CARTA AL DIRECTOR

La Gaita de Cervera y el falso argumento de la tradición

EFE/ Raquel Manzanares

A los pies de la sierra de Alcarama y a orillas del río Alhama, Cervera del Río Alhama es un municipio de 2.255 habitantes y una extensión de 152,6 kilómetros cuadrados dividido en dos barrios; el de arriba, de Santa Ana, y el abajo, de San Gil, quienes son también sus dos patrones, que celebran respectivamente el 26 de julio y el 1 de septiembre con una danza ancestral: la Gaita.

La Gaita es una danza procesional, es decir, que se baila desfilando, que tiene su origen en 1123, con la fundación por Alfonso I el Batallador de la cofradía de San Gil, de naturaleza militar, donde surge como formación soldadesca que acompañaba a las autoridades. Documentada desde el siglo XVI, y sin emplear armas de fuego ni recrear enfrentamientos bélicos desde el XVIII, es una danza enérgica, de origen agrario y sagrado, y con una marcada interculturalidad musical, coreográfica y de atuendo dada su situación geográfica en la zona fronteriza de La Rioja con Soria, Aragón y Navarra.

Es también una danza ritual de paso masculina, en la que tradicionalmente sólo participan hombres cerveranos solteros, que dejan de bailar cuando se casan. Es, por tanto, una danza de origen guerrero, extenuante y netamente viril en su origen, con la que los hombres pretendían enamorar a las mujeres a su vuelta del frente.

Desfilando en dos filas, dirigidas por los “banderas”, vestigio de las alabardas, uno delante y otro detrás, van haciendo pasos, figuras o números: forman letras, como VSA (Viva Santa Ana) o VSG (Viva San Gil), o formas como la alpargata, las tijeras o la aguja, típicas y representativas del pueblo, que ha destacado históricamente por su producción alpargatera.

Danzan al ritmo de cuatro tonadas tradicionales, que antes fueron ocho, interpretadas por dos gaitas navarras y un tambor. Los “banderas” portan un palo encintado acabado con una faldilla con motivos de los patronos, cintas y flores, y el resto de danzantes marca el ritmo con las pulgaretas, un tipo de castañuelas que se tocan hacia el pecho, y que decoran con vistosos firifollos, una especie de escarapelas.

El traje consiste en una camisa blanca lisa, pantalón blanco largo ribeteado a los costados con cita de bordado de color, fajín de color blanco bordado en azul con motivos de los patronos, dos mantones estampados de vistosos colores cruzados en el pecho y la espalda y alpargata blanca de cintas rojas cruzadas.

El 27 de julio, día de Santanilla, se instaló hace años la costumbre de que los veteranos, exdanzantes, entrasen a bailar junto con la Gaita tradicional, como también lo hacen los niños, que formaron una Gaita infantil. Desde 2013, dos mujeres se unían también a la danza ese día sin prácticamente ningún problema, hasta que en 2016 las dos cofradías de Santa Ana y San Gil iniciaron una guerra contra la incorporación de sus vecinas a la danza –que se vieron obligadas a organizarse en una Gaita Mixta paralela–, que cada año nos deja una imagen más sórdida y repulsiva: pararles la música, insultarlas y empujarlas, emitir hojas parroquiales reaccionarias, apagarles las luces, darles la espalda… y, este año, colocar a la comparsa de gigantes obstaculizando la vía pública.

Pero analicemos cuáles han sido sus argumentos para justificar la inadmisión femenina en la danza e iremos viendo como las gaiteras y sus compañeros han ido refutándolos con hechos hasta dejarles sólo con uno, que cae por su propio peso. Primero dijeron que no tenían el traje regional completo y correctamente conformado y que no realizaban ensayos, por lo que no podían ejecutar los números –algo normal cuando se empieza a participar en una actividad organizada–, pero, con los años, fueron conformando sus propios uniformes y comenzaron a realizar ensayos previos a las fiestas, por lo que este argumento quedó invalidado.

En esos momentos iniciales también esgrimían que, al tratarse de un baile muy enérgico, en constante movimiento, las mujeres no iban a tener la fuerza física suficiente para aguantar toda la procesión y el resto de días de las fiestas –un prejuicio fácilmente rebatible desde un primer momento por lo arcaico de su base–, pero las mujeres bailaron en todo el recorrido de la procesión y durante todas las fiestas, refutando empíricamente su trasnochado argumento.

