La falta de mano de obra para trabajar en el campo es una situación que se están encontrando habitualmente los agricultores riojanos. Da igual en la viticultura que en otras campañas, encontrar temporeros cada vez resulta más difícil en el campo. En Alfaro, Frutas Campo-Burgo, una empresa familiar que nació hace décadas de la mano de Ángel Jiménez y que hoy gestionan sus hijos Eduardo, Javier y Ángel han encontrado una solución: los contratos en origen. Entre campos de cerezos, melocotoneros y perales, su situación, y también la solución a sus problemas de cada año, refleja la transformación de un sector que busca sobrevivir en medio de grandes dificultades.
«Lo que no se puede permitir un agricultor es que llegue la cosecha y no tengas gente para recogerla. Eso sería ver cómo todo se va al suelo», confiesa Ángel, con una sinceridad que transmite la tensión que viven muchos productores en la zona. Y es que la falta de mano de obra es uno de los grandes desafíos de la agricultura actual. Encontrar trabajadores ya es complicado, pero encontrar vivienda de alquiler para ellos durante dos meses resulta casi un milagro.
Fue por eso por lo que en 2022, la empresa decidió dar un paso que cambió por completo su manera de afrontar las campañas. Ante la dificultad para encontrar alquileres disponibles en Corella, Alfaro o los pueblos de alrededor, instalaron en sus propias instalaciones módulos de alojamiento para temporeros. «Fue la única manera de garantizar que la gente que traíamos pudiera trabajar con tranquilidad», recuerda Ángel.
Ese mismo año comenzaron a contratar trabajadores en origen, principalmente en Rumanía. Ahora han dado un paso más y han participado en un programa especial del Estado español que permite la llegada de trabajadores de países extracomunitarios por un periodo de cuatro campañas. Así fue como llegaron hace unos meses 40 senegaleses, que se sumaron a los cuarenta rumanos ya habituales. «Ellos saben perfectamente a lo que vienen. Y lo hemos comprobado: son personas muy predispuestas a trabajar, con una actitud ejemplar».
El sistema no es barato. La empresa asume los gastos del viaje en avión hasta Madrid y el traslado en autobús hasta Alfaro. También proporciona alojamiento equipado con lavadoras, frigoríficos y hornillos, además de un espacio de convivencia. «Claro que es más caro que el sistema tradicional, pero a cambio nos da algo que no tiene precio: tranquilidad. Porque la cosecha no espera».
La situación de la agricultura, añade, obliga a los productores a tomar decisiones que no siempre saben si son rentables en lo económico, pero imprescindibles para sobrevivir.
Durante estos meses, los trabajadores han pasado por campañas intensas: cereza, melocotón, nectarina, paraguayo, pera conferencia, pera blanquilla, manzana gala y golden. Cada fruta exige un aprendizaje distinto y, aunque la barrera del idioma existe, los traductores móviles y las reuniones semanales han sido claves. «Nos juntamos cada semana con ellos, hablamos de los problemas cotidianos —si un baño no funciona, si falta algo— y también de cómo ven el trabajo. Escucharles es fundamental».
La relación va más allá de lo laboral. Ángel recuerda con una sonrisa cuando los senegaleses pidieron hornos más grandes para celebrar una fiesta típica de su país. «Nos dijeron que si costaba dinero lo pagaban ellos. Fue un detalle que nos sorprendió mucho, porque demuestra respeto y compromiso. De verdad, estamos encantados con su educación y su forma de estar aquí».
Frutas Campo-Burgo trabaja con cerca de 300 hectáreas de frutales y en los momentos de máxima actividad llegan a coordinar a unas 220 personas en el campo. Una cifra que impresiona, pero que también refleja la magnitud del reto. No saben aún cuando volverán a su país. «La idea inicial es que estén semana y media más pero el campo, a veces engaña: un día piensas que tienes kilos para tres días de trabajo y resulta que en dos ya se ha acabado. O al revés».
A pesar de las dificultades, la experiencia de este año ha sido, en sus propias palabras, «extraordinaria». Tanto con los rumanos como con los senegaleses, la empresa ha encontrado la estabilidad que llevaba tiempo buscando. Sin embargo, hay un matiz que preocupa: aunque los trabajadores quieren traer a familiares o conocidos el próximo año, obtener más permisos parece «prácticamente imposible». El contrato es para cuatro años. Vienen, trabajan y cuando la temporada termina tienen que volver a su país para regresar a España durante la temporada siguiente.
«Nosotros estamos muy contentos. Este año ha sido un éxito», concluye Ángel. Sus palabras, sin embargo, resuenan como advertencia: la agricultura vive en una cuerda floja, sostenida por el esfuerzo diario de quienes la trabajan y por decisiones que, aunque arriesgadas, son imprescindibles para no dejar que la fruta caiga al suelo.


