La Rioja

La huerta de la memoria: el sabor del producto riojano

Un hombre trabaja su huerto.

La gorra blanca de Hormigones Angulo está colgada en su sitio. El abuelo está en casa. La cachaba guarda en un rincón el descanso del guerrero. Es la que sostiene en cada paseo los poco más de setenta kilos menguantes de Eugenio, un hombre de rutinas y verdades como puños. A sus 79 años sigue cuidando de su huerto. Ahora que el sol ya calienta para la hora del almuerzo, aprovecha para estar en la huerta para las ocho de la mañana. «La tengo aquí al lado. Estamos en cinco minutos».

Siempre perfectamente cubierto con su gorra -«esta visera tiene casi más años que yo. Ya no se hacen cosas que duren tanto», explica con orgullo-, poco más de siete minutos más tarde se encorva hacia el suelo para comenzar a quitar las primeras malas hierbas del renque. «Aquí paso las mañanas, hasta que aprieta la calor; entonces me echo un trago de agua y vuelvo a casa a prepararme algo de comer». Eugenio vive solo, aunque no siente la soledad. Las mañanas las pasa entre verduras, hortalizas y cuatro frutales; a mediodía entre pucheros y alguna cabezada que otra; y por la tarde, al hogar del jubilado a echar una partida… «Y como quién no quiere la cosa, hora de cenar, ver alguna tontada de esas que ponen en la tele, y hemos echado otro día más».

Carretillero en una fábrica durante muchos años, Eugenio no es único es su especie. «¡Mira mis tomatas, cómo están ya!» No lo verbaliza, pero los ojos se le van a la finca más cercana. Riegan con el mismo agua, y sus plantas reciben el mismo sol, pero los tomates del vecino no están tan hermosos como los de Eugenio. «Se lo dije a la Rosa, que ya iban tarde, pero ha tenido al marido pachucho y no pudieron plantarlos antes». «No me hubiera costado nada a mí hacérselo», reconoce.

Son una generación que no soporta la tierra sin trabajar. «Echamos el rato, nos movemos, charlamos los unos con los otros, estamos activos, y encima nos comemos lo que cultivamos». Gente ruda, fuerte, acostumbrada al sol. Mantiene cierta distancia durante la conversación. No acaba de confiar en el redactor, que hace demasiadas preguntas. «Estoy montando ahora un invento para que los pepinos trepen por esta estructura y tengan más sol y menos contacto con el agua del riego». Sabe que todo este trabajo tendrá su recompensa.

Trabaja por un único motivo. «¿Para mí?, con una cuarta parte de lo que tengo puesto en esta huerta me sobraría para pasar el verano». Tiene tomates, pepinos, calabacines, calabazas, lechugas, cebollas, puerros, otra clase de tomate, fresas… y al fondo una higuera, un par de cerezos, dos ciruelos y hasta una morera. «Cuida que manchan muchísimo». Y así es. La mora de la morera es tan ácida como púrpura es el rastro de su paso por la camiseta. «Tengo pimiento verde, pimiento najerano… ya hemos cogido habas y guisantes»… Huerta para que tres familias no tengan que discutir por llevarse producto de kilómetro a su nevera.

Su familia es la razón de tanto trabajo. «Así los nietos saben qué están comiendo». Eugenio es de un generación que no vio lineales de supermercados repletos de plásticos con frutas y hortalizas en su interior. La Rioja es un territorio fértil. La presencia del Ebro deja un rastro de riqueza natural desde Briñas hasta Alfaro, y las aguas caen hacia la vertiente riojana para regar campos y parcelas. «Esto es por ocio, para tenerme entretenido y que de paso la familia coma productos que se cosechan cuando ya han madurado en la mata». Y se para ante unas plantas trepadoras verdes con pequeñas florecillas que presentan unas vainas de diversos tamaños. «La dulzura de esta alubia verde no tiene comparación. Coges y al día siguiente vuelve a darte más». «Es una golosina», mientras mastica una de esas perlas verdes que la vaina protege del sol.

Saca pecho, ese que muestra a través de una camisa de cuadros con los cuatro botones superiores sin abrochar: «A mi nieta le encanta la alubia verde con patatas». Patatas que ya ha cosechado y que guarda en el cobertizo, en un cajón, al fresco, perfectamente protegido por una manta que ha visto mejores épocas, aunque sigue haciendo su función.

En las casas riojanas como la de Eugenio se aprende a comer desde pequeño. A distinguir la verdura recién cosechada, a esperar a que el tomate madure del todo, a entender que cada temporada trae su sabor. Es una educación del paladar y del alma. Aquí nadie necesita hablar de “producto de cercanía”. Lo es. Porque se cultiva en la tierra que se pisa y se come en la mesa que se comparte.

Muchos pequeños huertos, como el suyo, salpican los pueblos de La Rioja. No están ahí solo por tradición o entretenimiento: son el corazón invisible de una cultura gastronómica que se transmite en cada frasco de conserva, en cada bote de pimientos asados, en cada puñado de caparrones que esperan su sitio en el puchero. Es una cocina que no necesita aditivos porque lleva siglos haciéndose con tiempo, con respeto y con la materia prima que da esta tierra privilegiada.

Eugenio no se lo plantea, pero cuando su nieta come ese plato de alubias o un pimiento relleno que su hija guarda en la despensa, está masticando memoria. Lo mismo ocurre con los quesos curados de cabra que elaboran en la sierra, con el cordero chamarito que se asa los domingos, con el pan que todavía huele a horno de leña, o con las setas y champiñones que recogen en otoño. La Rioja cabe en una cesta de mimbre. Y en cada ración hay un trozo de identidad.

El visitante que se acerca hasta aquí puede tocarlo, olerlo, saborearlo. No hace falta un gran despliegue: basta con asomarse a una huerta, entrar a una tienda donde los botes esperan una buena mesa, probar un vino joven servido con orgullo, o preguntar a cualquier paisano cómo se prepara tal plato. La respuesta llegará sin prisas, con ese tono que mezcla sabiduría, generosidad y algo de guasa. A la riojana.

Por eso, visitar La Rioja es también un acto de agradecimiento. A su tierra fértil. A sus gentes generosas. A su forma de entender el alimento como un legado que se cuida, se trabaja y se comparte. Y cuando uno prueba un tomate como el de Eugenio, o una conserva de pimiento rojo con ese punto justo de acidez y dulzura, lo entiende: esto no es un souvenir. Es un sello de calidad. Es algo que, como la alubia verde, las fresas o los pepinos, vuelve a dar fruto al día siguiente.

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