Después, no les quedó más remedio que pasar a otro argumento, o más bien excusa, afirmando que ellos no estaban en contra de que las mujeres bailasen en una agrupación paralela y fuera de los actos de las Cofradías, un discurso que nunca cumplieron en la práctica y que hace años que ni siquiera mantienen, negándose a aceptar cualquier Gaita paralela, y que, en cualquier caso, supone de por sí una exclusión de la tradición como tal. Y es que ellos acusan a la Gaita Mixta de tratar de imponerse, pero la realidad es bien distinta: ellas intentaron bailar con ellos y ellos dieron la orden de parar la música. Ellas se apartaron para seguir bailando sin interferir en el baile oficial y ellos siguieron parando la música. Ellas se reunieron con ellos y ellos se rieron de ellas y trataron de intimidarlas. Ellas contrataron a sus propios gaiteros y ellos les apagaron la luz cuando intentaron bailar en el interior de la iglesia. Ellas bailaron en las escaleras exteriores del templo y ellos les dieron la espalda. Ellas bailaron en la calle y ellos intentaron impedirlo colocando a los gigantes para obstaculizarlas.

Agotados sus argumentos o excusas, sólo les queda apelar a su derecho u obligación de mantener intacta una tradición histórica. Pero aquí la cuestión es qué es la tradición y qué valor le damos socialmente. La tradición no puede ser esgrimida como un argumento en sí misma porque estaríamos recurriendo a una falacia. La tradición no es sino la costumbre o el hábito heredado o adquirido y mantenido en el tiempo, no una ley natural ni un contrato social inquebrantables.

Que algo se haya venido realizando de la misma forma hasta ahora no quiere decir que no pueda o deba alterarse o adaptarse ni nada más allá de nosotros como un todo social impide que evolucione. De hecho, es caer en un falso relato esencialista el afirmar que las costumbres se han mantenido inalteradas desde sus orígenes, pues, del mismo modo que la antropología ha demostrado que es muy difícil que una sociedad rompa drástica y absolutamente con sus costumbres heredadas y aprehendidas, es también inevitable que las costumbres y usos de una sociedad cambien y evolucionen con esa sociedad, como lo han hecho a lo largo de los siglos y como deben seguir haciéndolo.

Las tradiciones, como reflejo de una sociedad y un tiempo, han evolucionado y evolucionan naturalmente al tiempo que lo hacen éstos. Y lo han hecho siempre; las tradiciones no se han mantenido eternamente invariadas desde su creación en apenas ningún caso. Y el folclore, por su propia definición y etimología como sabiduría del pueblo o conjunto de costumbres y creencias populares, debe ser reflejo y expresión del sentir y forma de ser del pueblo al que pertenecen. Y está claro que la sociedad ha cambiado.

Y, aunque este argumento es comprensible desde un punto de vista meramente antropológico y etnográfico, la tradición no puede quedarse anclada en el pasado ni aislada en su valor histórico, sino que debe vivirse en y desde el presente y mirar hacia el futuro. De lo contrario, corre el riesgo de perder el ritmo del presente y quedar olvidada o simplemente recordada como un mero episodio pasado y no como una costumbre viva y actualizada a su tiempo.

Foto: Raquel Manzanares (EFE)

Y, además, gracias al trabajo de antropólogos, folcloristas, etnógrafos e historiadores, el origen y desarrollo “tradicional” de la danza de la Gaita de Cervera del Río Alhama han quedado lo suficientemente documentados y, quien quiera conocerlos, podrá seguir haciéndolo como hasta ahora, ya que lo que se busca no es cambiar la historia ni el relato del origen de la tradición, sino su desarrollo presente y futuro, pues hay que conocer lo que se bailó, pero hay que bailar en el presente y hacia el futuro.

Y es más, quien se ponga a bucear en los orígenes de la tradición, se dará cuenta de cómo la introducción de mujeres en la danza no es ni de lejos el primer cambio. ¿Estamos seguros de que la vestimenta o las banderas no ha cambiado desde el siglo XVI? ¿No desvirtúa la tradición el hecho de que sólo se conserven cuatro de las ocho melodías originales? ¿Desde cuándo se hacen figuras como las agujas, alpargatas o letras y cuándo fue la última vez que se introdujeron nuevos números? ¿Dónde ha quedado la figura del gracioso, simple o bobo? ¿Acaso siguen participando en ella únicamente hombres solteros y naturales de Cervera? ¿Bailan estos mozos para celebrar su regreso de las quintas y cortejar a alguna mujer? ¿Desde cuándo se permite que los exdanzantes participen en el baile el día de Santanilla? ¿Cuándo se creó la Gaita infantil? Todo depende de qué consideremos esencial en la tradición y en qué momento consideremos que empieza a ser intocable tal parte esencial a mantener sin cuestionar.

