Una puerta de hierro pintada de un verde ya desgastado y que chirría al abrirla da la bienvenida a Villa San Ignacio. Hierbas, alguna que otra zarza y una gran palmera conforman este patio de entrada de la calle Santiago de Haro, a escasos 30 metros de la Iglesia de Santo Tomás, en pleno Casco Antiguo de la localidad. Aparentemente, aquí todo luce un estado de abandono, con unas grandes maceteras blancas de barro que urge replantar. Pero solo aparentemente. Unas escaleras principales dirigen la mirada hacia un portón rojo de madera. Allí detrás se levantaba hace más de 70 años un edificio que el Ayuntamiento usaba como almacén. Un edificio, cuenta la leyenda popular, a donde acudía una vecina del pueblo a asar cacahuetes. Un día la tarea se le complicó y la construcción acabó en llamas. Aquello ocurrió allá por 1945 y fue ya en 1951 cuando la familia Zúñiga, llegada de Bilbao, adquirió la propiedad y construyó un frontón y una vivienda para residir con sus diez hijos. Una de esas niñas de entonces es Juana Zúñiga, abuela de Carmelo Cámara, quien ahora trabaja en la reconstrucción de este espacio para devolverle la vida que tuvo entonces. Y lo hace junto a su amigo de la infancia, Felipe Tubia, quien también se crió en pleno centro histórico de la localidad.

Foto de archivo sobre la antigua Villa San Ignacio tras el incendio que arrasó el edificio.
«Los negocios de nuestras familias nos unieron desde niños. Mis padres tenían el bar Platerías y la abuela de Felipe, un quiosco justo al lado, así que nosotros jugábamos juntos a todas horas», relata Cámara. También pasaron muchas tardes y fines de semana en aquel frontón, aunque ellos le daban más a la pala que a la pelota. Unos lazos del alma que nunca se soltaron y que décadas después les han llevado de vuelta a sus orígenes. A la calle que tanto les vio correr. A la casa que tanto les vio crecer. «Haro es nuestro pueblo, nuestra familia, nuestra historia». Así que tenía que ser en Haro donde dieran forma a un proyecto que llevan tiempo madurando, prácticamente desde 2018. Porque si de algo entienden estos dos amigos, hermanos de la infancia, es de hacer vino y si hay un ingrediente que caracteriza al vino y prima sobre los demás ese es el tiempo. Tiempo y paciencia para dar con la tecla adecuada, la soñada.
No fue fácil, porque aún siete años después de elaborar esos dos primeros vinos, La Billa tinto y blanco, en un garaje contigua al frontón, la reconstrucción de lo que será la nueva bodega, Arum, con su wine bar, tienda y su sala de catas todavía aguarda para comenzar. Confían en que llegue de cara a principios de 2026 «si todo va bien». Una reforma que la familia Zúñiga desistió de hacer por las complicaciones y largos plazos que implicaban y con las que luego se toparon esta pareja de enólogos. «En esta propiedad, de hecho, no se podía hacer una bodega porque es suelo urbano residencial, no industrial. Ha sido a base de abogados y de apoyarnos en otros proyectos similares que se han hecho en Logroño, por ejemplo, que hemos logrado que se modifique la normativa municipal y nos den el visto bueno al proyecto siempre que sea, eso sí, para una bodega artesanal. Es decir, de muy poca producción y con una emisión de residuos y de sonidos muy limitada y controlada», relata Cámara.

Las tres marcas que elaboran bajo el proyecto Arum.
Una ardua burocracia que les ha llevado tres años y aún continúan, aunque ya el pasado mes de diciembre consiguieron el «sí» legal, que puso un foco de luz en todo este camino. «Ahora andamos con la concesión de licencias medioambientales y también en contacto con Patrimonio por ser esta una zona histórica, pero todo comienza a coger forma». Y hasta que llegue la esperada bodega, la pareja continúa elaborando en otras bodegas en San Asensio y Laguardia mientras lo compaginan con sus trabajos en los departamentos técnicos de Bodegas Tarón, en el caso de Tubia, y de Zinio, en el caso de Cámara.
«Siempre hemos tenido esa inquietud por crear algo propio, que sea de los dos y que refleje nuestro carácter y lo que nos ha enseñado la vida, así como algo que muestre dónde nos hemos criado. La idea inicial era alquilar una bodega aquí en Haro, pero nos fue imposible dar con el espacio que buscábamos. No encontrábamos una alternativa que nos llenase, que nos llegase al alma, no había nada», recuerda Tubia con frustración. Y entonces Villa San Ignacio se puso frente a ellos. «Obviamente, nos decían que si estábamos locos pensando en reconstruir esto y hacer una bodega».
Prefieren no pensar en qué hubiera pasado si esta propiedad, con cerca de 900 metros cuadrados y ubicada bajo el cerro de La Mota, no hubiera acabado en sus manos. ¿Otro escenario posible? «Tal vez, porque al final el vino ya lo teníamos, pero no hubiera sido lo mismo. No hubiese tenido sentimiento ni alma». En este sentido, Tubia incide en que «Haro tiene un hueco enorme para este tipo de proyectos con gente joven que de un nuevo aire, como ya ocurre en otras localidades».

