La Rioja

El corazón verde de la Rioja: los custodios de los montes

Cuando el monte lanza el primer suspiro de humo, sus botas son las primeras en pisar el terreno

Foto: Fernando Díaz/ Riojapress

Son los ojos, las manos y la conciencia de los montes riojanos. Los agentes forestales patrullan, protegen, previenen, investigan… Funcionarios de carrera, sí, pero sobre todo, servidores vocacionales del medio natural. Michel Marín, con más de dos décadas a sus espaldas, y Jaime Bravo, con siete años de servicio, representan a un cuerpo que conoce los montes riojanos como la palma de su mano y que vela por su conservación día tras día.

En La Rioja son apenas 80, pero sus competencias son muchas, casi tantas como su compromiso. El agente forestal es un auténtico todoterreno. «Hacemos de todo: seguimiento de fauna, vigilancia de vertidos, gestión de aprovechamientos forestales, control de caza y pesca, asesoramiento administrativo…», enumera Michel. Y eso sin contar las emergencias.

FERNANDO DIAZ

Porque cuando el monte lanza su primer suspiro de humo en un incendio, el primer par de botas que pisa el terreno suele ser el suyo. Son los primeros en llegar. «El 112 contacta con el más cercano para valorar la situación y coordinar la primera intervención», explica Michel. Y allí están: decidiendo si se necesitan medios aéreos, trazando líneas de cortafuegos, organizando el ataque inicial. «Y cuando el incendio termina, nosotros seguimos», añade Jaime. Porque queda rematar el perímetro, elaborar informes, investigar el origen. «El 95 por ciento de los incendios los provoca el ser humano, muchas veces por descuido». Y en estas semanas de riesgo extremo, el mensaje es claro: precaución, sentido común y responsabilidad. La Rioja no es tierra de grandes incendios, pero el siguiente «puede estar a la vuelta de la esquina».

Más allá, el trabajo del agente forestal tiene su propio calendario. Otoño: setas, permisos, cupos, pedagogía. Invierno: caza, actuaciones silvícolas, vigilancia en zonas remotas. Primavera: vigilancia de nidos, control de especies protegidas, programas de sensibilización.

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Durante todo el año hay espacio para casi todo: rescates de personas perdidas, lucha contra el furtivismo, trabajos en altura, desmantelamiento de infraestructuras ilegales en el monte. «Nuestro trabajo es bastante desconocido», reconocen. Entre sus tareas está escalar hasta nidos en cortados y riscos para colocar GPS a aves o recuperar fauna herida. En 2024 ya se batió el récord histórico de animales ingresados en el Centro de Recuperación de la Fombera. A mitad de este año, ya han superado esa cifra.

El trabajo con la fauna va desde lo más pequeño —una tortuga exótica abandonada— hasta lo monumental: el seguimiento del visón europeo, el mamífero más amenazado de Europa. También colaboran en la protección de especies clave como el aguilucho o el águila perdicera.

Uno de los aspectos menos conocidos —pero fundamentales— del trabajo forestal es su papel como ‘ventanilla rural’ de la administración. Informan a vecinos, asesoran a agricultores y ganaderos, resuelven dudas sobre normativa y permisos. «La gente te llama porque confía en ti».

Pero también son autoridad. Policía judicial en delitos ambientales. Y esa dualidad no siempre es fácil. «Muchos nos ven como aliados… hasta que hay que denunciar. Entonces no todos entienden que también somos agentes de la autoridad», admite Jaime.

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Cada agente tiene asignada una demarcación: una zona que conoce mejor que nadie. «Sabemos dónde anidan las especies, por dónde merodean los furtivos, qué finca tiene un problema con fauna protegida». Esa cercanía los convierte en figuras clave para detectar problemas antes de que escalen. «Por ejemplo, avisamos a agricultores cuando detectamos nidos de aves amenazadas en zonas de cosecha. Así se puede adaptar la siega y evitar la pérdida».

El coche es su centro de operaciones. Siempre va equipado: emisora, mapas —que el GPS no ha sustituido del todo—, herramientas básicas. El cuerpo cuenta también con unidades especializadas: pilotos de dron, búsqueda de personas o seguimiento de fauna; un equipo de trabajos en altura; otro centrado en la investigación de incendios; un grupo dedicado a casos de envenenamiento; e incluso dos perros adiestrados para la detección de fauna o personas. Y no se olvidan de la educación ambiental. «Tenemos programas como Ayudantes Forestales o la Patrulla de Prevención de Incendios».

Con el paso del tiempo, la naturaleza cambia. Ellos lo saben mejor que nadie. «Antes los pueblos estaban llenos de pastores y agricultores. Ahora hay senderistas, bicis, gente que no conoce la zona…». El monte se ha convertido casi en un parque temático. Y eso trae consecuencias. «Hay más sensibilidad ambiental, sí, pero también más desinformación, menos conocimiento del mundo rural». A esto se suma la despoblación de gran parte de los municipios de la sierra, que hace que los animales salvajes encuentren cada vez menos barreras humanas para acercarse a los municipios… y con ellos, a los cultivos. «La primera línea de defensa se está desdibujando que eran los habitantes de esos pueblos está desapareciendo».

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Valoran y mucho, la conciencia de los riojanos por su medio natural. «Nos creemos muy urbanitas, pero casi todos tenemos familia en un pueblo, o subimos a veranear. Y eso crea un vínculo». Aunque no siempre. «En época de setas la cosa cambian», dicen medio en broma medio en serio. «La gente se desmadra. Es increíble».

Son mucho más que vigilantes del monte. Custodian un patrimonio natural, actúan como primera línea frente a fuegos, y son clave en la conservación de especies, la gestión sostenible del medio rural y la prevención de delitos ambientales. Su labor, muchas veces silenciosa y desconocida, es esencial para garantizar que los montes riojanos sigan siendo un espacio vivo, diverso y protegido para las generaciones que vienen.

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