Carlos Bacaicoa ha vivido su vida profesional entre llamas. Bombero en Logroño, desde que se jubiló ha trabajado en diferentes causas. El pasado lunes, Carlos hacía la maleta a toda prisa. Podía haberse quedado en casa, en su merecido ‘descanso del guerrero’ tras décadas de servicio, pero no lo dudó cuando sonó el teléfono: al otro lado, un técnico de incendios forestales de Castilla y León que había trabajado con él en la Dana le pedía ayuda. Horas después, Carlos ya estaba en Ponferrada, preparado para volver a ponerse al frente de una emergencia que él mismo define como “una de las más complicadas que he visto en mi vida”.
“Estos incendios son distintos, no son los que conocíamos”, explica. Se refiere a lo que los expertos llaman incendios de quinta o sexta generación, fuegos que se retroalimentan, que generan sus propios vientos y hasta su propio clima. “Aquí la tierra está seca, hace dos meses que no llueve en una zona que está acostumbrada a ser muy húmeda. Cuando el incendio se enciende, genera tal calor que expulsa el aire caliente hacia arriba y deja un vacío debajo. Entonces entra el aire frío con muchísima fuerza y alimenta aún más las llamas”. El resultado: un círculo vicioso casi imparable. «Hay frentes de fuego de 70 kilómetros».

Por las mañanas parece que todo está controlado, pero con la llegada de la tarde, los vientos cambian y lo que estaba tranquilo se descontrola en minutos. “De repente entra en peligro un pueblo entero”, cuenta Carlos. Y añade que, en este contexto, a veces lo único que se puede hacer es esperar al fuego en carreteras o en los accesos a las poblaciones y frenarlo allí, con todos los medios disponibles.
Frente a la magnitud de la emergencia, Bacaicoa insiste en que los bomberos y brigadistas están trabajando al límite de sus fuerzas. “Pero hay que ser realistas: aunque vengan todos los bomberos del mundo, si no llueve no podremos apagar estos incendios”. Lo dice con crudeza, consciente de que se trata de un terreno muy abrupto, de valles escarpados donde el fuego avanza como la pólvora. “He visto cómo se saltaba un cortafuegos recién hecho como quien salta una acera”, describe.
Los medios aéreos, en teoría decisivos, tampoco lo tienen fácil. “Las llamas son tan altas que ni los helicópteros ni los aviones pueden acercarse lo suficiente. A veces tienen que lanzar el agua desde lejos y eso apenas sirve”. Además, el humo denso reduce la visibilidad y pone en riesgo a los pilotos, que llevan jornadas eternas con apenas unas horas de descanso. “Están agotados, pero siguen, porque saben que cada vuelo sirve de algo”, relata.

La fatiga también alcanza a los equipos de tierra. Carlos describe la coordinación como un auténtico rompecabezas: bomberos forestales de la Junta, brigadas privadas, efectivos de la UME, incluso refuerzos de otras comunidades vecinas e incluso internacionales. “Cada uno obedece a sus mandos y muchas veces no hay emisoras comunes. Hemos llegado a pedir agua a un helicóptero y nos han dicho que no tenían forma de hablar con el piloto”.
En medio de esta situación extrema, surgen también los vecinos que se niegan a quedarse de brazos cruzados. “Son gente dura, acostumbrada al monte, que conoce cada piedra del terreno. Y ayudan, claro que ayudan. Pero también complican las cosas”. Carlos recuerda un momento en el que unos agricultores, intentando proteger sus frutales, encendieron un contrafuego sin coordinación. “Nos dejaron atrapados entre dos frentes”. Entiende su desesperación pero pide prudencia. «Lo primero es no poner vidas en riesgo».
Por eso insiste en que no cualquier voluntario puede trabajar en un incendio forestal. “Aquí hace falta gente que venga con sus propios equipos, con conocimientos y, sobre todo, estar integrados en una brigada, no pueden ir solos. Todo lo que no sea así es demasiado peligroso”.

Pese a todo, el veterano bombero reconoce que entiende la desesperación. “Imagínate que ves cómo el fuego baja hacia tu pueblo. O hacia la granja donde tienes las vacas. Es normal que intentes defender lo tuyo. Pero la falta de información les hace subestimar el riesgo. Ellos ven solo un fuego, el que tienen enfrente. Nosotros tenemos información de todos los frentes y sabemos que el viento puede cambiar en minutos y rodearlos”.
Entre tanta tensión, también hay historias que dejan huella. Carlos recuerda cómo, en plena evacuación, se encontró con una reala de perros de caza encerrados en jaulas. “Pregunté a un vecino si podía soltarlos y me dijo que sí. Abrimos las jaulas. Fue un alivio, porque de no hacerlo se habrían quemado”. Días después, en otra aldea arrasada, vio perros con quemaduras graves porque sus dueños no habían podido soltarlos a tiempo. “Es muy duro. Igual que desalojar a personas que no quieren dejar sus casas. Pero lo más importante es salvar vidas, y eso implica decirles que si no hay dos vías de salida no pueden entrar. Es la primera regla”.
Carlos lleva desde el lunes en la zona de El Bierzo y no sabe con certeza cuándo volverá. “Espero regresar el lunes, porque voy a ser abuelo. Mi hija mayor está a punto de dar a luz y eso está por encima de todo”, confiesa con una sonrisa que se nota incluso a través del cansancio.
Su presencia en León no deja de ser una paradoja: un bombero retirado que, en lugar de descansar, vuelve a arriesgarse en uno de los incendios más graves que recuerda España. “Es lo que he hecho toda mi vida. Cuando me llaman y sé que puedo ayudar, voy. No sé hacerlo de otra manera”.
Y así, mientras espera que llegue la ansiada lluvia, Carlos Bacaicoa sigue en primera línea, recordando que, a veces, la vocación no entiende de jubilaciones, ni de frentes kilométricos, ni de límites.


