El odio se ha instalado en la conversación pública. Es más que evidente el aumento de discursos que promueven el rechazo a ciertos colectivos, especialmente en redes sociales gracias al anonimato que estas proporcionan. Pero también amparados por partidos de extrema derecha que ya están presentes en muchas instituciones públicas y cuyos seguidores son cada vez más jóvenes. El problema se hace tangible cuando esos discursos traspasan la pantalla y se materializan en delitos de odio.
«Un discurso de odio es aquel que atenta contra los valores europeos, democráticos y de derechos humanos, contra la dignidad de unos colectivos que tienen unas características protegidas que pueden ser como, por ejemplo, el género, la etnia, la religión, la clase social», explica María Lasanta, profesora de Sociología de la Universidad de La Rioja.
En el caso de España, «las personas a las que más se dirigen los discursos de odio son las personas procedentes de África», señala. Este tipo de discursos en línea aumentan considerablemente ante episodios de inseguridad ciudadana: «De hecho, hubo un pico muy grande el pasado 11 de julio, cuando sucedió toda la cuestión de Torre Pacheco. En este caso en concreto se ha observado que los instigadores tienden a ser hombres, de mediana edad y de nacionalidad española».
Ahora se habla mucho de grupos ‘ultras’, que «por supuesto los hay», pero no son los únicos instigadores. «Los discursos de odio pueden venir de figuras mediáticas con determinada autoridad, que pueden ser desde medios de comunicación, periodistas pertenecientes a esos medios, influencers y puede ser cierto partido político, que es Vox», puntualiza Lasanta.
En el caso de Vox, Lasanta explica que no tiene muy claro si el suyo es un discurso de odio, «pero al menos sí es un discurso ofensivo». ¿Y esto qué significa? No son lo mismo un discurso de odio que uno ofensivo o impopular. «Los segundos son aquellos que nos pueden llegar a impactar, que tienen la capacidad de ofender y de impactar negativamente en la sociedad, pero que no se sale de los límites de la libertad de expresión».
Una de las técnicas que más se emplean en estos discursos es la deshumanización, pero, ¿cómo se puede deshumanizar? «Atribuyendo calificativos o procesos, en vez de hablar de personas, es una forma de deshumanizarla. Por ejemplo, y esto es algo que maneja muchísimo Vox, en vez de hablar de personas con una situación administrativa irregular, hablan de ilegales, lo que genera una criminalización simbólica al mismo tiempo que se deshumaniza».
En todo el proceso de difusión de estos discursos juegan un papel fundamental las redes sociales. «Las redes sociales no, porque por sí solas no hacen nada: los responsables son los usuarios», matiza Lasanta. Para lo que sí sirven estas plataformas es para ser un gran altavoz: «Son un medio de difusión tremendo, y si tú amplificas las audiencias, también amplificas las consecuencias». A ojos de María, lo que sí debe existir es «una coordinación entre las personas que dirigen estas plataformas con las leyes existentes y con las recomendaciones en materia de derechos humanos, de cara a detectar y eliminar contenido que se considere que es un discurso de odio y, por lo tanto, es punible porque puede llegar a tener consecuencias nefastas».
Las consecuencias son para todos
Consecuencias de la difusión de este tipo de discursos «hay para todos», aunque las principales afectadas sean las minorías. Lasanta señala que es importante recordar que cuando se habla de minorías, no solo «se refiere a personas inmigrantes».
La principal consecuencia a corto plazo es el aumento de la «sensación de miedo, desconfianza y ansiedad». Otra consecuencia es «la normalización de la presencia de estos discursos» en la esfera privada, pero también en la pública.
Además, ahora vivimos en una situación muy particular: «Nunca antes habíamos tenido tantísima información», lo que, aunque parezca contradictorio, está llevando a «una especie de anestesia colectiva, en el sentido de que esa información debería movilizarnos, pero parece que está generando el efecto contrario: una especie de apatía generalizada».
Estas dos consecuencias generan «la normalización del racismo estructural » que no es otra cosa que la normalización del racismo y la xenofobia, lo que tiene «la capacidad de acentuar la crispación ya existente, dañar las relaciones vecinales y generar una especie de división étnica».
A largo plazo, todos estos discursos de odio tienen «la potencialidad de llevar a cometer delitos de odio». Para Lasanta es fundamental que exista «una condena a nivel político institucional de este tipo de discursos, porque si no la hay, puede llevar a una mayor polarización de la sociedad».


