Turistas y locales se entremezclan en su interior. Se sientan en los bancos de madera o recorren sus pasillos lentamente. Algunos, rezan en silencio. Otros, toman fotografías. Los hay que visitan La Redonda por motivos religiosos y los hay que lo hacen por amor al arte.
Al fondo, se encuentran la sacristía y diferentes despachos y salas. Es la retaguardia de la concatedral. Lo que allí ocurre se escapa a los flashes de los turistas: catequesis, talleres de apoyo, grupos de reunión…
Entre todas estas salas está el despacho de Víctor Manuel Jiménez. El que lleva siendo párroco de La Redonda tres años, ha tenido una vida liga a la fe, «desde que tengo memoria». Su pueblo natal, Autol, jugó un papel fundamental en todo esto. Desde pequeño iba a misa con su madre. Después, entró a la parroquia, «al grupo de monaguillos», recuerda que en su pueblo había «muy buenos sacerdotes». También se involucró mucho en «todo el tema del tiempo libre con el grupo Scout».
«Todo este entorno me fue llevando a la decisión de decir: Igual me llama el Señor a hacer lo mismo que a mí me hace bien para que a otros les pueda hacer bien». Y, con solo trece añitos, Víctor ingresó en el seminario de Logroño. Desde entonces ha recorrido gran parte de la geografía riojana, pero también extracomunitaria: Haro, Burgos, Madrid, Calahorra… hasta terminar en La Redonda.

Sabe de sobra que mucho de lo que hacen desde la Iglesia no es conocido: «Tenemos el mejor producto, pero el peor marketing». Se ríe mientras lo dice, pero sabe que es verdad. Todo su trabajo pastoral ha estado acompañada de una importante labor social, pero también cultural y de escucha: «Escucho mucho, vienen muchas personas a hablar conmigo. Sobre todo, jóvenes que buscan un sentido en la vida y después de buscar mucho fuera vienen a ver qué es lo que les ofrece la Iglesia».
La Redonda, además de ser uno de los edificios más icónicos de Logroño, es también una de las pocas catedrales españolas donde es gratis entrar. Víctor es consciente del nexo de unión entre ateos y creyentes que es el arte: «El patrimonio lo restauramos y lo conservamos para que la gente encuentre un oasis espiritual en medio de la ciudad». La cultura es una de las grandes aliadas en su misión. “La gente busca cultivarse, y la Iglesia tiene una cultura viva y milenaria, y cuando la descubren por primera vez, algo se mueve dentro de ellos”. A través de la cultura, «vibras con personas con las que no coincides en pensamientos».

Una de las cosas que más le llenan es acompañar a lo largo de la vida de las personas: “El acompañar desde el principio hasta el final con esperanza y portando fe. Riendo con el que ríe y llorando con el que llora».
¿Se arrepiente alguna vez de haber elegido este camino? Lo tiene claro. “No he echado en falta otra vida. Aunque me exija mucho, me llena las 24 horas del día». Además, los creyentes «tenemos la confianza de que es Dios el que, desde que naces, te pone una misión que tienes que cumplir. Es tu trabajo descubrir cuál es. La fe te da luz en todas las decisiones que tienes que tomar».

Más que crisis de fe, Víctor ha dudado en ocasiones «si podría estar a la altura de la vocación sacerdotal». Nunca ha dudado: «Crisis de fe en el sentido de si Dios existe o no, nunca he tenido. La fe una vez que la tienes, vas madurándola». Aunque reconoce que sí que ha tenido momentos de debilidad, sobre todo, cuando ve «el mal, las guerras, las muertes injustas… Ante el mal te preguntas qué te quiere decir Dios», pero estos momentos, le sirven para reafirmarse, «Dios siempre responde». Eso sí, Víctor duda «mucho del que nunca ha tenido ninguna duda de fe».
Se pasea por los pasillos y las capillas de La Redonda como Pedro por su casa, porque en cierta parte lo es. Saluda y se para a hablar con los visitantes, a muchos de los locales los conoce por su nombre. Víctor habla con la certeza de que su fe es la correcta. Sin embargo, en ningún momento trata de imponer sus ideas. Un ‘rara avis’ hoy en día