Estoy seguro de que muchos cerveranos contrarios a la incorporación femenina lo hacen convencidos de verdad por ese supuesto argumento de la tradición –que no es tal–, pero también hay otros tantos que lo que realmente buscan es seguir manteniendo un protagonismo, preeminencia y poder, aunque sean simbólicos y muy puntuales, en una sociedad en la que las mujeres han conseguido ir ocupando cada vez más espacios reservados hasta entonces a los hombres.

EFE/ Raquel Manzanares

Por eso, cuando se dice que las mujeres no respetan el espacio de los hombres mientras ellos sí respetan el espacio femenino, nos enfrentamos a una afirmación peligrosa, cuando no mentirosa. Lo que ocurre no es que los hombres respeten el espacio de las mujeres y las mujeres no hagan lo mismo con el de los hombres, sino, más bien, que las mujeres han dejado de conformarse con ocupar el espacio que los hombres habían reservado para ellas hasta entonces desde su posición de poder y dominación, mientras los hombres exigen a las mujeres que se sigan conformando con respetar ese espacio que tradicionalmente ellos les han impuesto. Además, la Gaita Mixta ha sido todo lo respetuosa que le han permitido ser desde que el conflicto comenzó y ha ido escalando por la negativa y el juego sucio de las Cofradías frete a su persistencia y voluntad de diálogo.

En ese sentido, hay quienes esgrimen que las mujeres ya tienen su espacio en la fiesta de la bandera el día de la Ascensión, en el que una doncella cerverana pone una bandera en la ermita de la Virgen del Monte. Este es un argumento que se repite constantemente en escritos y declaraciones de detractores de la Gaita Mixta, pero no hay noticia de ningún mozo cerverano que haya solicitado realmente, reuniéndose con la cofradía pertinente, poder ser él quien ponga la bandera.

Por el contrario, si se pregunta a cualquier miembro o partidario de la Gaita Mixta, serán los primeros en apoyar y defender que algún día pueda haber un “doncel” colocando la bandera en la ermita, siempre y cuando ese día las mujeres puedan también bailar sin trabas y en igualdad.

Y, del mimo modo que la tradición no puede estar por encima de la realidad social, tampoco puede estarlo por encima de la legislación vigente, y tanto la Constitución Española como la Declaración Universal de los Derechos Humanos amparan a las gaiteras. Es por ello que tampoco es válido amparar la exclusión femenina y revestirla de legitimidad bajo una votación supuestamente democrática de los cofrades.

Foto: Raquel Manzanares (EFE)

Y no lo es por un sencillo motivo: porque los derechos fundamentales no se votan y porque la normativa interna de una organización jamás puede contravenir ni imponerse frente al estado de derecho. De lo contrario, igual que hoy se vota una exclusión machista, mañana podría decidirse que, dado que en el siglo XVI no había personas negras, asiáticas ni latinoamericanas en Cervera, sólo podrán tomar parte en la danza hombres blancos.

Así, bajo el paraguas de la tradición, podría tratar de justificarse no sólo el machismo, sino también el racismo o la xenofobia y quién sabe qué más, aunque por suerte sólo es un supuesto. Pero que nadie se engañe, porque defender una posición inmovilista frente a una progresista, por muy tradicional y normalizada que esté, es también una posición política; una posición política reaccionaria, aunque en muchos casos se debe simplemente a una intransigencia irreflexiva inculcada e incuestionada, formada por la costumbre, pero infundada.

Las gaiteras y sus compañeros no quieren romper la fiesta, no buscan revolucionar, sino únicamente evolucionar, y lo que verdaderamente ansían es poder participar libremente de la vida cultural de su pueblo y tomar parte de forma activa en un rito de autoafirmación colectiva de su identidad local en condiciones de igualdad sin alterarlo ni modificarlo en otro aspecto que no sea el de permitir la incorporación de la mujer.

Porque, aunque algunos así lo quieran, el folclore no es rancio ni arcaico; es la sabiduría del pueblo, la tradición de un pueblo que evoluciona, y con él sus costumbres. Frente a la tradición como trinchera, la tradición como puente; frente a la tradición como reliquia de museo, la tradición viva y compartida por su pueblo; frente a la tradición como réplica muerta de sí misma, la tradición como exaltación colectiva del sentir de sus gentes presentes. El espíritu de los tiempos las ampara y la historia guardará un lugar para cada uno.

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