Todo un laberinto de calados se esconde bajo la calle Santiago y sus aledañas, como una segunda ciudad subterránea. Y, cómo no, lo que será la futura Arum también cuenta con sus propias cavidades excavadas hace siglos en una tierra húmeda. Un recorrido a unos quince metros de profundidad que va de punta a punta del frontón, tras atravesar una estrecha escalera en curva, y que tiene una longitud de unos 60 metros. Un calado que conserva aún los antiguos botelleros donde la familia guardaba a buen recaudo sus joyas. «Esto, una vez se sanee y acondicione todo, formará parte del recorrido de la visita y también colocaremos barricas para criar el vino».

Cada estancia de la bodega va a reflejar un antiguo espacio de la propiedad para que la inmersión del público sea integral. «Antaño, el frontón se abrió al público y aquí jugaba todo el mundo, se organizaban torneos de pelota y siempre estaba lleno de gente porque era, por así decir, el frontón del pueblo aunque fuera de una propiedad privada. Lo que queremos ahora es devolverle ese carácter de ser algo para visitar y disfrutar en pleno centro de Haro. Algo que cuente la historia de nuestros antepasados y también el presente en todo lo relacionado al mundo del vino. Esto va a ser un proyecto cien por cien enoturístico donde el público viva una experiencia completa y cree vínculos», apuntan.
Un viaje que parte de la viña, como siempre, por lo que también tienen diseñado un gran mirador a la Sierra de Cantabria con ese mar de viñas que intercala La Rioja con Álava en sintonía con el río Ebro. Carecen de viñedo en propiedad, pero ensalzan las «buenas amistades» con las que cuentan y a las que les compran uva. Desde San Vicente a Haro y llegando hasta Cordovín. «Encontrar las viñas perfectas para nuestros vinos nos ha costado mucho tiempo, mucho más que todo lo que nos va a llevar proyecto de la bodega», reconocen. Pero en este caso ya están obteniendo sus buenos reconocimientos.

En una antigua habitación de la casa familiar donde hace varias décadas estos amigos jugaban ahora lacran y etiquetan sus botellas. Una vez más, en este proyecto han llegado antes los vinos que la bodega. Son seis referencias en total correspondientes a tres marcas (La Billa, Hades y Vespertilio), con versión en blanco y tinto. Cada uno con su personalidad, su fruta, su explosividad. Cada uno con todo lo que representan Cámara y Tubia. «Los vinos siguen un poco la línea de elaboración de los vinos tradicionales de Haro, con largas crianzas para dar vinos con mucha estructura, finos y muy largos. Es cierto que nada tiene que ver este tipo de elaboraciones a tan pequeña escala con lo que estamos acostumbrados a hacer en las respectivas cooperativas donde trabajamos, donde los volúmenes son completamente diferentes, pero aquí podemos desarrollar nuestra experiencia después de 25 años en el mundo del vino a otro nivel».
Y con un proyecto tan local lo que buscan es que sus vinos también se consuman en este reducto jarrero. «El objetivo es que el vino de Arum se compre y se consuma en Arum, aunque también hagamos envíos a clientes. Pero hay que tener en cuenta que son producciones muy limitadas y si nos ponemos a trabajar con distribuidores al final no vamos a poder tenerlas para vender aquí. Lo que buscamos es que sea una forma de cerrar el círculo en este espacio, porque cuando conoces un proyecto desde dentro y de mano de sus protagonistas, la clave es probar ese vino en ese lugar del que nace». Un ejemplo de los tantos que van apuntándose (y los que quedan) esta pareja de amigos desde el frontón de Villa San Ignacio.



