El día anterior cayeron algo más de diez litros y eso, aún con la tímida luz de un reciente amanecer, deja huella en el campo. A las siete de la mañana las barcas azules vacías comenzaban a repartirse renque a renque en esa viña que plantó el abuelo Balbino en 1977 en el término de Alfaro. Una hectárea y media de viura en vaso cuyas hojas no ponen nada fácil la tarea. Los racimos todavía algo mojados parecen querer esconderse de las manos del viticultor que rebusca entre el follaje ansioso por llenarse la palma con un buen racimo, de esos que pesan. «Porque si ya de por sí hay poca uva, como para andar dejándonos racimos». Pues eso. Toca ir ojo avizor y no dejar que ninguna se quede en la viña.
Es el primer día de vendimia para Temerario Vinos. Alejandro Perfecto, la mente inquieta que impulsó este proyecto vitivinícola desde Aldeanueva de Ebro en 2023, está recogiendo la primera uva de la campaña (y probablemente las primeras viuras de Rioja), siendo esta la única viña de blanco que tiene. Una parcela que el año pasado se vendimió un 4 de septiembre y que en 2023 llegó a recogerse un 21 de agosto. «Yo creo que este año sí va en fechas, con un grado que está entre 12,5 y 13 de alcohol». Lo que no van esta vez son los kilos. «Esta viña siempre ha traído el papel, que vendrían a ser unos 13.000 kilos. Bien, pues este año le echo unos 6.000 kilos y a ver si llegamos. Es que vas a las cepas y te encuentras un racimo por pámpano y, a veces, incluso un racimo por brazo».
La mañana, más allá del agua que mojaba a primeras horas, no ha comenzado de la mejor manera. De los cuatro o cinco trabajadores que esperaban para vendimiar tan solo se han presentado dos. «Así que toca agachar más el riñón, no se puede hacer otra cosa…», refleja con resignación mientras su hermano Guillermo continúa llenando cajas, también siempre al pie de las vendimias. Un asunto, el de la falta de mano de obra, que este año más si cabe se ha vuelto más acusado: «Tal y como viene la cosecha de escasa en kilos va a haber más problema todavía para encontrar cuadrillas porque se van a juntar las vendimias en las diferentes zonas de Rioja». Por delante tienen para recoger unos 2.000 kilos de viura, mientras que otros 2.000 se dejarán para el día siguiente y el resto, se llevará a la cooperativa del municipio.

Esta vez su padre José Antonio no podrá unirse a la cuadrilla de la viña. «Y no sabes la rabia que me da. Yo no puedo estar aquí afuera mirando mientras ellos van cortando y cargando las cajas. Mi vida está ahí dentro, como he estado siempre», reconoce este veterano agricultor. Pero a veces la salud obliga a uno a parar por mucho que se niegue. Confía, eso sí, en el buen hacer de sus hijos, aunque el afán por la faena le puede y aún rebusca entre las hojas esas uvas camufladas que por algún descuido se han quedado colgando de los pámpanos. Toda ayuda cuenta.
Pero en esta mañana en la que los cielos nublados quitan el protagonismo al sol hay otro par de manos que también echa una mano a cargar cajas. La relación que une a Bárbara Palacios con Alejandro se remonta a hace dos campañas, cuando esta enóloga natural de Alfaro le abrió las puertas de su bodega en Briones para que el de Aldeanueva elaborase allí sus cosecha. Aquí las distancias parecen no tenerse mucho en cuenta. ¿Qué más da recorrer unos 100 kilómetros cada día entre el origen de las uvas y su destino? Solo hace falta voluntad y esfuerzo porque un sueño se cumpla.
Las viñas de Bárbara, en Haro, todavía siguen madurando hasta que les llegue el momento óptimo de vendimia, pero antes llegará la cosecha a Bodegas Casa la Rad, en Ausejo, donde este año se estrena como enóloga de la casa. Así que comienza una campaña en la que la rutina no es una opción para ella. Tanto es así que su presencia en la vendimia de esta viura de Alejandro responde al lanzamiento de un nuevo vino. Fue en 2022 cuando esta enóloga viajera decidió apostar por hacer blancos, plantando una viña de garnacha blanca en San Felices, a los pies de los riscos de Bilbio de Haro. «La idea inicial era elaborar un monovarietal, por eso aposté por la garnacha, que está también menos extendida y tiene más potencial en estos casos. Pero José Antonio fue el que me dio la idea de mezclar esta uva con la viura de su hijo. Aunque la garnacha sigue siendo la mayoritaria en el vino, con un 70 por ciento de presencia, el toque que da la viura va muy bien y la mezcla en sí aporta bastante. Además, es una forma de representar esa unión entre Haro y Alfaro», destaca Bárbara.

