosaban de vino y canciones, de peñas y familias, de vecinos que entendían que sus fiestas eran más que una sucesión de actos puestos en un programa: era convivencia, era identidad, era Logroño. Hace años se creó y durante años existió un lugar especial, el Espacio Peñas, donde esa alegría se hacía visible. Era imperfecto, sí; pero era popular, participativo y vivo. Hasta que un día, dos gobernantes -un alcalde empeñado en aparentar orden y un concejal con vocación de prestidigitador- decidieron que lo que era de todos tenía que ser solo de ellos y tenían que poner su sello personal.

Alcalde y concejal un año prometieron un concierto, el cual se llevó a cabo pero no se podía pagar por contratarse de manera irregular. Al año siguiente se encargaron de que ese espacio no existiese. Y así este año sacaron un contrato tan enrevesado que ni las empresas con experiencia quisieron acercarse. «Privatizar lo común es modernizarlo», decían. Pero nadie lo compró, nadie. Pero, a última hora y de la mano del concejal, para salvar la situación, apareció un extraño comerciante no muy querido por el pueblo por un pasado oscuro, con promesas bajo el brazo, con papeles que parecían escritos con tinta invisible ya que ni los que aparecían en ellos conocían de su existencia, solo el concejal.

Porque lo más curioso fue que, incluso antes de iniciarse cualquier proceso, el concejal ya conocía todos los detalles de aquella propuesta. ¿Magia? ¿Clarividencia? ¿O simplemente las viejas trampas de feria?

El trámite se inició, se aseveraban muchas cosas y circunstancias. Y el extraño comerciante fue como ese alumno al que el profesor aprueba por los pelos (concedieron la nota mínima). Y, sin embargo, todo se desmoronó: diferentes colectivos a los que se había implicado sin su conocimiento se desmarcaron: «Nos han puesto en el menú sin invitarnos a la cocina». «Nosotros tampoco estábamos en la fiesta», decían algunas entidades en público (y otras en privado). Y más de ochenta colectivos sociales, culturales, sindicales y musicales se unieron para proclamar públicamente: «No podemos entregar, lo que es de todos, a quien promueve odio y división». La farsa se volvió insostenible. El comerciante decidió salir por la puerta de atrás, culpando al ruido de la plaza y acusando a todas las personas que se habían atrevido a hablar.

En ese momento, lo normal y lo honesto habría sido reconocer el error, pedir perdón y rectificar. Pero alcalde y concejal eligieron otro camino: culpar a la oposición, culpabilizar a la ciudadanía, recriminar a cualquiera menos a sí mismos. El concejal declaró con solemnidad: «He cumplido con mi deber». Y el alcalde, viendo que la fiesta se le escapaba de las manos y que él debía estar por encima del bien y del mal, urdió una estrategia para no salir perjudicado: corrió raudo y veloz a reunirse con las mismas peñas a las que había expulsado un año antes, invitándolas a cenar en un restaurante y suplicándoles que «salvaran» unas fiestas que iban a la deriva.

Lo hizo, además, sin los dos concejales responsables de este naufragio. Como si, hasta dentro de la propia tripulación, prefiriesen esconderlos en la bodega para poder quedar como el bueno, aunque al día siguiente -sin nadie delante que les contradijese- los sacase para intentar culpar a todo aquel que osase respirar.

Y así fue como, por segundo año consecutivo, Logroño se quedó sin su espacio popular en San Mateo. Sin Espacio Peñas en 2024, sin Terraza en 2025. Dos años seguidos con un San Mateo basado en la improvisación, en bandazos, y humo vendido como novedad. Mientras tanto, las familias, la juventud y la vecindad observaban incrédulos cómo lo que antes era un espacio de encuentro se convertía en una Terraza fantasma. Porque la moraleja de esta fábula es sencilla:
quienes juegan a ser dueños de las fiestas de la ciudad, acaban convertidos en bufones de su propio fracaso.

San Mateo no necesita prestidigitadores ni vendedores de humo. Las fiestas mateas necesitan respeto, participación y convivencia. Y eso, por mucho que les pese al alcalde y a su concejal, solo puede regresar de la mano de la gente de Logroño. Pero para ello deben asumir sus errores (y sus responsabilidades), una cuestión que toda la ciudad considera necesario pero que se sabe que no va a ocurrir.

Y lo peor de toda esta fábula es que se cuenta que en la ciudad todavía resuenan las risas de quienes, en lugar de cuidar lo común, quisieron privatizarlo. En lugar de planificar, improvisaron. En lugar de escuchar, despreciaron. Pero por otra parte también se dice que queda la esperanza de que los vecinos no olviden los atropellos que están realizando en este tema en particular y en su trabajo por la ciudad en general.

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