Pero hay más, porque la viura de Alejandro también va a llegar a manos de Ana Murillo, hostelera que regenta la cervecería pamplonesa El Retrogusto es mío. Un establecimiento que conoce bien los vinos de Temerario. «Cuando probó Temerario Viura le gustó mucho y empezó a llevarse cajas. Al final ella tiene una buena capacidad de venta. Lo que ha decidido ahora es elaborar una viura a su gusto, personalizada. La base del vino la elaboro yo junto con mi partida y luego ella le aporta la crianza que considera oportuna, con un tipo de barrica y una duración concretas», apunta Alejandro.
En concreto se trata de un proyecto colaborativo que realiza con dos amigos más (Urko Barros y Gorka Mauleón). Primero apostaron por un tinto y después por un rosado. Ahora era el turno del blanco y la viura de Alfaro era la idónea. «Recuerdo que el blanco de Alejandro lo bebimos tras vendimiar la añada 2024 del tinto. Juntos, en un día precioso de mucho trabajo. Conforme lo bebíamos, nos miramos y pensamos: esta es la viura que deberíamos hacer. Así que este año nuestro vino va a ser con Alejandro. La idea de esto es aprender no solo del elaborador, sino de la zona, su historia, cultura y tradiciones. La gente de la que nos rodeamos, vive para la viña y el vino, como nosotros. Como Barbara, como Alejandro. Y en esas estamos, aprendiendo», relata la hostelera desde su local en Pamplona (el ajetreo del día a día le ha impedido acercarse a ver la vendimia se lo que será su futuro blanco).
De la producción de esta viña vieja de blanco, 300 litros irán a parar a Ana, otros 300 litros serán para Bárbara, y el resto irá para Temerario Viura. Poca producción, eso sí, algo que este año no juega a favor de los intereses de este viticultor y enólogo de Aldeanueva: «A mí me gustaría poder sacar este vino más tarde porque creo que es algo eterno, una viura vieja bien elaborada que es capaz de aguantar perfectamente en el tiempo. Lo que pasa que no siempre es posible porque también hay que abastecer la demanda».
«Las variedades blancas autóctonas que tenemos suponen un patrimonio enorme, pero se han empeñado en traernos variedades foráneas que no tienen el mismo nivel identitario. Es que no hay color. Sales fuera a vender y ves cómo lo que gusta es ver la zona e identidad de un vino, pero si recurrimos a variedades que están más extendidas en diferentes regiones no marcamos la diferencia», aporta Bárbara mientras las cajas de uvas blancas van copándose. «Habrá poca uva, pero está buenísima», ratifica Alejandro.
¿Cuestión de calidad?
El buen gusto que le deja una baya en la boca se contrapone con el contexto que a su parecer están dejando las nuevas directrices del Consejo Regulador en lo que él considera el patrimonio y la base de la DOCa Rioja: sus viticultores. «No hay que olvidar que si Rioja es lo que es hoy en día es gracias a ellos. Rioja ha sido una denominación respaldada por esa figura del viticultor, pero ahora se la están cargando con recortes tres recortes. ¿Y qué pasaría si desaparecen? Porque hay bodegas, aunque pocas, que sí les va bien pero no son capaces de asumir todas las hectáreas de viñedo que hay en la denominación. El problema está cuando criminalizan al viticultor por querer llenar su cartilla cuando esa es la única manera de que su explotación sea viable con los precios que hay hoy en día», sentencia.
«Hasta hace pocos años daban rendimientos por encima del cien por cien y nadie decía nada, pero ahora nos bajan al 70 por ciento (el Consejo Regulador ha adjudicado 4.500 kilos por hectárea a los viñedos de Aldeanueva de Ebro). Antes convenía y cerraban los ojos, como ocurrió en la helada de 2017, cuando nos ampararon el 115 por ciento en tintas (7.475 kilos por hectárea) porque en otras zonas se perdió mucha producción, pero ahora no necesitan vino y cierran el grifo. Pero se lo cierran al viticultor. Aluden a que es una medida por la calidad, pero el sector productor no lo ve así porque cuando ha interesado entonces no han mirado tanto la calidad. Es decir, que aquí se decide en base al mercado y no a la calidad. ¿Por qué entonces no se han tocado los rendimientos de las blancas? Pues porque se vende todo», añade.



